La eficacia con la que se empaqueta la disidencia

“Nomás me da miedo que te confundan con un MAGA o un verasteguista” LT
Inició esta opinión personal señalando que ni mi trayectoria cultural, racial, ético-moral, ni mi actividad pública o privada me aproximan a ser un MAGA o verasteguista, tal como me lo advirtió un querido amigo que me animaba a autocensurarme y a no enviar este artículo a Chiapas Paralelo, un espacio en el que intentamos despatriarcalizar el discurso digital en todas sus expresiones, incluso aquellas promovidas por el imperio.
Por tanto, asumo personalmente que se me clasifique como un hombre que no entiende nada y que critica al principal protagonista de la resistencia MAGA.
Para iniciar.
Logró Bad Bunny (Benito para los cuates) lo que ningún otro fenómeno cultural contemporáneo había conseguido: llenar salas de chelas, pizza, consumo de medios y millones de horas humanas frente a las pantallas con una coreografía que mezcló banderas, casitas, guiños políticos, romanticismo agrícola y perreo sincronizado.
En la mente de muchos quedará ese baile. En la de otros, las banderas. En la mía, una pregunta incómoda: ¿estamos presenciando la inauguración formal de la mercantilización total de la revolución?
No me malinterpreten. No estoy en contra del perreo o el romanticismo de la vida en la zafra. Tampoco de las tesis que lo explican, lo resignifican o lo celebran como gesto de resistencia corporal. Lo que me inquieta —y sí, me desespera un poco— es la capacidad de la NFL para tomar cualquier signo cultural, ponerle un moño dorado y venderlo como espectáculo premium.
Y lo hizo magistralmente.
La NFL no organizó un show; hizo una operación de mercado. Buscó algo que la potenciara, que le abriera nuevos públicos, que le inyectara frescura simbólica en tiempos de tensiones políticas y fatiga cultural. Nuevos mercados. Nuevas audiencias. Nuevas identidades en disputa. Y lo logró.
Muchos que no encontraron ya en el zapatismo o en Marcos ese horizonte simbólico que los movilizaba, ahora encuentran en este nuevo género globalizado a su redentor de música urbana, trap latino y el reguetón. Todo se le perdona al ídolo cuando la emoción es colectiva y televisada en alta definición. Todo se mezcla en un solo corto: resistencia, identidad, erotización, nostalgia campesina, orgullo nacional y coreografía viral.
Un gran chilaquil cultural.
El espectáculo me recordó esas misas multitudinarias donde caben todos los símbolos y todos los signos en una sola ceremonia. Cada quien se identifica con algo distinto, todos salen contentos, aunque no necesariamente comprendan por qué todo estaba tan revuelto.
Y claro, el negocio funciona mejor cuando nadie pregunta demasiado.
Me sorprende ver a personas “descubriendo” en redes sociales que la NFL es un negocio, que la industria musical se rige por ventas y popularidad, y que nuestra agenda pública suele estar determinada por la agenda mediática. Cuando eso ocurre me pongo un poco punkie. Porque no es nuevo. Lo nuevo es la eficacia con la que se empaqueta la disidencia.
Así como el perreo fue vendido en el escenario más costoso del entretenimiento deportivo, también lo son uno a uno los signos de la cultura latinoamericana: la tierra, la zafra, la migración, la bandera, el cuerpo racializado, el orgullo mestizo. Todo puede ser cortado, pegado, reproducido, impreso en camisetas y monetizado en dólares —o en bitcoins.
Y aquí está la clave: no se trata de criticar al cantante, sino a la estructura que convierte cualquier gesto cultural en mercancía global. No es el cuerpo que baila; es el sistema que lo explota, lo estereotipa y lo distribuye como producto premium.
Vivimos en una época donde el avance autoritario, racista y supremacista en distintas latitudes no es una exageración retórica, sino un fenómeno tangible. Frente a eso, sectores diversos se articulan como pueden: desde la academia hasta el meme, desde la marcha hasta el escenario del Super Tazón. Todo se vuelve campo de disputa simbólica.
Pero la pregunta persiste: ¿qué ocurre cuando la resistencia también es patrocinada?
¿Puede la tensión entre grupos de poder sobrevivir cuando el espectáculo la convierte en contenido vendible?
No, no van a derrocar a nadie a puro perreo. Pero tampoco es irrelevante que millones vean banderas latinoamericanas en el corazón del entretenimiento estadounidense. Hay algo ahí que incomoda, que tensiona, que produce conversación. Y eso no es menor.
Ahora bien, en la necropolítica global —donde el supremacismo blanco, el patriarcado y la explotación de recursos concentran armas y capital— no tengo claro que la resistencia multimedia alcance. Y menos aún si esa resistencia es absorbida por la misma lógica de mercado que dice cuestionar.
Tal vez yo ya voy de salida, como esos viejitos que cantan en una silla mientras el mundo baila alrededor. Tal vez sea solo mi sentipensar. No es una tesis ni un artículo científico. Es una incomodidad.
Porque a mi no me molesta el baile. Me inquieta la venta de la resistencia como producto cultural.
Y quizá ese sea el verdadero espectáculo: no el que vimos en la cancha, sino el que ocurre cuando confundimos consumo con revolución.







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