Los andares de la Memoria: Dos Recuerdos

Andrés Fábregas Puig en la ceiba, Hacienda de la Orduña, Veracruz.

En Memoria de Saúl López de la Torre

El amigo, el compañero de ideales.

Lo recuerdo con claridad no obstante los años pasados. Era una mañana del mes de septiembre de 1989 en Tuxtla Gutiérrez, en momentos en que estábamos reestructurando al Instituto Chiapaneco de Cultura (ICHC). Instalados en el antiguo Palacio de la Cultura, en el último piso, al que se accedía por unas escaleras trabajosas, las oficinas de la Dirección General ocupaban un espacio con ventanales a la avenida central. En medio del barullo del trabajo en las oficinas de la Dirección General del ICHC mi secretaria-impecable, leal y eficiente-la señora Yolanda Rayo me anunció: “Hay un señor en silla de ruedas que desea verlo”. Saúl López de la Torre había logrado vencer a las escaleras con la ayuda de un auxiliar y entró a mi oficina presentándose: “Soy Saúl López de la Torre y quiero trabajar en el ICHC”. Ese día nació una amistad entrañable entre ambos. Le pedí a Saúl que me expusiera por qué deseaba laborar en el ICHC institución que recién se reestructuraba. Me respondió que confiaba en que esa reestructuración beneficiaría no solo a la institución sino principalmente al pueblo de Chiapas. Me confió que pensaba que a través de la difusión cultural podría lograrse sino un cambio social radical si una forma de mostrar a la sociedad su propio potencial creativo. Le expuse que el plan era no sólo tener una institución de difusión cultural sino una tribuna académica de investigación de la Cultura. No solo coincidimos sino con entusiasmo descubrimos que pensábamos lo mismo. Además, no se trataba sólo de la cultura local, que era la prioridad, sino también de mostrar a los chiapanecos cómo, a través de la difusión de la cultural universal, los pueblos se hermanan. Así, Saúl López de la Torre salió de las Oficinas de la Dirección General del ICHC con el nombramiento de Jefe de la Oficina de Eventos e Intercambio Cultural, cargo que desempeñó de 1989 a 1992 (aunque no estoy seguro de esta última fecha), debido a que un buen día Saúl me pidió que lo introdujera con el Gobernador Patrocino González-Blanco Garrido. Sin preguntarle la razón de su solicitud, conseguí aquella entrevista solicitada y Saúl López de la Torre salió de las oficinas del Palacio de Gobierno como nuevo Delegado de la CONASUPO en Chiapas, cargo que desempeñó con igual eficacia como lo había hecho en el ICHC. Los proyectos del ICHC, como el Encuentro de Intelectuales Chiapas-Centroamérica, tuvieron en Saúl López de la Torre a un entusiasta colaborador al lado de un equipo difícil de igualar en el sector de difusión de la Cultura en Chiapas. Además, Saúl era un escritor tanto de poesía como de narrativa. En el ICHC si mal no recuerdo le editamos una colección de poemas. Algunos años después, ya ambos viviendo fuera de Chiapas, Saúl me envío su libro La Casa de Bambú (México, Editorial Cal y Arena), en el que narra su historia de luchador social. Saúl López de la Torre perteneció a ese grupo de jóvenes que después de las terribles represiones del 2 de octubre de 1968 decidieron tomar las armas para cambiar al país e instaurar una sociedad justa. Incluso, fue de los jóvenes que recibieron entrenamiento en Corea del Norte y que al regresar al país fueron atrapados por las policías de la Secretaría de Gobernación y encarcelados. Conseguida su libertad, Saúl no abandonó sus ideales y se dedicó al trabajo y a su familia. Después de sus experiencias en Chiapas trabajó en Petróleos Mexicanos instalándose en la Ciudad de México y escribió un interesante libro titulado Parque México. Historias de petroleros y vagabundos anarquistas, (México, Ediciones Cal y Arena). En ese libro, Saúl escribe: “En este ejercicio prodigioso de la memoria desfilan comandantes de guerras perdidas y partidarios de la anarquía y de las matemáticas; petroleros leales a PEMEX y a México; burócratas saboteadores del erario, adormilados en los puestos de trabajo, sableadores de la productividad y cómplices del “aíre fétido del ocio”. Y hasta perros soberbios, nostálgicos, enérgicos”. De vez en vez nos comunicamos con Saúl, nos platicamos qué hacíamos. Una de las últimas veces en que nos vimos fue en la primera feria del libro organizada por la UNACH (comandada por el querido amigo José Luis Ruiz Abreu), a la que asistió también Patrocinio González-Blanco Garrido. En su espléndida intervención Saúl rememoró los inolvidables días del ahora legendario Instituto Chiapaneco de Cultura. Nos despedimos juntos de Patrocinio y seguimos nuestros caminos. En la madrugada del martes 15 de agosto pasado, emprendí el viaje a Jalapa, Veracruz para cumplir compromisos académicos. Saúl López de la Torre se moría esa misma noche. Recibí la terrible noticia el miércoles 16, muy temprano, y con esa carga dolorosa cumplí con exponer la conferencia comprometida en la Universidad de Veracruz.  Desde los inicios del viaje a Veracruz me asaltó el recuerdo de aquellos días en que inicié junto con un grupo de estudiantes del Departamento de Antropología de la UAM-Iztapalapa el estudio de la región cafetalera de Jalapa-Coatepec, en unión de mi finado colega y amigo, el antropólogo veracruzano Ramón Ramírez Melgarejo. Mientras recorría lo que queda de la Hacienda de La Orduña en compañía de mis colegas veracruzanos, recordé el trabajo de campo entre los cañaverales y el olor de los cafetos. En La Orduña se encuentra aún una ceiba prodigiosa de más de 200 años de antigüedad que da el nombre al increíble taller de lítica y grabado que existe en ese lugar. Un personaje de esos que ya no existen dirige el taller. Es un sueco que hace 35 años llegó a Jalapa. Cuando le pregunté por qué había arribado a Veracruz, me respondió. “Carlos Jurado me invitó”. En efecto, es el chipaneco Carlos Jurado, el inventor de la cámara fotográfica de cartón, el mismo Carlos Jurado, gran artista plástico que por iniciativa del ICHC pintó los murales de la Facultad de Derecho de San Cristóbal de las Casas,  el responsable de que Per Anders, este excelente y fuera de serie artista que hoy está en Jalapa enseñando cómo se fabrica el papel y resucitando el añejo arte del grabado en piedra. Se me juntaron los recuerdos. El de Saúl López de la Torre y el de aquellos años en que iniciamos el Departamento de Antropología de la UAM-Iztapalapa llevando la investigación a regiones como la de Jalapa-Coatepec. Con Saúl López de la Torre vivimos días intensos en compañía de un grupo de chiapanecos quizá irrepetible en aquel Instituto Chiapaneco de Cultura de la década de los 1990. Recibí la noticia de su muerte en la región en donde inicié uno de mis proyectos más recordados. Pensé en Saúl durante toda mi estancia en esos días en Jalapa y llevé mi recuerdo hacia los días en que nos reuníamos a departir, reír, celebrar, junto con nuestras familias. Recordé a su esposa Raquel, a sus hijos René y Saúl, con quienes tantas veces estuvimos. Y me pareció un extraño juego del destino que todo eso ocurriera en la misma región que testificó mis días iniciales como antropólogo.

Ajijic, Ribera del Lago de Chapala. A 20 de agosto, 2023

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