Gombrowicz, Witoldo, Pagella: escribir de cualquier manera

Enrique Pagella. Foto: Cortesía

Por Daniel Maldonado y Andrés Felipe Escovar

Enrique Pagella ha escrito Soy de cualquier manera, el tercer volumen de nuestra colección Baraja de sombras. A diferencia de los dos títulos anteriores, estamos ante un ensayo, más que por su adscripción ciega a este género, por esa vocación de ensayo, semejante a la de un tubo de laboratorio, que tiene esta escritura. Enrique nació en Buenos Aires y hoy día viven en Banfield, en la zona metropolitana de la capital de Argentina -allá le llaman a esa zona Gran Buenos Aires y prorrumpe un ambiente distinto, parece el prólogo de las pampas que estallan después de atravesar todo ese conglomerado urbano-.  Además de Escribir, Enrique se ha dedicado al trabajo teatral, tanto como actor como director, y a la escritura de guiones cinematográficos. Su anterior libro publicado fue San sucio, perro conchudo.

En Soy de cualquier manera aparece lo que sigue:

            Cabría pensar en Gombrowicz, y ojalá se me perdone el atrevimiento, como en el hacedor         genial de un credo integrado menos por reglas o mandamientos sobre el arte del buen          escribir que por la irreverencia, la vocación disruptiva y el ánimo irredento. En lo relativo a             las palabras, a la literatura, lo fundamental –diría Witoldo– estriba en abrazar lo que para           los escritores de oficio resulta mero lastre: la inmadurez, el error, el rodeo insensato.

Y este es el comienzo de una charla que sostuvimos, vía mensajería instantánea, con él (hay un nuevo género, que no responde a los diálogos filosóficos -siempre permeados por la construcción de argumentos y una teatralidad que semeja la evocación de una situación dialogal pero no es el hecho dialogado en sí mismo- ni a la correspondencia -hay inmediatez y una inferior capacidad para editar lo dicho, habida cuenta de la premura, planteada por una herramienta como la mensajería instantánea-, ni la consignación de un discurso oral porque todo está hecho por escrito), dimos espacio a plantear cómo Enrique es alguien que escribe, un escritor,  pero no se circunscribe a la profesión de escritor -no es necesario ocuparse mucho en la escritura para convertirse en un “escritor de oficio”-

Felipe: ¿Cuándo y cómo avizoraste que no eras un escritor de oficio?

Enrique: Desde la adolescencia sueño con ser escritor. Y eso es lo que sigue siendo: un sueño, en todos los sentidos de la palabra sueño. De los 20 a los 30 años agoté innumerables intentos por cristalizar ese empeño, pero inútilmente. Al mismo tiempo se despertaba en mí otra pasión: el teatro. Oficio al que, a partir de los 30, me dediqué profesionalmente como actor, dramaturgo y profesor, integrando el colectivo artístico del Galpón de Diablomundo, una histórica sala teatral de Temperley, en el conurbano sur de la provincia de Buenos Aires, espacio que dirigí del 2012 a finales del pandémico 2020. Pero, a pesar de ello, de dedicarme por entero al teatro independiente, nunca dejé de considerarme escritor y de escribir. De hecho, tengo canastos, cajones y la PC atestados de cuentos y novelas inconclusas.

En cuanto al punto de la pregunta, creo que el momento en el que supe que debía ser escritor ocurrió en el año 2010 cuando murieron uno de los fundadores de Diablomundo, maestro y amigo, mi padre y mi abuela. Tras esta oscura ringlera, se me impuso una pregunta: ¿Qué es lo que quiero que no se muera?

La respuesta fue: un perrito de 45 días que encontré en la calle con moquillo nervioso y que todos los veterinarios querían sacrificar hasta que di con uno que lo salvó, perrito que con 13 años aún me acompaña; mi convicción de ser escritor, que es lo que soy verdaderamente, y de donde surgió mi primera novela publicada, San sucio perro conchudo (2016); y el teatro Galpón de Diablomundo, que estaba fundido y que con arduo trabajo reflotamos, al menos hasta el 2020, cuando no quedó otra opción que cerrarlo.

En cuanto a eso de ser o no escritor de oficio, puedo decir, primero, que me siento plenamente escritor, y, en segundo lugar, que, como Witold Gombrowicz, detesto el ecosistema literario, cosa que me pone, lo sé, en una situación de desventaja, pues me resta posibilidades de publicación y trascendencia, pero, bueno, soy así y lo asumo.

Escribo todos los días. No podría vivir sin escribir. Cuando me muera encontrarán una gran cantidad de textos que quizá no tengan valor alguno.

Felipe: ¿Cómo sobrevive alguien que no es escritor de oficio, pero se dedica a escribir?

Enrique: Doy talleres, hago mentorías de proyectos literarios y dicto clases particulares

Felipe: ¿Hay similitudes entre el trabajo actoral y el de la escritura?

Enrique: No, pero en mi caso se han retroalimentado. El actor y el dramaturgo le han hecho comprender al escritor el valor de las acciones y las imágenes; y el escritor le ha provisto al actor y al dramaturgo, la conciencia del texto y de la palabra plena.

Felipe: Eso supone un desdoblamiento. ¿Ese desdoblarse ocurre en tu escritura de Witoldo, es decir, ese Witoldo es una versión de Witold?

Enrique: El trabajo actoral supone un desdoblamiento. Estar en uno mientras es y verse a uno mismo mientras es. Esta es una de las destrezas que ofrecen mayor dificultad para su manejo. En cuanto a la escritura de Soy de cualquier manera, el momento de desdoble ocurrió al escribirlo – hablo de mí en este texto, claro, y cuando reescribí y corregí-.Pero volviendo a Gombrowicz, querría señalar que el hombre vivía desdoblado. Basta con leer sus diarios o tomar nota de cómo se convierte en personaje de sus textos. En Trans-atlántico, por ejemplo, donde lo autobiográfico se extrema al límite de la caricatura.

El diario de Gombowicz tiene una particularidad, se publicaba en un diario de exiliados polacos, es decir, fue un diario íntimo que se hacía público a medida que lo escribía. Dada esta condición, el mismo Gombrowicz se quejó de su insincera sinceridad. O sea: del desdoblamiento extremo que insume una escritura íntima que se difundirá indefectiblemente a la brevedad.

Mi Soy de cualquier manera, también puede ser contemplado como un ejercicio de desdoblamiento puesto que todo escritor que abreva en otro, no hace más que apropiarse, por decirlo de alguna manera, de la imagen que le devuelve ese escritor, mi imagen catalizada, en este caso, por el universo Gombrowicz. Desde este punto de vista, está claro que Soy de cualquier manera, es mi versión personal de Witoldo.

Daniel: Entiendo que San sucio. Perro conchudo, apareció en 2016. El libro, que bien podría ser visto como un cuaderno de escritura, una amalgama de ficciones diversas y hasta desopilantes, plantea en determinados momentos una inquietud a propósito de su propia naturaleza: ¿esto es una novela o un libro de relatos? Me parece que la pregunta anterior, una pregunta que se hace un personaje de San sucio…, invita a preguntar por la naturaleza, pienso que ambigua, de Soy de cualquier manera. ¿Para ti, Enrique, ¿la literatura es o puede ser o se puede hacer de cualquier manera? ¿Importa necesariamente saber si tal es o no una novela, un libro de relatos o una pieza teatral para que emerja la literatura?

Enrique: Claramente, para mí, la literatura, la narrativa en mi caso, puede adoptar diversas formas que no necesariamente se encasillen en un género. Esta convicción no surgió de una elucubración teórica previa sino de la práctica. Comprendí este precepto personal escribiendo San sucio y asimilando precisamente la lectura de Gombrowicz. Ferdydurke, es especial, es una rejunte de partes, tal cual lo devela Witold en el texto, un rejunte de pedazos sueltos. San sucio es eso, un rejunte de proyectos truncos que urdí con la pretensión de obtener una novela leve o porosa. Así defino el resultado. Y en cuanto a si se puede realizar literatura de cualquier manera, entiendo que sí, que por esa vía se pueden lograr textos que trasciendan los géneros. Un ejemplo de ello, en la literatura argentina, es la obra de Osvaldo Lamborghini, otro de los autores que han marcado mi horizonte.

Daniel: Lo que reflexionas invita a pensar en la disolución, cuando no en la dilapidación plena, de lo que se entiende como géneros. La narrativa, finalmente, se alimenta de cuanto haya por ahí. En Soy de cualquier manera se exhiben fragmentos de una teoría teatral inconclusa, de una autobiografía a medio hacer y de un análisis (que no es tal) sobre la figura de Gombrowicz. ¿De qué da cuenta ese rejunte (de acento festivo) de las partes)?

Enrique: Lo inconcluso es parte fundante de lo que he producido hasta ahora – dicho sea de paso: lo inconcluso es el grueso de mi literatura. Kafka es un muy buen ejemplo de lo inconcluso como obra. Por supuesto, no me consuela, muy por el contrario, me aterra, tengo, al menos, seis novelas detenidas al borde de las cien páginas y no me decido por ninguna. He terminado de escribir el guion de una peli y estoy en doble de páginas que se me ha pedido. Ahora estoy reduciéndolo con la sensación de que nunca lo lograré. También tengo a punto una nueva obra de teatro. La tengo detenida en el desenlace hace ya un tiempo y vengo dilatando su ejecución. En definitiva, lo inconcluso es constitutivo de mi escritura. Desde esa perspectiva, Soy de cualquier manera, da cabal cuenta de mi impronta pasada por el filtro Gombrowicz.

En este link pueden descargar, de forma gratuita, Soy de cualquier manera, de Enrique Pagella:

Baraja de Sombras. Escritores latinoamericanos – Entre Tejas

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