El cerco

Cortesía: Joe Biden

La guerra fría no terminó. Más bien, con la desaparición de la URSS inició una especie de  “paz fría”, un concepto  que aglutina una escalada de acuerdos estratégicos, como el tratado de reducción de armas de corto alcance entre Rusia y Estados Unidos, en torno a una supuesto prolongado tiempo de paz, debido que al dejar de existir el “enemigo” comunista, no habrían razones  para justificar o preparar una guerra a gran escala o nuclear. Desde 1991 las plumas occidentales vitorearon ese fin soviético. En ese eco, su desaparición resonó, urbi et orbi, como “el fin de la historia”. Pero como otros paradigmas impuestos -como la globalización- la historia ni finalizó ni Rusia dejó de ser la amenaza para Occidente.

El eco se oye hoy como un guion preestablecido, adecuado para conformar una situación de propaganda para colocar en el lugar de los malos al agresor, en este caso, Rusia. El embajador de México en el Consejo de Seguridad de la ONU, por ejemplo, dijo que debe respetarse la soberanía de Ucrania, pero no dijo la de Rusia. Olvidó por cierto recordar que la política exterior de México tiene unos principios históricos precisamente porque fue despojado de la mitad del territorio de su frontera norte. En esa misma narrativa, la de respetar la soberanía ucraniana, se colocó el presidente francés. ¿Acaso la soberanía rusa no está en riesgo?

El riesgo de una guerra en esa región fronteriza, tendía implicaciones directas para Europa. Macrón lo sabe. Lo saben todos. Pero el riesgoso camino a través del conflicto liderado por EU mete, obliga a sus aliados de la OTAN e implicar al continente europeo. Los saben porque las dos guerras mundiales del siglo XX son parte de esa larga historia guerrera. Macrón, en su visita a Putin expresó el sentimiento de que ese problema “aleje de Europa el riesgo de una guerra”. También por ello el Formato de Normandía, fundado por Francia, Alemania, Ucrania y Rusia, tiene en la vista una dirección pacifista y distensión en Europa oriental.

Pese a el piedroso camino hacia dónde va el problema, las posiciones son diametralmente opuestas. Hasta Rusia han llegado británicos, franceses, y pronto, alemanes, para intentar convencer a Rusia de que no invada a su vecino y otrora aliado ucraniano. Pero las piezas del tablero estratégico ya se han movido. En este sentido la OTAN espera que Rusia invada Ucrania. Este paso sería hacer lo que justamente todo Occidente desea y seguramente ya está preparado la propaganda maligna del agresor. Sin embargo, no se ve que las fuerzas armadas rusas jueguen esa pieza. En todo caso, las accione emprendidas hasta ahora -maniobras conjuntas con Bielorusia, tropas en la frontera con Ucrania, hechas antes también entre la OTAN y Ucrania-, son el resultado de una demostración del papel de una potencia militar a la que n se le puede tratar como de segunda.

En este sentido Putin culpó directamente a Estados Unidos de “alterar el equilibrio estratégico en el mundo”, un equilibrio no roto desde la crisis de los misiles en Cuba. Al final, los misiles no fueron colocados hacia Estados Unidos. Destensó la situación porque la URSS decidió retirar esa decisión. Pero si la OTAN no se retira de las fronteras rusas, o prosigue sus avances hacia Rusia en un cerco no visto desde la Operación Barba Roja, entonces estaremos en un escenario advertido por el presidente Putin cuando habló de la cuestión Crimea: “es y será parte de Rusia y si alguien trata de cambiar esto por la vía militar habrá de modo inevitable una guerra nuclear en la que no habrá ganador.”

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