¿Guerra?

Pakales
La noticia del domingo 22 de febrero del 2026 sacudió los cimientos sociales y políticos del país. La captura de «El Mencho» habría tenido un impacto mayúsculo; un capo más que dejaría el control de uno de los cárteles más violentos del siglo. Sin embargo, la información oficial cambió el guión: no hubo aprehensión, sino el deceso del capo más buscado —junto a varios de sus secuaces— a causa de heridas sufridas durante el operativo de traslado.
Ante esto, las voces opositoras se desgañitan exigiendo que se les califique como terroristas, acusando a la «4T» de ser la responsable del actual nivel de violencia. Del otro lado, simpatizantes del gobierno evocan el sexenio de Calderón para deslindarse de una herida que sangra desde hace décadas. Lo cierto es que es el sistema político mexicano —con sus partidos, personajes e instituciones— el que ha permitido este escenario. Lo sabemos desde hace años.
El narcotráfico en México no es un actor cualquiera; es una estructura cuyos impactos dejan secuelas en todos los ámbitos. Es en la clase política (pasada y presente) y en ciertos sectores empresariales donde se anidaron las redes de poder y control. Basta recordar a la llamada «Federación» de los años ochenta y cómo sembraron no solo droga, sino una cultura de corrupción que permeó a la sociedad. Chiapas es, lamentablemente, el mejor ejemplo de ello.
Chiapas es un territorio estratégico. En esta entidad, los cárteles han operado con tal impunidad que las descargas de droga en avionetas se volvieron rutina, facilitadas por una geografía compleja y redes de apoyo —autoridades y civiles— construidas mediante el pago de servicios o la pura coerción armada.
Antes de analizar el Chiapas actual, debemos dejar de especular. El análisis no puede alimentarse de reacciones en redes sociales donde cada grupo intenta sacar provecho político. México padece de «infodemia»; nos hemos vuelto expertos en todo, pero ya no formamos opinión, sino que repetimos como autómatas los discursos de los actores sociales.
En Chiapas la guerra por el territorio no cede, y el descabezamiento del CJNG no traerá la paz automáticamente. No existen «cárteles buenos»: todos son perversos y se sirven de policías, soldados y empresarios. El reclutamiento —forzado o no— de jóvenes es una realidad creciente: halcones, distribuidores, cobradores de «derecho de piso» y, en el peor de los casos, sicarios.Tampoco quitar una cabeza termina la violencia.
La irrupción de la Fuerza Pakal ha redistribuido el mapa. El enemigo por vencer es el CJNG, que opera a través de células como «Chiapas-Guatemala» o facciones en las zonas tsotsil y tseltal, controlando la ruta estratégica que conecta Centroamérica con Oaxaca a través del centro del estado.
Las denuncias sugieren que la Fuerza Pakal es ahora quien ocupa el «piso». Su control del territorio solo ha servido para reducir la intensidad de los enfrentamientos públicos entre cárteles (CJNG y «Chapitos» vs. «La Mayiza» y/o CDS). Comerciantes y dueños de pequeños negocios se quejan de que «los Pakales» cobran ahora las cuotas que antes correspondían a los cárteles desplazados.
Lo crucial aquí es valorar si los pactos estatales están inclinados hacia un bando (CDS) o si estamos ante la fase de un proyecto político (el de ERA) que aspira a trascender la gubernatura. Chiapas es un territorio de guerra cuya intensidad ha bajado artificialmente. Por ello, la pregunta es: ¿cuáles serán las repercusiones reales de la muerte de «El Mencho»? Es probable que la lucha por la hegemonía se recrudezca, aunque en la entidad el liderazgo local parece indiscutible: el famoso «Señor de los Caballos». Pese a los operativos, decomisos y detenciones de sus mandos medios, su poder estructural permanece intacto.
Si la estrategia sigue basada en la violencia y la guerra no declarada, solo veremos más sufrimiento en la población civil. Hoy, las familias y las madres buscadoras son las víctimas directas; se estima que en Chiapas hay más de tres mil desaparecidos y una ola de feminicidios sin precedentes. La solidaridad social no basta; es imperativo saber de qué lado está el gobierno. Mientras tanto, la «Nueva ERA» parece reducirse a selfies y caminatas, mientras el secreto a voces se confirma: el dinero del narco fluye entre autoridades y financia a fuerzas «élite» como los Pakales.
La guerra en Chiapas es tan intensa como invisible, y para el ciudadano común, sobrevivir es cuestión de suerte. Frente a las guerras globales y el discurso de figuras como Trump, nuestras guerras locales parecen destinadas al olvido. Pero no dejan de ser capitalistas: tienen intereses claros y las víctimas siempre son los más vulnerables.
No podemos cerrar los ojos cuando el responsable de la seguridad, de apellido Avendaño, exhibe medallas que ni el General Patton portaría, o utiliza helicópteros para presentarse como un «Rambo de la Nueva ERA». No juguemos con la información: llevamos años denunciando el impacto de los cárteles. Vivir bajo amenaza y miedo no es ninguna «Nueva ERA» ni es ético. Cambia el discurso, pero no la realidad.
La política de «lo vamos a investigar» es ya una frase hueca. Mientras el gobierno presume detenciones espectaculares, en los barrios se sabe perfectamente dónde se vende la droga. La guerra sigue y los de arriba, como siempre, parecen ser los últimos en enterarse… o los primeros en callar.







No comments yet.