La tercera es la vencida

A la izquierda Francia Márquez y a la derecha Gustavo Petro. Fórmula ganadora de las elecciones presidenciales en Colombia
Foto: Evo Morales

Una izquierda que tiende la mano a la esperanza, una más, a Colombia, alineada a un tipo de izquierda que deja al capitalismo como base de proyecto, pero con promesas, retos, sueños hacia los de abajo. Quizá una nueva historia podría iniciar en ese país, dar cauce a los ríos de corrupción, violencia, injusticia, pobreza, agravios. Que queden en el pasado las viejas élites, por años dueños del poder político, anticomunistas primero, “neoliberales” después.

Otro giro a la “izquierda”. Un tipo de esta, como escribí arriba. Como la de Obrador, Correa, Lulla, la de Xiomara Castro, la de Boric… Pese a esto, no hay que olvidar que en este avance del “progresismo” latinoamericano, algunos proyectos han sido desalojados del poder a través de golpes de Estado. Desde aquel en Honduras en 2009, hasta el de Bolivia en 2019,  los intereses locales, súbditos al imperio, oligarquías aferradas a sus privilegios, vinculados a aquél (“que invada Estados Unidos Nicaragua”, habría dicho un opositor a Ortega), siguen presentes.

Vuelta a la izquierda después del saqueo neoliberal por décadas. Regreso que toma el camino de atender y proteger a las víctimas, para intentar acomodar bases propias después de tanta entrega de la soberanía nacional, de dolarizar la economía, de privatizar prácticamente todo, de vender recursos estratégicos, de permitir bases militares norteamericanas, establecidas como recurso geopolítico del Comando Sur en suelo colombiano, del Plan Colombia, instrumento de guerra interna y violencia política, de presupuestos militares elevados, de fuerzas armadas colombianas con años de contrainsurgencia y asesoramiento y dependencia del Pentágono.

Tienen razón las voces que expresan la dificultad de las nuevas relaciones cívico-militares en el momento de acatar al otrora “enemigo interno”, como fue el pasado guerrillero del actual presidente electo en Colombia. Será él el jefe de esas fuerzas armadas que seguramente enfrentó. En esta relación, la lealtad militar será la base de ésta, así como el personal castrense y del secretario o la secretaria de la Defensa. Una incertidumbre, ciertamente. Es así porque la sombra del golpismo no ha desparecido y, más bien, regresó en Bolivia. Con otros matices estuvo presente en Brasil, y antes en Honduras y Paraguay. Ejemplos que afectaron proyectos distintos a la de las oligarquías, como se pretende se hará en Colombia.

Como en Chile con Allende, Lulla, Obrador, y ahora Pietro, la tercera sigue -es- la vencida. El problema es -seguirá-, siendo el temor impregnado de un tufo de lo que siempre se ha denominado sociológicamente la reacción conservadora, intereses de comunicación, bancarios, comerciales, políticos, militares, visibles y ocultos, a ser desplazados de su zona de confort.

Incierto ciertamente. Sin embargo, la esperanza no debe enlutarse antes, y el desplazamiento histórico de los viejos partidos políticos por la movilización social ha sido -seguirá- siendo el motor de una historia que algunos creían sin memoria, desplazada, olvidada; pero esa historia sigue escribiéndose. Hoy le toca a Colombia.

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