¿y la nieve de qué sabor? El tren maya, el ambiente y la codicia


Foto: Juan Valdivia

Desde el inicio de su gobierno, el presidente López Obrador ha sorteado una serie de inconvenientes como resultado de las acciones emprendidas. Por una parte, se han visto confrontados diversos grupos de poder con un presidente que no escatima esfuerzo por entronizar el poder que le confiere la constitución y haber llegado al máximo cargo del gobierno de la república a través de elecciones competidas y con una caudal de votos (poco más de 30 millones) que le otorgan la legitimidad indispensable para gobernar con la autoridad suficiente.

Es verdad que el discurso presidencial simplica en extrema al hablar de los grupos ambientalista en el país, solamente porque algunos de ellos se oponen a una de sus obras insignia como el tren Maya. Desde luego, hay personajes y organización que se autoimponen como misión el cuidado del medio ambiente, pero es difícil imaginarlos ser consecuentes con lo que se postula en semejantes principios y filosofías de la vida, puesto que no renuncian nunca al confort que les confiere el pertenecer a las clases sociales económicamente privilegiadas. A menudo, estos grupos atribuyen a los pobres la mayor responsabilidad en términos de contaminación cuando es exactamente al revés. Es la opulencia y su amante frecuente (el consumismo) la peor causante de nuestras tragedias ambientales. Sin dejar de mencionar que es el propio modelo de desarrollo el principal causante de la catástrofe ecológica que sufre la humanidad a una escala global.

Pero más allá de la simplificación presidencial, sería un gran error no reconocer que ciertamente existen grupos e individuos que son consecuentes con las causas del ambientalismo. Por cierto, muchos de ellos asesinados o encarcelados en todo el mundo. En México, en particular, los ambientalistas que denuncian atropellos a menudo son injustamente encarcelados, desaparecidos o exterminados por oponerse a la deforestación de los cada vez menores manchones de vegetación, por impugnar modelos de energía dañinos para la humanidad y el medio ambiente, por objetar la viabilidad de cierto tipo de obras de infraestructura, por reclamar ante la contaminación de los cuerpos de agua por desechos industriales y la minería; entre muchas otras razones que le dan sentido y legitimidad a sus luchas. Muchos de estos casos quedan en la más absoluta impunidad debido a la inacción o la corrupción de las autoridades judiciales que son incapaces u omisas frente a los atropellos. Desafortunadamente, muchas de estas agresiones ocurren en los lugares más apartados del país, en zonas rurales a menudo con población indígena, donde las instituciones de justicia brillan por su ausencia.

En el caso del tren Maya, hace unos días, el presidente dio una noticia reveladora acerca de los intereses económicos que se oponen a la construcción de ese sistema de transporte y usan el tema ambiental para oponerse. Aunque el presidente ha reiterado desde hace algún tiempo que una empresa norteamericana ha sido la causante de uno de los peores desastres ecológicos en la zona de la Riviera Maya al extraer material pétreo para la construcción de carreteras en Estados Unidos, llama la atención que últimamente se haya referido a un empresario mexicano que tiene propiedades en el área de Playa del Carmen que, según dijo, mediante la reforma al artículo 27 constitucional hecha por el expresidente Salinas, se convirtieron en ejidatarios, pero que acaparan grandes extensiones de tierra en esa región del país. Por cierto, se trata de un exbanquero con quien el presidente ha tenido viejas diferencias por los abusos y hasta ilegalidades que a veces cometen algunos de los empresarios más acaudalados del país.

El asunto no solamente llama poderosamente la atención porque haya un empresario con intereses en la zona, sino porque pretenden condicionar la construcción de la obra a que se les permita usufructuar la reserva de Sian Ka’an e incluso fraccionarla. La reserva se encuentra dentro de los límites del municipio de Felipe Carrillo Puerto, en el estado de Quintana Roo. Con otras palabras, tratan de sacar provecho de la belleza natural de la región a la que a menudo ingresa el jet set internacional, europeo y americano; como también la han visitado los expresidentes, Vicente Fox y Ernesto Zedillo. Medios de comunicación impresos de la Ciudad de México han seguido el caso por lo menos desde 2010 y han documentado incluso ciertos atropellos del empresario al negarse a pagar los impuestos correspondientes a las propiedades que ahí conserva.

Quien crea que la destrucción de la zona comienza con la contrucción del tren Maya, me temo que no percibe que eso empezó mucho antes con las políticas de desarrollo del turismo y el tipo de turismo masivo que caracteriza la movilidad de las personas hacia zonas de gran belleza natural. Por cierto, eso ocurre ahí y en muchas partes del planeta. La presencia del sargazo año con año es la prueba irrrefutable de los desequilibrios ambientales a escala global y de la interconexión existente de la crisis ecológica que padecemos como humanidad. Cancún, por ejemplo, no solamente padece la presencia de redes criminales sino que, además, soporta las consecuencias desastrosas de una masificación y que las autoridades locales carecen de los recursos y capacidades para mitigar los impactos ambientales del crecimiento de la ciudad derivado del influjo turístico. Con otras palabras, el tren Maya no destruirá lo que ya ocurrió, acabará con lo poco que queda, si es que no se realizan acciones para cambiar el modelo de turismo en la zona y se concientiza a la población, al mismo tiempo en que se establecen políticas al menos para atenuar las consecuencias más negativas al entorno natual y se ofrecen alternativas de empleo en las mejores condiciones posibles para quienes de esta actividad viven o intentan sobrevivir.

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