El poliédrico talento de Gustavo Acuña Gómez

Casa de citas/ 673

 

El poliédrico talento de Gustavo Acuña Gómez

Héctor Cortés Mandujano

 

Para los hermanos Acuña: Paty, Tavo y Rocío,

con un abrazo

Confieso que ante la disyuntiva de escribir un ensayo informado y puntual sobre el mítico y célebre grupo de teatro Debutantes 15 y su director, Gustavo Acuña, o sólo referirme al segundo en su condición de hombre teatral a partir de mis experiencias personales, opté por lo segundo. Creo que ese es el sentido de este merecido homenaje.

Cuando lo conocí, el Ing. Acuña (como le decíamos quienes no éramos sus cercanos) era el director del novísimo Teatro de la Ciudad “Emilio Rabasa”. Lo saludé aquí, por primera vez, en su oficina, a la que me trajo mi querido compadre Ricardo Mena. El ingeniero Acuña pensaba hacer un revival de Debutantes, con actores jóvenes. Leí, a petición de mi compadre y con la anuencia del ingeniero, los parlamentos de Demetrio Macías (en la adaptación de Los de abajo, de Mariano Azuela) y él, después de escucharme, me dijo: “Demetrio es un hombre moreno, quemado por el sol, campesino. A mí me parece que tu papel es el del Curro, porque tienes un timbre educado y no tienes la apariencia de gente de campo. El Curro, en cambio, es un hombre instruido, un intelectual”.

Comenzamos los ensayos y en ellos empecé a gozar del buen humor del Ing. Acuña, que tenía risa fácil y una enorme capacidad para las ocurrencias, aunque cuando nos dirigía era serio y concentrado. Llegaban a visitarlo a los ensayos varios de los ex integrantes de su grupo seminal; entre ellos, la adorable Lola Montoya; el maravilloso Eliézer “Chelis” Solís, con quien hacía una mancuerna que hubiera sido la envidia de muchos comediantes famosos (cantaban los dos y eran geniales improvisando) y el dramaturgo Carlos Olmos, que en aquellas fechas tenía en la pantalla del Canal 2, de Televisa, La pasión de Isabela. Una presencia constante era también la de Esteban Juárez, quien era mano derecha del ingeniero en iluminación y sonido de los muchos espectáculos que se presentaban en el teatro,

Los ensayos de Los de abajo terminaron por las ausencias frecuentes de parte del elenco. El Ing. Acuña decidió, entonces, que montáramos Los cuervos están de luto, de Hugo Argüelles, a cuyo elenco se integró, hasta donde recuerdo, Lola Montoya. No sé cuánto duraron los ensayos. Lo que sí recuerdo era la alegría que era ver noche a noche a Lola, Chelis y al Ingeniero improvisando, riéndose y haciéndonos reír con tantas gracias tramadas al tuntún, con tanto talento.

Yo, al mismo tiempo que ensayaba en el Teatro de la Ciudad, hice mi debut con el monólogo La tragedia de las equivocaciones, de Xavier Villaurrutia, en el teatro del CREA, bajo la dirección de mi querido compadre Ricardo. Ya había estado en otros montajes, pocos, pero esta fue la primera vez que estaba solo en escena. El timbre de orgullo que tengo de ese montaje es que el Ing. Acuña y Esteban Juárez, dos grandes, fueron a verme. Para mí aquello significó una enorme deferencia, porque después, además, el célebre director de Debutantes 15 me criticó con objetividad y me señaló mis yerros y mis aciertos como actor. Yo lo escuché, de principio a fin, con respeto y agradecimiento. Éramos, él, un hombre con importantísimo trabajo teatral sobre los hombros, con una experiencia de muchos años y muchos premios; el director de muchísimas y célebres puestas en escena, y también un cantante prodigioso; un ser proteico, de variado talento, y yo, un joven principiante que quién sabe si seguiría o no en este mundo de oropeles, fantasía y sudor –el teatro–, que, paradójicamente, crea nuevos mundos en los ejecutantes y en la audiencia.

Recuerdo también que vine a ver, en esos años, una obra magistral: La muerte accidental de una anarquista, de Darío Fo, con la actuación de un fuera de serie: Héctor Ortega. Quedé asombrado con lo que ese hombre era capaz de hacer en escena y el Ing. Acuña, al ver mi arrobamiento ante aquella cátedra (estuvimos juntos, como espectadores), me pidió que lo acompañara, me llevó hasta el camerino del gran Héctor y me presentó con él, diciéndole que yo era uno de sus jóvenes actores. “Somos colegas, entonces”, me dijo sonriente y sencillo aquel monstruo de actuación, y yo me sentí agradecido y emocionado con estrechar su mano y con conversar con él algunos momentos. Ese encuentro mágico con mi tocayo se lo debo, también, al Ing. Acuña.

Por razones de tiempo dejé los ensayos de Los cuervos… y me concentré en las otras actividades que reclamaban mi presencia. Vi al ingeniero alguna que otra vez hasta que me senté como espectador a ver uno de sus trabajos espléndidos de aquellos tiempos: Felicidad, de Emilio Carballido, con la primera actriz Margarita Isabel (una maestra en el arte de la interpretación) y, entre otros, un adolescente que ahora es este señor y querido amigo, Gustavo Acuña Serrano, que heredó nombre y talento, y que hoy –junto con Paty y Rocío, sus hermanas– está homenajeando amorosamente a su padre. Busqué al Ingeniero y, con la emoción del caso, le dije que esa puesta me parecía una muestra de la enorme altura que tenía él como director de teatro. Me agradeció. Nos dimos la mano.

Luego lo vi poco. Recuerdo su rostro en un cartel pegado en el vidrio de un hotel céntrico. Estaba vestido de charro y tenía un nombre artístico de cantante: David Armenta. Me puse contento al verlo, porque yo en aquellos tiempos andaba por los treinta años de edad y supongo que él rebasaba los 50. Mi alegría estaba fundada en descubrir que él, sin prejuicios y confiado en su innegable capacidad vocal, no se negaba la posibilidad de la reinvención.  Después lo vi en algunos capítulos de una nueva telenovela de Carlos Olmos, en un papel que lo mostraba dueño del oficio de su vida: actuar, ser otro y el mismo.

Mi último recuerdo de él tiene que ver con una especial puesta en escena. Yo ya tenía camino recorrido, había publicado algunos libros y escrito varios textos para el teatro. Con La muerte, esa bestia negra, una de mis obras, dirigida por Jorge Zárate, fuimos seleccionados, en 2001, para ir a la Muestra Nacional de Teatro, en Guadalajara, e hicimos muchas funciones en distintos foros del estado y fuera de él. Sin embargo, un poco antes de estrenarla, Jorge me dijo que quería invitar al Ing. Acuña para que viera el ensayo general y opinara sobre el texto, la dirección y el trabajo de los actores. Era el Ingeniero, en esos tiempos, catedrático en la Unicach, y ya un hombre mayor. Jorge me preguntó si yo tenía inconveniente y le dije que, por supuesto, ninguno.

Tenía mucho de no ver al Ingeniero. Nos saludamos cortésmente antes de iniciar y la obra corrió. No había más espectadores que Jorge, el Ingeniero, mi mujer, alguien más con seguridad, que no recuerdo, y yo. Terminó la obra y el ingeniero Acuña, de nuevo mostrando su calidad humana y su capacidad de análisis, no hizo más que elogios razonados sobre lo que había visto. Supimos los actores, Jorge y yo que lo habíamos logrado. Teníamos a alguien con la autoridad moral y profesional que nos había felicitado, a partir de la disección de la múltiple labor que es una puesta en escena. Conversamos un poco, le di las gracias por su opinión, que nos validaba, nos dimos la mano y creo que ya no nos volvimos a ver.

Chiapas tiene, por fortuna, gente brillante en todos los rubros artísticos. Es importante no olvidarlos, honrarlos, conocer su obra, homenajearlos. Soy, como muchos, un deudor de la brillante generación del grupo Debutantes 15 y en especial del hombre talentoso y genial que se llamó y se llama Gustavo Acuña Gómez: un ser tocado por la gracia, un orfebre diamantino del teatro, un artista con todas sus letras. Estoy muy agradecido de poder decir estas palabras en su memoria. Muchas gracias. Buenas noches.

 

[Texto leído en el “Homenaje a Gustavo Acuña Gómez, por su trayectoria artística”, donde también participaron Patricia Acuña, Susana Solís Esquinca, Roberto Ramos Maza, Rocío Acuña y Gustavo Acuña Serrano. 12 de enero de 2024. Teatro de la Ciudad “Emilio Rabasa”. Tuxtla Gutiérrez, Chiapas.]

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

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