La trampa de la sangre

Tengo dos hijos. Dos hijos medio judíos. Aún no saben nada. Duermen. ¿Quién les hablará de Auschwitz? ¿Quién de nosotros les dirá que son judíos?

Imre Kertész, 2004, p. 141.[1]

El epígrafe que abre este texto condensa aspectos todavía discutidos en la actualidad, más allá de si los posicionamientos son ortodoxos o críticos respecto al mundo judío. El premio nobel de literatura, el húngaro Imre Kertész, era judío, sin embargo, reconoció que se dio cuenta de esa condición en su adolescencia al ser llevado a varios campos de concentración nazi, como quedó reflejado en su magistral obra Sin destino (1975). Un desconocimiento comprensible porque su familia no era practicante del judaísmo. A pesar de ello, en el epígrafe se asume, como lo hacen la mayoría de judíos, que esa condición es algo que se transmite biológicamente, a través de la sangre: “Dos hijos medio judíos”.

Una clasificación sanguínea, relacionada con la adscripción étnica en muchos casos, que no hace tantos años era usada por los colonizadores para distinguirse de los nativos sometidos, y que hoy en día sigue siendo referencia clasificatoria sin ninguna base científica. Hasta los perseguidos, como lo ejemplifican las naciones tribales de Estados Unidos, usan tal clasificación para determinar la vinculación con un linaje indígena a través de los porcentajes sanguíneos. El blood quantum, cociente de sangre o cuantía de sangre, es un referente obligatorio para recibir los beneficios económicos de los casinos instalados en su territorio, y que han proliferado en los últimos años para mejorar sus condiciones de vida.

Entre los judíos la mistificación del origen étnico a través de las 12 tribus de Israel, sumada al convencimiento de la diáspora desde Palestina, marca definiciones de difícil, si no imposible, confirmación histórica. Cuestionamiento del relato sionista sobre la creación del Estado de Israel surgido tras el exterminio nazi (Shoah).

Debatir estas afirmaciones históricas significa, por supuesto, objetar la unidad étnica de los judíos a través de la sangre y conduce, desde esa lógica, a pensar el judaísmo a partir de la conversión de poblaciones, como sucede con otras religiones, y no mediante su relación con linajes étnico-sanguíneos. Uno de los intelectuales que ha discutido con mayor profundidad esa historia convertida en mito ha sido el historiador israelí Shlomo Sand quien, en una de sus obras ya mencionada en otra ocasión en esta misma columna de opinión, refuta ese irreal pasado para hablar de procesos de conversión en los que se incluirían distintos pueblos de África, la península Arábiga, o territorios de Eurasia ocupados, por ejemplo, por eslavos. Es decir, vincular una religión con un grupo humano definido por la sangre, como ocurre con los judíos, se convierte en un despropósito, aunque tal desatino condicione situaciones como la del genocidio que hoy viven los palestinos; poblaciones que desde esa lógica sanguínea seguramente tienen más vínculos parentales con los judíos, como también lo ha señalado Shlomo Sand.

Preocuparse por los orígenes propios es tan lícito como no interesarse por ellos, y lo afirmo porque el mundo judío me ha atraído en lo personal dado que mi apellido “Lisbona”, como muchos otros, puede identificarse con los judíos del Bajo Aragón que tuvieron una amplia presencia en esa región de la Corona aragonesa durante la Edad Media. Apellidos que no, necesariamente, se vinculan de manera automática con el judaísmo. Así, muchos apellidos podían ser compartidos por judíos y no judíos, y mucho más cuando se produjeron las conversiones obligadas si no se deseaba ser expulsado de la Península ibérica en 1492. Pero tenga o no nexos con un pasado judaico, lo evidente es que el despliegue del judaísmo en lo que hoy son los Estados español y portugués es más fácil de comprender mediante la conversión religiosa o con el arribo de poblaciones africanas ya convertidas, como lo señaló el mismo historiador Shlomo Sand. Y lo propio cabe pensar del Islam en la Península ibérica que, más allá de la población arribada, debe relacionarse con las conversiones de población autóctona durante el periodo de más de 800 que controlaron gran parte de ese territorio.

El pasado nos enseña y nos cuestiona el presente, siempre que se tenga una mirada crítica. Por ejemplo, para las referidas naciones tribales de Estados Unidos la cuota sanguínea puede representar hoy un beneficio para muchas personas, una condición que los condenó a exclusiones y discriminaciones en el pasado y que no han desaparecido. El caso del vínculo de los judíos a través de determinantes sanguíneas condicionó el Holocausto y, al mismo tiempo, ha creado un discurso purista que permite comprender la indiferencia con la que se ejerce el exterminio de palestinos.

Condenados como lo estamos a vivir con fronteras cada vez más blindadas por los Estados, habrá que interrogarse si parapetarse en otras fronteras, como las establecidas por la supuesta división sanguínea, no deja de ser un tirarse piedras contra el propio tejado de la humanidad, una humanidad incomprensible sin la diversidad cultural, aquella que nos da la condición de humanos y que nada tiene que ver con la sangre.

[1] Imre Kertész (2004). Liquidación. Madrid: Alfaguara.

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