José Agustín

José Agustín
Foto: Cultura UNAM

Dedicado a mi amigo Raciel

Después de su aparatoso accidente, sabíamos lo que iba a pasar. Nos preparamos para ello, tomando en cuenta que, con él, se va un discurso, una perspectiva de vida de una generación entera de mexicanos que abrevamos de una literatura la cual prontamente se convirtió en bandera iracunda, enarbolada de ahí en adelante con el cuchillo entre los dientes, desde todos los espacios posibles de nuestra utopía cotidiana.

Murió José Agustín, el profeta contracultural. Uno grande de los pensadores y escritores de su época que moldearon, a su modo, la realidad actual en la que vivimos.

Para quienes lo leímos y crecimos con él, desde la temprana juventud retomamos la épica de su lenguaje. La vida cotidiana de una juventud en un país pos-revolucionario; jóvenes anhelosos de gritarlo todo, de descarnar la decencia y la moral mojigata, de vociferar frontalmente contra ese establishment que, cauteloso y agazapado, pero también incisivo y culero, estaba siempre pegándonos duro y sin contemplaciones. Todo esto, ahora puede ser un lugar común y hasta rebasado, según los nuevos escenarios del mundo aparentemente “apolitizado”, pero la valía de José Agustín y toda la generación de la Literatura de la Onda, fue poner a revolotear el cerebro en torno a eso, una realidad que se daba por sentado, desde allá, en los ya lejanos sesenta. Todo esto en un lenguaje que el Maestro supo hace coincidir y conectar con todos nosotros. No solo en la proclama contracultural de su hacer literario, sino en la visión de vida que propuso.

Eterno joven, José Agustín nunca envejeció. Su obra la hizo siendo joven y murió joven, también. Naturalmente, no por la edad, sino por la trascendencia iconoclasta que la juventud tiene o debería tener como consigna de vida. Sus letras siguen vibrando, tan actuales como en el México urbano juvenil que bien captó en sus textos seminales desde la década de los sesenta.

Incomprendido, nunca fue objeto de culto de la alta y exquisita burguesía literaria nacional. Nunca fue galardonado con premios donde solo una élite refinada podía disputar. Ni falta hizo, congruente como siempre, nunca necesitó de la vara alta, ni la prosapia de los poderosos grupos de poder del mundo de la literatura nacional.

José Agustín, el gran Maese del rock. Autor prolífico, siempre, de todas las posibles historias de juventud en el rock. Escritor roquero, como debió ser. Pluma poseída por los infinitos senderos de la marginalidad. Decía mi amigo Rac, que quienes lo leímos detenida y sistemáticamente, tenemos una anécdota con cualquier tema de su literatura. Intelectual del rock, lo puso en un lugar privilegiado como un nuevo tipo de música que hacía cimbrar a toda la “juventud sónica” del planeta. Rollingstonero a morir, siempre habló de lo grasiento del rhythm and blues de la banda inglesa, sus satánicas majestades. Hermanado desde ese gusto con las causas del pueblo outsider y sus justas revoluciones, con el rock y su adherencia a las mejores causas de los pueblos, hizo una brillante combinación que no cualquier intelectual de su talla pudo tener.

Una vez, en algún lugar de la antropología universitaria, siendo estudiantes, alguien preguntó algo relacionado con personajes a quienes nos gustaría tomarnos un trago algún día. Sin dudarlo, dije que Bob Marley y José Agustín. Al primero, lo escuché y lo reverencié centenares de veces; al segundo lo entrevisté: estábamos en un evento de presentación de revistas independientes en Cuernavaca y José Agustín era quien apadrinaba el Encuentro. Dio una charla y se sentó a charlar con cualquiera que se le acercara. Un colega me dijo, “vente, lo vamos a entrevistar”, yo negué con la cabeza porque no creía iba acceder, pero más bien, por temor personal. Estaba ahí uno de mis gurús. Nel, dije (y con seguridad mi mente casi remata con el consabido “pastel”, para estar a tono de aquella mítica Onda agustiniana). Reprimí el impulso mental porque me pareció hiper fuera de lugar y sobre todo pasado de época, además de sabedor de que el Maestro, como buen ídem, había evolucionado su léxico a estas alturas de los principios de los noventa. Todo eso en dos segundos. De repente, casi sin darme cuenta, José Agustín dijo, “claro que sí”, a nuestra petición de entrevista de la revista Anónimos Suburbios que, en ese número, tenía cierta temática sobre rock.

Mi colega me dijo, “adelante, camarada” y sin saberlo de antemano y con cara de quién-sabe-qué me aventó al ruedo en soledad. Y ahí voy. Recuerdo tuve que agarrar la grabadora a dos manos. Temblaba. No cualquier día te pones de frente a uno de tus ídolos. Le pregunté sobre rock, por supuesto, y entre varias cosas, dijo algo que siempre fue una verdad: “los que sostuvieron al rock mexicano y los que han sostenido fundamentalmente este movimiento rocanrolero, han sido los chavos más marginados, más pobres, mas vilipendiados. Los más madreados”. La entrevista está en mi libro Rock de fin de siglo. 22 años de análisis sobre identidades y el cambio en la música del rock.

Con infinita tristeza decimos adiós a un grande la literatura nacional y latinoamericana. El incansable interlocutor de la vida (contra) cultural de nuestro país. El mayor de los remordimientos, es que se fue prematuramente, demasiado por hacer aún y mucho más por contar. Los grandes que desarrollaron la cultura contemporánea de México se están yendo. Tiempos de cambios en nuestra historia social, donde José Agustín fue pieza imprescindible para entender lo que somos en la actualidad. Adiós Maestro, gracias por todo. Salúdanos en tu viaje a todos los compas y recuérdales que la tarea que nos han dejado por hacer la tratamos de concretar con su venia, con tu permiso de ahora en adelante, el Gimmie Shelter de tu banda favorita.

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