No revelar

Reina Isabel II.
Foto: Rafel Poulain

Muere una reina. Muere un roquero. Ella, los medios de control masivo hacen lo que saben hacer desde hace varias décadas… si no es que desde siempre: anunciar viento y popa lo que la masas desean ver y oir; el otro, bajista, influyente artista en el vasto pop, con menciones no tan vastas como aquella en las plataformas ad hoc. Memes, noticias infladas, adornadas para cubrir urbi et orbi la historia, la vida de una noble, la que la historia moderna la ha colocado en el lugar equivalente de la “historia imperial inglesa”, pérfida albión, diría el artillero Napoleón Bonaparte. El roquero algo aislado frente a la maraña morbosa y chistosa de la imagen de una reina también referente roqueros: The Quen is death, God save the Queen, Sex Pistols.

Opacado igualmente el aniversario del golpe de Estado contra Salvador Allende en 1973, por el otro 11 de septiembre, el que inauguró la era del terror desde Estados Unidos. Este 11 en el cual aún hay preguntas sin responder, pero que sirvió como pretexto para judicializar miedos, enemigos árabes, otros, controlar, vigilar más, de una vez, las fronteras, desde el Estado, alargando sus brazos, permeando su capa total la privacidad de tod@s en la era de la tecnología, mediante por ejemplo, la Ley Patriota norteamericana y sus corolarios en muchos gobiernos.

Acciones estas que llevan el nombre de una mayor jurisdicción extraterritorial para juzgar a todo aquel que perjudique, altere, afecte, cánones del orden político, o del secreto de Estado justificado como “asunto de seguridad nacional”, o razón de Estado. Maquiavelo pudiera levantar las cejas.

Quizá no difundido masivamente el caso Assange tiene que comentarse, quien intentó visibilizar al Estado secreto, el Leviatán contemporáneo perdurable en el tiempo, quien asume un lema: que la gente no conozca lo que hacen los políticos. Y es que lo revelado por Assange no son caricaturas: son “crímenes de guerra y corrupción”, hechos por Estados Unidos e Inglaterra, como dijeran sus parientes de visita en México y difundidos en el portal WikiLeaks en 2010.

Es posible que en este momento algunos están tomando decisiones que no serán conocidas por muchos. Tampoco en muchas de las pasadas decisiones. Algunas serán guardadas en un cajón, quemadas otras −como los paquetes electorales de 1988 en México−, o aquellas esperando que la ley permita desclasificarlas, como ocurre en Estados Unidos, ciertamente. Culpar a Assange significaría atribuirse al Estado el monopolio del secreto, no revelar muchas decisiones políticas, militares, diplomáticas, tomadas en algún lugar por unos cuantos, sin que el resto sepa.

Mueren unos, otros resurgen de los cimentos nobles de la monarquía parlamentaria para preservar una hoy rara tradición hereditaria de un trono con amplia y cuestionable historia, en un país con acta de nacimiento roquera, acaso el mejor, y antítesis de todo tipo de  parafernalia de ellos, los nobles.

¿Cuántos secretos se llevó consigo la reina?

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