Pélope, el origen del descuartizamiento

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Pélope, el origen del descuartizamiento

Héctor Cortés Mandujano

Pélope fue hijo de Tántalo, quien solía departir con los dioses del olimpo. En Las bodas de Cadmo y Harmonía (Anagrama, 1990), de Roberto Calasso, se cuenta que un día Tántalo invitó a comer a los dioses y ellos bajaron del cielo. Quién sabe por qué su padre decidió despedazarlo y servirlo como alimento divino (p. 163): “Los dioses estaban sentados alrededor del caldero de bronce, donde el pequeño Pélope hervía, descuartizado”.

Ninguno de los dioses quiso el platillo, salvo Démeter, quien, distraída, se comió el omóplato del niño. Zeus, colérico, ordenó atroces castigos para Tántalo y, también, que Pélope fuere rearmado por las Moiras. El omóplato faltante se lo puso Démeter, de marfil. Poseidón se enamoró del muchachito y la raptó para volverlo su amante y su copero.

Quién sabe cuánto tiempo Pélope fue amante de ese dios. Volvió para ocupar el trono de su padre y buscó una mujer. Decidió que fuera Hipodamía, quien era amante de Enómao, su propio padre. Hipodamía y Pélope hacen trampa en la carrera con Enómao, quien muere en ella. Huyen  (p. 166), “cómplices en el delito y en la victoria”. Después, matan a Mirtilo, por su ayuda en la muerte de Enómao (p. 167): “Los dos amantes conocían la primera ley del hampa: después del enemigo, matar inmediatamente al traidor que te ha permitido matar al enemigo”.

Pélope fue un rey poderoso y expandió su territorio con conquistas. Invitó a un rey, a quien no había podido vencer en el campo de batalla (p. 167): “Cuando el rey llegó, desarmado, Pélope lo hizo descuartizar”.

De Hipodamía, Pélope tuvo veintidós hijos. Tuvo un bastardo, Crisipo, a quien adoraba. Se volvió éste amante de Layo, de Tebas (quien después sería padre de Edipo). Hipodamía, por celos, mata a Crisipo y Pélope la expulsa del reino. Ella se suicida.

El omóplato de Pélope, dado que fue regalo de la diosa Démeter, le daba una fuerza prodigiosa (p. 169): “Pélope llevaba tiempo muerto y la guerra de Troya se arrastraba sin encontrar un final, cuando los videntes anunciaron que Troya sólo podía caer gracias al arco de Heracles y al omóplato de Pélope”. La barca donde lo transportaban naufragó y quedó bajo las aguas por mucho tiempo, hasta que un pescador lo sacó de las profundidades donde estaba…

Tiestes y Atreo, dos hijos malvados de Pélope y Hipodamía, se disputaron el reino. Se hicieron varias bajezas. Atreo se hizo rey e invitó a su hermano a comer, Tiestes gustó los alimentos (p. 171): “Al final del banquete, Atreo hizo entrar a un siervo. El siervo se presentó con una bandeja llena de manos y pies humanos. Tiestes comprendió que había comido la carne de sus hijos”.

Para vengarse pide consejo a Apolo y (p. 171) “el dios responde con perfecta sobriedad: ‘Estupra a tu hija’. De ese estupro nacería el vengador”  y se llamaría Egisto. Atreo busca a Tiestes para matarlo y se halla con Micenas, la hija violada por su padre, y la hace su esposa. Piensa, cuando nace Egisto, que es hijo suyo. Cuando Egisto crece mata a Atreo, y Tiestes, su verdadero padre y abuelo, se vuelve rey.

Agamenón era esposa de Clitemnestra. Cuando él se va a la guerra de Troya, Clitemnestra se hace amante de Egisto. Al volver Agamenón de la guerra, Clitemnestra y Egisto lo matan, con espada y hacha (ella lo decapita). Orestes, hijo de Agamenón y Clitemnestra, mata después a su madre y a Egisto. Qué bonita familia.

Ilustración: HCM

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Dice Francesc-Lluís Cardona en el prólogo de Mitología romana (Edicomunicación, 1992) algo que su libro no logra cambiar (p. 5): “El tópico de que la mitología romana es un plagio o una continuación de la griega con nombres latinos no es exacto, y encierra sólo una parte de la verdad. La mitología romana posee mucho de original”.

El libro, conformado de seis ensayos informados, puntuales, tiene sólo uno donde se refiere al aporte de los romanos a las mitologías universales. Pero su título es un mentís sobre lo que dice el prólogo. Se llama “Divinidades menores propiamente romanas, héroes y heroínas”. Lo demás del libro, aunque se refiere a textos y mitologías, son derivaciones del rico mundo mitológico de Grecia.

Ya se ha dicho que mucho de los mitos bíblicos también vienen de los griegos. El caso de Rómulo y Remo, los gemelos mitológicos que fundaron Roma, es el mismo que después se le adjudicó a Moisés. Dice Cardona que fue ordenado que Rea Silvia, la madre de ambos, fuera arrojada al Tíber  y que (p. 34) “los dos gemelos fueran metidos en un cesto y los dejaran al capricho de la corriente fluvial”. Los paralelismos siguen, esta vez con Caín y Abel. Rómulo y Remo pelean (p. 38) “hasta que Remo muerto atravesado por la espada del fratricida, sin que Rómulo se hubiera en principio propuesto final tan trágico”. Como a Luzbel, Vulcano, es decir, Hefesto (p. 107), “fue arrojado del cielo por Júpiter (acción por la que según la leyenda quedó cojo)”.

Me encantó el relato sobre la vida de Lucio Quincio Cincinato. Los cónsules romanos nombraban a un dictador cuando había peligro o lo consideraran necesario. Algunos dictadores se aferraban al poder, de donde surgió el lado negro de la palabra. Pero Cincinato era campesino. Aceptó ser dictador porque no le quedaba de otra. Ganó la guerra para la que fue requerido y una semana después (p. 69) “habiendo cumplido su misión, se despojó de los símbolos de su poder y marchó tranquilamente a ocuparse de su arado”. Cincinnati, en EUA, se llama así en homenaje a este hombre romano y a uno parecido, dice Francesc-Lluís, que fue George Washington.

La Sibila de Cumas pidió a Apolo una larga vida, pero olvidó pedirle juventud (p. 102): “La Sibila fue envejeciendo cada vez más, hasta que arrugada y seca terminó pareciendo una cigarra. Entonces los de Cumas la enjaularon como si fuera un pájaro y la colgaron del templo de Apolo, su benefactor. Los chiquillos llegaban hasta ella y le preguntaban: ‘Sibila, ¿qué deseas?’. ‘Deseo morir’, respondía ella una y otra vez”.

Esculapio y Epione tuvieron una hija, Higia (p. 136), “protectora de la salud, de donde deriva la palabra higiene, como fuente de salud”.

Como el Tiresias griego, Pales (p. 177), “genio romano […] protegía los ganados y poseía la cualidad de cambiar de sexo”.

Con un inicio inusual, la historia que involucra a Tarquecio espejea la historia de Moisés y de Rómulo y Remo; las dos mujeres son como Penélope. El relato comienza con una sorpresa (p. 185): “En una ocasión surgió milagrosamente del suelo un falo”. Tarquecio, rey de Alba, ordenó a una de sus hijas que se sentara sobre él. Ella no quiso y puso sobre el pene mágico a su criada. Tarquecio, al enterarse, “las ató a una rueca de hilar, advirtiéndoles que podrían ser libres y casarse cuando terminaran cierto trabajo que por la noche iban deshaciendo las sirvientas mientras ellas dormían”.  La criada dio a luz a dos gemelos. Los metieron en una cesta y se les abandonó en el Tíber. Se salvaron y los alimentó una loba. “Cuando llegaron a mayores, destronaron a Tarquecio y reinaron en Alba”.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

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