Brasil y el asalto al Congreso  

Luiz Ingacio Lula Da Silva, presidente electo de Brasil. Foto: Agencias

Tras lo sucedido en los últimos días en Brasil, resulta un poco extraño leer en la prensa la declaración del recién instalado presidente de la República, Lula da Silva, en la que afirma que no existían precedentes en su país de lo ocurrido. Tal vez sea así en el caso brasileño, pero no hace falta ser historiador o politólogo para saber que hay antecedentes cercanos y lejanos de estas situaciones en América y en otros continentes. Como resulta lógico, la licitud o ilegitimidad de estos sucesos y de otros similares al asalto al Congreso, al palacio presidencial y a la sede de la Corte Suprema, los espacios significados como representativos del poder popular sitos en Brasilia, dependerá del posicionamiento ideológico de los analistas.

En el caso concreto del país sudamericano, los manifestantes eran partidarios del expresidente Jair Bolsonaro y, al parecer, confiaban en la toma de posición de las fuerzas armadas brasileñas para retornar a las asonadas, a la intervención militar para evitar el ejercicio gubernamental del legítimo presidente ya en funciones.

Acciones tildadas de intento de golpe de estado y ataque a la democracia. Una barbarie perpetrada por “fascistas” según el mismo presidente Lula da Silva. Político que anunció que el respeto a la libertad de expresión no impediría el castigo a todos los responsables, entre quienes se encontraban los mandos policiales, acusados de inacción ante el asalto a las sedes de las instituciones políticas y judiciales.

Por ser cercano en el tiempo, lo sucedido en Brasil se asemeja al asalto del Capitolio estadounidense por parte de los simpatizantes de Donald Trump durante el invierno de 2021. Una acción que sacudió al vecino del norte y que ya ha tenido consecuencias policiales y judiciales. Seguramente, en los próximos días se observarán los resultados de las investigaciones sobre los participantes y las posibles cabezas pensantes de estos hechos ocurridos en Brasil. Sin embargo, aquí me gustaría dejar abiertas algunas cuestiones sobre este tipo de sucesos que son leídos siempre desde una perspectiva sesgada, dependiendo del perfil ideológico del opinador, como se mencionó en párrafos anteriores.

La repetición de declaraciones para condenar los sucesos de distintos mandatarios de América Latina y de otras latitudes, que han hablado de “ataque a la democracia” y solicitaron el retorno a la “normalidad democrática” y el “respeto a la voluntad popular”, resultan un lugar común más que un análisis, aquel que conduzca a formular preguntas. Aquí se apunta alguna. La primera, desde mi perspectiva, es saber hasta qué punto el recurso al concepto democracia tiene sentido en contextos de dudosa representación popular. Y, como añadido, también sería bueno interrogarse si ello será alguna vez posible en Estados territorial y poblacionalmente tan complejos. Y lo anterior en un contexto donde el propio sistema político liberal hace aguas, incluso en los países dónde se originó, sin haber cumplido el papel histórico que se le suponía.

La segunda se vincula al cuándo y por qué se apoyan ciertos cuestionamientos al poder, y otros no, si suelen tener similares escenarios y expresiones. Por ejemplo, las caídas de ciertos regímenes políticos bajo la presión popular son consideradas legítimas, mientras que otras de la misma naturaleza no lo son. La respuesta fácil se vincula al contenido ideológico, pero no siempre la población responde con claridad a esquemas estructurados de pensamiento político. Posicionamientos maniqueos que poco ayudan a comprender las lógicas de acción de los que no siempre son considerados ciudadanos.

La tercera interrogante debería cuestionar si la confrontación de posturas en América Latina es el panorama deseado para los próximos años. Una especie de repetición del periodo de la Guerra Fría y que, en la actualidad, se escenifica con la revitalización del fantasma del comunismo por una parte y, por otra, con la simple mención discursiva al enfrentamiento contra el imperialismo.

Por último, para no prolongar este texto, sería bueno no quedarse con la fotografía superficial que aparece, en este caso, con las imágenes de los asaltantes brasileños y de las declaraciones reiteradas de la defensa a la democracia. Más bien sería necesario ver los muchos trasfondos que estos sucesos, del signo que sean, muestran y que suelen pasarse por alto. Alguno de ellos refiere la poca capacidad del sistema político para permitir la real convivencia en el disenso. Un hecho que no parece que tenga solución mientras la distancia entre segmentos de la sociedad se amplíe en vez de reducirse, como se demuestra con la perpetua crisis económica acentuada en las últimas fechas con la revitalización del conflicto de bloques políticos mundiales escenificado con la guerra de Ucrania.

En definitiva, la lógica condena de lo sucedido en Brasil no debería ceñirse al guion de lo políticamente correcto, sino que tendría que ir más allá de la apertura de procesos judiciales o del encarcelamiento de posibles responsables. Ni el discurso ni esas medidas paliativas pondrán fin a problemas estructurales que, en vez de disminuir, tienden a aumentar en un panorama mundial polarizado y en el que América Latina sigue en busca de rumbos políticos para sus sociedades. Ojalá se tenga la capacidad de efectuar análisis profundos y tomar las acciones más certeras; medidas que en los últimos años no han sido nada prometedoras, y que vislumbran un panorama tan poco sugestivo como el que efectuó Oswald Spengler hace más de 100 años para el modelo de democracia occidental.

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