¿Será cierto que el fútbol nos une?

Esperé la finalización del Mundial de Fútbol 2026 para reflexionar sobre una cuestión que me rondaba por la cabeza desde su inicio. Reflexión provocada, en buena medida, por las constantes referencias de los periodistas y narradores televisivos sobre cómo los juegos de la selección mexicana unían a todos sus ciudadanos. Algo que se ha dicho, con la misma insistencia, cuando en justas deportivas pasadas y recientes, la selección española ha ganado un torneo internacional.
En mi carácter de aficionado al fútbol, al mismo tiempo que antropólogo, no sólo he tenido dudas respecto a esas afirmaciones, sino que mi opinión es totalmente contraria. Para ratificar mi condición de persona equivocada decidí consultar a la inteligencia artificial. Su respuesta, salvo en el uso de la palabra “temporalmente”, fue similar a lo dicho por los comentaristas televisivos dado que afirmó que “el fútbol une a las sociedades” porque “satisface una necesidad humana fundamental: la pertenencia a un grupo”. Así, desde su perspectiva, el ritual colectivo que es el fútbol hace que “las diferencias sociales, políticas o culturales” desaparezcan “temporalmente para dar paso a una identidad compartida”.
No es mi deseo incomodar a nadie, incluida a la inteligencia artificial, pero tampoco me importa discrepar con “tirios y troyanos”. Mi intención es repensar, con distintos argumentos y perspectiva, sobre esas afirmaciones que parecen inamovibles. Ustedes lectores y lectoras juzgarán o llegarán a sus propias conclusiones.
Cómo mi profesor Manuel Delgado Ruiz lo explicó muy bien, al retomar aspectos expuestos por Emile Durheim, la solidaridad espontánea que observo en los partidos de fútbol, y muy visible en sociedades urbanas, puede producir una efervescencia colectiva en la que surgen lazos sociales emotivos y efímeros. Un compartido entusiasmo presente en ciertas fiestas, manifestaciones o improvisadas agrupaciones colectivas que tienen una corta duración. Este tipo de movilizaciones transitorias que, repito, veo en los partidos de fútbol, provocan momentáneamente procesos de cohesión e identificación y, también, indudables confrontaciones con los “otros”, los rivales. Los partidos de fútbol no son una exaltación del “amor y paz”, sino que portan en su misma conformación aquello que los rituales y las fiestas pueden, entre otros muchos aspectos, expresar: el enfrentamiento, el desorden temporal y la violencia. Por supuesto, no siempre es así, pero la posibilidad de perder el control sobre las personas es lo que ha provocado las prohibiciones de fiestas y rituales, o la asunción de su control por parte del “poder”, aquel que los ha llevado a su redil institucionalizado a través de su conversión folklórica.
Por lo tanto, quienes creen que los partidos de fútbol unen y cohesionan de manera profunda a una sociedad, lo que hacen es acercarse a la idea de solidaridad mecánica de la que habló el mencionado Emile Durkheim, es decir, una cohesión surgida porque las personas comparten vínculos colectivos permanentes por distintos motivos y que, en este caso, parecen ser los comunitarios dados por la nación. Vínculos permanentes que, dada la expresión ritual significada por el fútbol, contrasta con la solidaridad espontánea que en lo personal considero que es la expresada durante el pasado Mundial.
Las relaciones entre nación, nacionalismo y fútbol han sido ampliamente estudiadas, y lo mismo ocurre respecto a las identificaciones e identidades construidas alrededor del balompié. Ahora bien, considero que ello es muy distinto a afirmar la unión de todo un país sobre los momentáneos vínculos temporales provocados por un partido de fútbol.
Como en la España ganadora del Mundial de Sudáfrica y del que acaba de pasar, la victoria no ha cambiado los agravios regionales ni los desencuentros históricos al interior del Estado español, tampoco se ha modificado la injusta distribución de la riqueza de la sociedad y la división clasista. En definitiva, las irreconciliables discrepancias políticas y las múltiples segregaciones e injusticias sociales no se verán modificadas por un triunfo futbolístico. Más bien, lo que ratifican estas gestas deportivas internacionales es que la política, y la política internacional en concreto, se despliega en las mismas para ratificar la relevancia de los Estados nacionales. Por encima de los seres humanos, las naciones y cierto nacionalismo se han convertido en nuestras amorosas jaulas, aquellas que están impidiendo entender las diferencias culturales o las movilidades humanas, e incrementan discursos de odio para quienes viven lejos de las imaginarias fronteras estatales que los vieron nacer.
Por todo ello, sería bueno diferenciar entre las momentáneas muestras de solidaridad espontánea que una justa deportiva o un partido producen, de una unión leída como algo eterno. Esto último, la verdad, resulta un buen deseo o tal vez sea un temporal espejismo, pero no responde a las lógicas de nuestras sociedades.







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