Un antropólogo llamado Guillermo Bonfil

Guillermo Bonfil Batalla

Una de las ciencias sociales que mayor presencia ha tenido en México es la Antropología, sobre todo, sus ramas disciplinarias Arqueología, Antropología Social y Etnología. En décadas recientes ha ido incrementándose la difusión de los resultados de la Lingüística y su importancia en un país pluricultural como lo es México. Fallecido el 19 de julio de 1991 en un accidente con su auto en la avenida Insurgentes Sur, frente a la Rectoría de la UNAM en la Ciudad de México, Guillermo Bonfil dejó un importante legado de contribuciones al país desde las disciplinas que practicó: la Antropología Social y la Etnología. Perteneció Guillermo Bonfil a las generaciones que ingresaron a la legendaria Escuela Nacional de Antropología e Historia de México (ENAH) en la década de los años 1950. Se graduó como antropólogo, con especialidad en etnología y con el grado de Maestro en Ciencias Antropológicas en aquella ENAH de los grandes combates sociales, en el año de 1957. Posteriormente obtuvo el Doctorado en Antropología por la UNAM en 1967 con una tesis acerca de las organizaciones tradicionales en Cholula, Puebla. Brillante trabajo este de Guillermo Bonfil que se publicó después con el titulo Cholula. La Ciudad Sagrada en la Era Industrial (México, UNAM, 1973). En la misma década de los 1970, Bonfil, como miembro de la llamada “generación crítica”, publicó en el libro colectivo De eso que llaman antropología mexicana (México, Editorial Nuestro Tiempo, 1970). Su libro más leído, quizá el libro con mayor tiraje y difusión hasta ahora escrito por un antropólogo mexicano fue el muy famoso México Profundo (México, Editorial Grijalbo/CONECULTA, 1987), que inmortalizó la frase del título utilizada hoy día a la menor provocación. Tuve la oportunidad y el privilegio de conocer a Guillermo Bonfil y con él obtener mi primer empleo como antropólogo remunerado en calidad de ayudante de investigación. Corría el año de 1966. Guillermo Bonfil era parte del cuerpo de investigadores de la Sección de Antropología que dirigía nada menos que Juan Comas Camps, que a la vez era una instancia del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM que a la sazón estaba bajo la Dirección General de Miguel León-Portilla, a quien Guillermo llamaba “El Tigre Portilla”. Bonfil desarrollaba un proyecto de investigación sobre los patrones de asentamiento y las organizaciones tradicionales como las mayordomías en donde lo que él llamó la “región de Chalco-Amecameca-Cuautla” a la vez que redactaba su tesis para obtener el Doctorado en Antropología. Durante las vacaciones del verano de los años 1966-1968, acompañé a Bonfil al trabajo de campo en la región de Chalco-Amecameca en mi calidad de ayudante de investigación y aprovechando esa excelente oportunidad para ir recopilando material que me serviría para redactar la tesis con la que obtuve el título de Etnólogo, con especialidad en Etnohistoria y el grado de Maestro en Ciencias Antropológicas en la ENAH en 1969. Fue una experiencia fascinante. De esas que no se olvidan en la vida. Hacer trabajo de campo-que decimos los antropólogos-al lado de Guillermo Bonfil constituyó para mi una experiencia definitiva, de aprendizaje y de afirmación vocacional por la antropología. Estudiando los patrones de asentamiento y las organizaciones tradicionales, Guillermo Bonfil se encontró con los aureros, “los que trabajan con el tiempo” y ya no soltó el tema. Por mi parte, mi maestro me había convencido de estudiar a los nahuales y colocar mi pesquisa en un ámbito regional. Así que ambas temáticas se articularon con facilidad y salí ganando con ello. Guillermo fue un inolvidable y eficaz director de tesis. El trabajo acerca de los aureros nos llevó hasta la Cueva de Alcaleca, en los lomos del volcán Iztaccihuatl, acompañando a estos sacerdotes del agua a invocar al culebrín del aire y a Tlaloc para que vinieran las lluvias y surgiera de la tierra el maíz, el alimento milenario del pueblo mexicano. Al final de un trabajo de experiencias inolvidables, Guillermo Bonfil publicó un texto titulado “Los que trabajan con el tiempo. Notas etnográficas sobre los graniceros de la Sierra Nevada” (Anales de Antropología, UNAM, México, 1968, pp. 99-128). Allí, en los agradecimientos, Bonfil escribe: “Agradezco al Licenciado Alfredo López Austin su generosa colaboración al permitirme consultar no solo manuscritos aun inéditos, sino incluso sus ricos ficheros de trabajo, así como el haber accedido a traducir los textos en nahuatl registrados en el campo; al señor Andrés Fábregas su útil colaboración en el estudio de campo como en el trabajo de gabinete; y al señor Alfonso Muñoz el haber hecho las magníficas fotografías  que ilustran este trabajo y permitir su publicación” (p-100). En los espléndidos seminarios que se dictaban en la Escuela de Graduados de la Universidad Iberoamericana, fundada por Ángel Palerm, Guillermo Bonfil impartió un histórico Seminario acerca de la identidad étnica. Fruto de las discusiones en ese Seminario es un texto de Guillermo Bonfil, clásico en la antropología de Latinoamérica, “El concepto de Indio en América: Una categoría de la situación colonial” (Anales de Antropología, Volumen IX, UNAM, México, 1972, pp. 99-124). El texto de Bonfil sigue vigente en estos tiempos como lo invoca el siguiente párrafo. “La liberación del colonizado -la quiebra del orden colonial- significa la desaparición del indio; pero la desaparición del indio no implica la supresión de las entidades étnicas, sino al contrario, abre la posibilidad para que vuelvan a tomar en sus manos el hilo de su historia y se conviertan de nuevo en conductoras de su propio destino” (pp. 123). Planteamientos como el anterior son contribuciones básicas de Bonfil a la teoría del colonialismo interno que a su vez es la llave de la explicación de lo que sucede en países latinoamericanos como Guatemala, Perú, Bolivia, Ecuador, Chile, Colombia y tantos más en Nuestra América.  Estos planteamientos de Bonfil, en realidad, toda su contribución a la antropología y a la creación de conocimiento acerca de nuestras realidades, se basan en un trabajo de campo sistemático y disciplinado. Era una lección caminar en el campo al lado de Guillermo Bonfil, ya fuese atravesando las milpas o andando por los senderos que conectan pueblo a pueblo en aquella región de Chalco-Amecameca-Cuautla. Bonfil tenía una admirable capacidad para relacionarse con la gente y la desplegaba al encontrarse con alguien en el camino, un interlocutor como él decía, a quien interrogaba con gran facilidad. Creo que las personas intuían de inmediato que aquel hombre con gafas y cámara colgada del cuello hablaba desde una integridad inocultable. Su habilidad para entender las respuestas le abrían la oportunidad para profundizar la plática y de pronto, ya estábamos instalados en la casa de alguien que se nos cruzaba en el camino. Tuvimos la fortuna de que en aquellos años de la segunda mitad de los 1960, en esa región de Chalco-Amecameca-Cuautla aún vivían sobrevivientes del ejército popular de Emiliano Zapata, como don Miguel Salomón, quien fue el “cantante oficial” del Caudillo del Sur. Una noche que fuimos invitados a cenar en casa del trovador de Zapata, sentados alrededor del fogón mientras saboreábamos los frijoles y las tortillas, Bonfil le pidió a Don Miguel Salomón que cantara uno de los corridos de su repertorio. Pero aquel campesino-poeta respondió que “esta”-señalando a la  viejecita, su esposa, que llegaba para avibar las llamas del fogón-“me puso mi guitarra como collar y desde ese día ya no canto”-. Pensativo por unos segundos, Don Miguel Salomón se levantó y caminó hacia el interior de su casa para regresar con una libreta en la que tenía apuntados los corridos que le cantaba al General Emiliano Zapata y entregándosela a Bonfil le dijo “para usted que sabe apreciarla”. Y así lo hizo. Bonfil publicó un ensayo, “Trovas y Trovadores de la Región Amecameca-Cuautla” (en Obras Escogidas de Guillermo Bonfil, Lina Odena, Compiladora, Tomo 3, INI/INAH/Dirección General de Culturas Populares/CENCA/SRA/CIESAS, 1995, pp. 1-75). El anterior texto se publicó también en un libro que reproduce los corridos contenidos en aquella libreta que Bonfil recibió de manos del propio Miguel Salomón (Ver: Guillermo Bonfil Batalla, Teresa Rojas Rabiela y Ricardo Pérez Monfort, Corridos, trovas y bolas de la región de Amecameca-Cuautla. Colección de Don Miguelito Salomón, México, F.C.E., 2018). Guillermo Bonfil fue también pionero del cine etnográfico en México. Entre 1965 y 1968 filmó, junto con Víctor Anteo, Arturo Warman y Alfonso Muños, la película Él Es Dios que narra las vicisitudes de los danzantes llamados “Concheros” que suelen danzar en los atrios y plazas de las ciudades mexicanas. El guion de la película sigue la vida de Andrés Segura, uno de los capitanes de la danza. La película nos causó una emoción particular a los estudiantes cuando se exhibió en el Auditorio Sahagún de la ENAH en el Museo de Antropología e Historia en Chapultepec. Está disponible en YOUTUBE y vale la pena verla.Intelectualmente los intereses de Guillermo Bonfil eran muy amplios: la ópera, la música popular, las artesanías, el cine, la narrativa, la poesía, el arte en general. En antropología, le interesaba la problemática del colonialismo, la situación de los pueblos originarios, la formación de la Nación, los ciclos festivos y las mayordomías, las organizaciones tradicionales en general y temas asociados como bien lo muestran los cuatro volúmenes de sus Obras Escogidas editadas por Lina Odena Güemes. Un 20 de julio de 1991 regresaba de Honduras después de participar en eventos académicos organizados por la Universidad Pedagógica de Honduras, a los que también asistió Jacinto Arias. Al entrar al aeropuerto de la Ciudad de México busqué el puesto en el que compraba el periódico y adquirí La Jornada para enterarme de las noticias más recientes. Un vuelco me dio el corazón cuando leí las esquelas que anunciaban la muerte de Guillermo Bonfil. Había muerto mi maestro con quien compartí no sólo experiencias académicas sino aquellos días de 1968 y el jueves de corpus de 1970. A principios de ese año de 1991 habíamos organizado en San Cristóbal de Las Casas un gran encuentro de intelectuales para definir qué hacer en 1992, fecha que ajustaba los 500 años de la invasión europea a Nuestra América. Recuerdo que a ese encuentro asistieron personajes latinoamericanos y caribeños de la importancia de Darcy Ribeiro, Miguel Barnett, Fernández Retamar, Polo Zorrilla y el propio Guillermo Bonfil entre otros.   Protagonista de las reuniones de Barbados I y II, los aportes de Bonfil desde una posición crítica siguen siendo pilares para comprender la situación actual y las luchas de los pueblos originarios. Con Guillermo Bonfil fundamos el Comité de Solidaridad con Haití y en ese ámbito convivimos con los exilados haitianos en México, Susy Castor, Jean Casimir, Guy Pierre, Gerard Pierre-Charles, ella y todos, excelentes amigos y mejores científicos sociales. Guillermo Bonfil fue Director General del INAH posición desde la que impulsó la descentralización de la institución creando los Centros Regionales del INAH. Fue también Director General del CIS-INAH sucediendo a Ángel Palerm y fue él quien planteo la creación del CIESAS como una institución independiente. Dirigió el Museo de Culturas Populares en donde desarrolló una intensa difusión de las culturas mexicanas, incluso con exposiciones que han quedado en la historia de la museografía en México como aquella que se llamó “Está del Cocol”, que expuso todos los tipos de panes que se hacen en el país. Fue el gran animador de las tertulias en el mítico Café de Ciencias Políticas, en donde, alrededor de la Mesa Redonda y con taza de café en mano, discutió con Pablo González Casanova, Víctor Flores Olea, Enrique González Pedrero, Mario Monteforte Toledo, Juan Brom, entre los que recuerdo. Bonfil formó parte de ese liderato que llamé “tripartito” con Ángel Palerm y Gonzalo Aguirre Beltrán, que ejercieron una influencia definitiva en los rumbos de la antropología en México.

  Me precio de haber sido su alumno y gracias a ello, entender el valor de una antropología crítica apoyada en el trabajo de campo y la cercanía de la gente. Somos muchos quienes lo extrañamos.

Ajijic. Ribera del Lago de Chapala. A 21 de julio de 2023

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