Luz tibia

Casa de citas/ 674

 

Luz tibia

Héctor Cortés Mandujano

 

Leí, en la revista electrónica Poesía más poesía, una antología de poemas de Czeslaw Milosz (1911-2004), Premio Nobel de Literatura 1980.

Me gusta mucho Milosz. Aunque hable de lo cotidiano lo hace con la profundidad de quien sabe lo que dice. Escribe: “El fin de la poesía es recordarnos/ Cuan difícil es ser una persona/ Pues tenemos la casa abierta, no hay llaves en las puertas,/ E invisibles huéspedes entran y salen a su gusto”.

En “Dedicatoria. Varsovia 1945” dice: “Se solía esparcir mullo o alpiste/ Sobre las tumbas/ Para alimentar a los muertos que volvían disfrazados de pájaros./ Aquí os dejo este libro, vosotros quienes alguna vez vivisteis/ Para que nunca volváis”.

Pregunta en “Estudio de la soledad”: “¿Y si yo soy toda la humanidad,/ existe ella en sí misma sin mí?”. (Los tres poemas son versiones de Rafael Díaz Borbón.)

 

En la versión de Gerardo Beltrán se publica “Honesta descripción de mí mismo”: “No es mi culpa que así estemos constituidos: la mitad/ de contemplación desinteresada y la mitad de apetito”.

Agnieszka Kawecka hace la versión de “Eso”: “Eso es cuando el hijo del rey se dirige a la ciudad y ve el mundo/ real: pobreza, enfermedad, vejez y muerte”.

La versión de “Madurez tardía” es de Elizbieta Bortkiewicz. Lo escribió Milosz en el umbral de los 90 años (murió a los 93): “Somos infelices, porque hacemos uso de menos de/ una centésima parte del don que habíamos recibido para nuestro largo viaje”.

 

Los siguientes tres no tienen créditos de traducción. Dice en “La carreta”: “¡Arrodíllate, vida huérfana! […] En mí, los días son como los poemas olvidados en los armarios/ que huelen a tumba”.

Escribe en “El viejo día”: “Es hospital la vida. En sus cuartos,/ luz tibia”.

En “Insomnio”: “Digo: mi madre, y es en ti en quien pienso, ¡oh Casa! […] ¡Cómplice, dulce cómplice! ¡Que no haya vuelto a encontrar/ antaño, en mi joven estación rumorosa, una muchacha/ de alma rara, umbrosa y fresca como la tuya!

“¡Oh Casa, Casa, ¿por qué me dejaste partir?”.

 

[La noche del día que leí los poemas de Czeslaw Milosz, soñé con él. Yo iba caminando por un desierto y vi a lo lejos el techo –cuatro horcones, y una extraña y enorme teja– donde un hombre tomaba la sombra. Llegué y me senté a su lado, en la banca donde él estaba. Era Czeslaw, quien me dijo que me vio venir y me esperó para darme las gracias. “¿Por qué?”, dije. “Por leerme”, respondió. “Soy simplemente un lector, no esperaba que me agradecieras”. ¿Simplemente? –dijo sonriente Milosz–: me has traído de nuevo a la vida”.]

Ilustración: Héctor Ventura

***

 

Como varios otros libros sobre drogadicción –Yonki, El almuerzo desnudo, ambas de Burroughs, y Se está haciendo tarde (final en laguna), de José Agustín, pienso a vuela pluma–  me encantó Opio, diario de una desintoxicación (1930), de Jean Cocteau, que leí en uno de mis lectores electrónicos, con traducción de Julio Gómez de la Serna y prólogo de su celebérrimo hermano Ramón.

Dice Ramón en su prólogo (p. 15): “El que nos trajo los ángeles es tan importante como el que ‘nos trajo las gallinas’ ”.

En Opio, que es lo que dice su subtítulo, un diario de desintoxicación, hay también muchas otras reflexiones. Dice Cocteau (p. 28): “Quisiera no preocuparme por escribir bien o mal; llegar al estilo de las cifras”.

Me pareció de una justeza total esta imagen, que nació de su observación (p. 32): “Las palomas […] recorren el cinc, con las manos a la espalda, de un lado para otro”.

En una de sus notas, al final escribe lo que será el título de una famosa obra de teatro de Alejandro Casona (p. 38): “El opio domesticado mitigará la dolencia de las ciudades donde los árboles mueren de pie”. En esa misma página escribe: “Todo cuanto se hace en la vida, incluso el amor, lo hace uno en el tren expreso que marcha hacia la muerte”.

La sociedad se ha ido volviendo más ignorante, pensaba Cocteau. Qué pensaría ahora (p. 52): “Ya no aceptan los monstruos sagrados del tipo Goethe o Víctor Hugo. En la mesa no escucharían ya a Oscar Wilde, daría lata”.

Ah, las drogas (p. 53): “Son las once de la noche. Fuma uno desde hace cinco minutos; se consulta el reloj: son las cinco de la mañana”. Por eso, mejor (p. 53): “No hay que curarse del opio, sino de la inteligencia”.

Una cita extensa (p. 69): “Un hombre normal, desde el punto de vista sexual, debiera ser capaz de realizar el acto amoroso con cualquiera e incluso con cualquier cosa, pues el instinto de la especie es ciego, trabaja al por mayor. […] Sólo cuenta el acto sexual […] no me refiero al amor. El vicio comienza en la elección según la herencia, la inteligencia, la fatiga del sujeto, esta elección se refina hasta llegar a ser inexplicable, cómica o criminal”.

Una verdad como catedral (p. 70): “Las obras geniales requieren un público genial”.

Reflexiona en varias páginas sobre Jesús, sobre las posibilidades de su muerte y su ulterior adoración (p. 74): “Cristo decapitado muere por la espada (la cruz). En las iglesias una espada en forma de cruz”.

Una anécdota de Marcel Proust, para no dar propina. Dice al mesero (p. 80): “ ‘¿Puede usted prestarme cincuenta francos?’ ‘Ahora mismo, señor Proust’. ‘Pues quédese con ellos, porque eran para usted’ ”.

Consejo de escritor (p. 96): “Un escritor desarrolla los músculos de su espíritu. Este entrenamiento no permite ocios deportivos. Requiere sufrimientos, caídas, perezas, flaquezas, fracasos, fatigas, penas, insomnios, ejercicios opuestos a los que desarrolla el cuerpo”.

Y otra idea ilumina esa misma página: “Sin el diablo Dios no hubiera llegado hasta el gran público”.

 

***

 

En diciembre del año pasado, tres amigos me regalaron sus libros: Javier Espinosa Mandujano, el tomo I de su Obra, que contiene novela, cuento, poesía, teatro y relatos; Damaris Disner, el cuento en verso, Heriberto, que es al mismo tiempo un rompecabezas, y el libro colectivo El museo del absurdo, donde hay dos textos suyos, y Sarelly Martínez, Surimbia, un libro pequeñito y bello.

En este enero de 2024, Balam Bartolomé me regaló dos de sus publicaciones: Batalla de ciervos y The Spirit, y Rocío Acuña su investigación Época de oro del teatro en Chiapas. Debutantes 15. Qué fortuna la mía. Mil gracias amigas, amigos.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

 

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