Seis libros de Fernando Vallejo, uno

Casa de citas/ 642

Seis libros de Fernando Vallejo

(Primera de tres partes)

Héctor Cortés Mandujano

 

El primer libro que leí de Fernando Vallejo (Medellín, Colombia, 1942) fue, creo, La virgen de los sicarios (luego vi su traslación a película, dirigida por Barbet Schroeder); le siguieron, en mi lectura, El desbarrancadero, La rambla paralela, Logoi: una gramática del lenguaje literario, La puta de Babilonia, Mi hermano el alcalde… Me seguí de frente.

Ahora leo El río del tiempo (Alfaguara, 2002), que compila en un solo volumen sus cinco autobiográficos: “Los días azules”, “El fuego secreto”, “Los caminos a Roma”, “Años de indulgencia” y “Entre fantasmas”.

En estos cinco libros, y en los otros, Vallejo escribe sólo en primera persona y suele despotricar sobre los políticos, los seres humanos en general (y en particular sobre Octavio Paz, el Papa, García Márquez, José Luis Cuevas, entre otros muchos), Dios, la Iglesia, Jesús, los pobres, los negros, las mujeres embarazadas… Lo hace, eso sí, con una prosa cuidada, con un conocimiento pleno del lenguaje y los recursos literarios.

 

Los días azules (1985)

 

Aunque se supone que en estos libros habla de su vida, toma en muchas páginas ocasión para hablar de sus temas recurrentes. “Los días azules” tiene como asunto central la infancia con sus padres, sus hermanos, sus abuelos.

Habla de su piano. Se mojó y las teclas se torcieron (p. 30): “Y quedó sirviendo ‘para lo que sirven las tetas de los hombres’, dijo Ovidio, el malhablado” (no el autor clásico, sino su tío).

Cuenta una historia de Benjamín, un hermano de su abuela, quien trabajaba en el ferrocarril de Antioquia. Un anochecer se encontró con una mujer (p. 71): “ ‘¿Puede usted a ayudarme a cruzar, joven?’ le dijo ella, y él le tendió la mano para que diera un paso. Entonces la mujer se desvaneció en el aire con una carcajada horrísona, dejándole a Benjamín un hueso en la mano. ¡Era la muerte!”.

Lía, su mamá, era irascible (p. 78): “Aventaba lo que tenía a su alcance: zapatos, tijeras, cepillos, martillos. A Darío lo descalabró con unos alicates. […] En el clímax de la impaciencia, en el súmmum de la rabia, en el colmo de la desesperación, nos decía hijueputas, sin darse cuenta de que le rebotaba el bumerang”.

Cuando niño oyó “María Cristina”, una pieza alegre, tocada por su abuelo; la oyó treinta años después. Primero (p. 95) “yo era un niño lleno de futuro; cuando la oí de nuevo en el parque, ya era un hombre lleno de pasado. […] El futuro todo está en el pasado, y la absoluta tristeza en la absoluta felicidad”.

Ir de Medellín al rancho familiar “La Esperanza” era una aventura peligrosa (p. 104): “La región era un serpentario, y en la botica del pueblo lo más que había era árnica y aspirina. Al que mordieran en un pie, se tomaba un aguardiente de carrera, sacaba el machete y se cortaba el pie. Si le llovieron de las ramas y le mordieron la mano, se cortaba la mano; si la cabeza, la cabeza. Lo importante era sobrevivir”.

Vallejo no sólo toca el piano; también estudió el clarinete, el violín, el saxofón y la trompeta. Los vecinos protestaban (p. 155): “No entendían los desdichados que para que resulte un buen músico hay que sacrificar cien vecinos”.  Lo pensó mejor y mandó la música al demonio (pp. 155-156): “Creo que decidí bien. Las mínimas satisfacciones de la música se ahogan en un mar de problemas. Horas y horas de estudio, vecinos y vecinos iracundos, ¿y al cabo qué? Después de estudiarla mil veces, la polonesa en la bemol de Chopin no sabe a nada”.

Va con su abuelo a conocer una fábrica de confecciones que tiene en litigio. Veinte viejas máquinas, veinte obreras viejas (p. 156): “Las máquinas, en mi opinión, no valen ni como chatarra; las obreras –flacas, pálidas, desdentadas– no sirven, no digo como carne de placer: ni para hacer salchichas”.

Ilustración: HCM

Su padre, político con varios cargos importantes, cuando caí en desgracia se dedicaba a la abogacía e iba (p. 159) “sacando presos de las cárceles, asesinos con diez o veinte muertos en su conciencia que de nuevo afuera, en la calle, tornaban a dedicarse al control de la población”.

 

El fuego secreto (1986)

 

El joven Vallejo conoce el sexo y las drogas en su país. Nunca, dice en sus libros, se ha acostado con una mujer, pero sí con muchísimos hombres. Aquí empieza.

Habla de algunos de los homosexuales a quienes conoció entonces (p. 179): “Alcides Gómez es un hombre sensible. Tan perdidamente marica, que ve un muchacho bonito y se le salen las lágrimas. ‘¡Soy una calamidad!’ ”.

Su vida bulle en medio de la violencia (pp. 184-185): “A los cincuenta años de edad, en plena dicha, Óscar Echeverri murió en Risalda: de muerte natural, como se muere en Colombia: asesinado”.

Un amigo homosexual, con muchos contactos con la milicia, le consigue a Fernando, para su goce, un hombre. Pero es un sargento. Vallejo odia a los militares y lo insulta hasta que el otro saca la pistola para matarlo. Hernando, su amigo, le grita al militar que no lo haga y lo convence con una noticia que tiene que ver con su entrenamiento de respeto (p. 201): “No me vayas a manchar la alfombra de sangre que este apartamento no es mío, me lo prestó un general”. El hombre se va y Hernando le dice a Vallejo (p. 202): “A las Fuerzas Armadas limítese a darles por el culo, pero no las insulte, porque en ellas descansa la soberanía de la patria”.

Describe Fernando a un hombre, como si fuera una casa (p. 231): “Empiezo el retrato hablado por arriba, por el techo; esto es, el no techo, pues carece de pelo, está desentejado”.

Dice que su libro es una colcha de retazos, y se pregunta (p. 241): “Pero ¿qué es la vida (no la falsa novela) sino retazos, pedacería, pedazos unidos por el débil hilo del ‘yo’?”. Le gusta su ciudad (p. 259): “¡Cómo puedes ser de bello, Medellín, de noche! ¡Por qué amaneces!”.

Se refiere al padre Tomasino, uno de sus maestros de filosofía (p. 290): “¿No sabía el padre Tomasino que la filosofía no es ciencia? Es arte, exhibición. Se agota en sí misma como el chorro de agua o el amor”.

Olvida cosas, dice (p. 324): “La literatura es así, e igual la vida: uno no es, ni vive, ni escribe lo que quiere, sino lo que puede”.

            Contactos: hectorcortesm@gmail.com

 

 

 

 

 

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