Reencuentro

Pintura Olmeda de las Fuentes el pueblo del arte

El tiempo no cesaba de correr, el calendario iba pasando día tras día hasta que por fin llegó el anhelado puente vacacional que Ailén añoraba. Revisó las propuestas que tenía para esos tres días de descanso, visitar a su familia, compartir un par de días con sus amistades o con su novio, y en última instancia dar un paseo sola, a algún lugar cercano. Se le vino a la mente, ¿cuánto tiempo tenía de no dedicarse un espacio para ella? Había perdido la cuenta. Decidió por irse de paseo sola, en el fondo sabía que le vendría bien.

Comenzó la selección de a qué lugar iría, le apeteció un lugar de clima cálido o templado. Finalmente, decidió ir a un pueblito que quedaba alrededor de 6 horas de donde ella vivía. No tenía a ninguna persona conocida ahí, sin embargo, buscó información en la red y halló datos suficientes para confirmar su decisión de dar el paseo.

Una de las cosas que más le costaba era llevar un equipaje ligero, se hizo el propósito de llevar solamente lo indispensable y ser práctica. En una mochila de dos hombros colocó lo que requería y para su asombro lo logró.

Mientras se formaba para hacer fila y comprar el boleto a su destino se percató que tenía rato de no sentir ese cosquilleo en el cuerpo de cuando se viaja a un lugar nuevo. No demoró para subir al camión y emprender el recorrido.

Se hospedó en un hostal céntrico, la calidez del personal y la atención en el servicio le brindaron confianza. En la recepción le otorgaron un tríptico  con un croquis que ubicaba los lugares más atractivos para conocer. Ailén tenía tanto tiempo de no tener un croquis impreso que le hizo sentir esa sensación grata de cuando se escribían cartas a mano. Fue marcando, con un lapicero, los lugares que visitaba.

Mientras recorrió las calles percibió no solo los paisajes que la rodeaban, la arquitectura, la gente que iba y venía, las aves que volaban y hasta su sombra reflejada por los rayos del sol, sino también sintió la tranquilidad de sus pasos, recuperó su asombro por los escenarios nuevos y percibió una sensación que hace tiempo no tenía, estar a gusto consigo misma. Se rió de las veces que dio vueltas y volvió al mismo lugar, se agradeció por darse la oportunidad de escucharse, de caminar con su propio ritmo hacia donde quería, de dejarse llevar sin la presión del tiempo, de quedarse contemplado un bello ocaso con tonos color ocre y naranja mientras caminaba sobre una calle donde era la única persona que transitaba por ahí y sobre todo, de ser una grata compañía.

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