La rebelión de la elite

Casa Blanca
Foto: Getty Images

Ni los productores de la corporación del entretenimiento Netflix pudieron imaginarla. No para superar al 11 de septiembre 2021. Esta vez la realidad tendría su superávit en lo que podría haber sido el inicio de una serie: la toma del Capitolio. Un “peligro para la democracia” fue oído y visto en tiempo real, el asalto a ese símbolo. Pero en realidad se quiso mostrar una de sus grietas protagonizada por la división de la misma élite en el poder. La creencia pregonada orbi et urbi, a partir de “la desaparición del comunismo” y el “triunfo del mundo libre”, la democracia ha sido la justificación del liberalismo occidental. Pero   deberíamos pensar si dos viejos partidos políticos, que se rotan el poder, son oligárquicos.

Gracias a Edward Snowen, conocemos cómo la vigilancia y monitoreo a la gente norteamericana y al mundo ha aumentado, dando la sensación vivir en estados policiacos, como ocurre en otros países aparentemente “no democráticos”. Siendo en la actualidad una coyuntura propicia y real del dominio de las corporaciones tecnológicas, en particular, y de las tecnologías digitales en general, los otros y viejos tiempos del macartismo, pasando por la vigilancia de Hoover, (quien hizo del FBI la versión rusa de la KGB, lo que recuerdan a la Gestapo alemana, en plena paranoia anticomunista de la guerra fría), sus practicas siguen siendo parte de la historia contemporánea explotada al máximo por el poder. Prueba de ello es la capacidad de esos medios para enmudecer al presidente Trump en sus sitios en internet, como sucedió en Twiter, you Tube, Facebock, lo que marca un precedente para el futuro en la política. El poder adquirido por estos monopolios de la tecnología ha mostrado su ilimitada capacidad de reorientar conductas sociales y censurar. Tal vez muchos no se han dado cuenta pero este sí representa también un problema actual para la democracia. Si violar la intimidad, ser monitoreado, vigilado e influenciado, súmenle “violar la libertad de expresión”, entonces significa que algunos de los símbolos liberales estrían perdiendo su vigencia.

El papel de los medios en su papel de controlar la información al servicio del poder en turno, hicieron del actual inquilino de la Casa Blanca su principal blanco, tratando de volverlo “el malo de la película”, y de Biden lo contrario. Se trata de un “perdedor” y un “ganador”, electoralmente hablando, de dos grupos oligárquicos, antes unidos, hoy peleados. Uno, aún presidente en turno; otro, presidente electo. Pero el que fue beneficiado por los medios masivos de información, es uno: a Biden tuvo más espacio, Trump fue silenciado. En México, algunos de las principales medios televisivos-radio-prensa escrita, siguieron el mismo guion. Lo que quiero comunicar es que el problema se debe a la desigualdad operativa en una democracia donde los medios no son objetivos, porque claramente tienen intereses políticos.

Obstáculos. Esa fue la palabra usada por Joe Biden. Se refería a la aparente obstrucción del presidente Trump en la transición de poder, relacionado con los “asuntos de seguridad nacional”. El 29 de  diciembre pasado, aquél se había quejado de que su equipo no obtenía toda la información, proveniente de la Administración y Presupuesto pero también del Departamento de la Defensa. Si a duras ganas Trump ha tenido que aceptar los caminos del proceso electoral,  tratándose de, por ejemplo, ciberseguridad, el enojo de los demócratas es justificable. Pero podrían ser otros los motivos. Uno de ellos, el acceso a las claves de los botones de una guerra nuclear que el equipo de Tump no quiso dar. Por ello la lideresa de los demócratas, Nancy Pelosi, tuvo que hablar con el jefe del Estado Mayor Conjunto de las fuerzas armadas de los Estados Unidos, -cuyo Comandante es el aún presidente en funciones- con la finalidad de obtener una garantía de, dijo, no iniciar una guerra. Sin embargo, lo que probablemente preocupa a los demócratas, son los cambios que Trump realizó poco después del resultado electoral en el Pentágono, colocando a militares cercanos en áreas estratégicas, empezando con el secretario de Defensa.

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