La radio en San Cristóbal y la libertad de expresión

 

Hace mucho tiempo en la banda de FM de la ciudad de San Cristóbal de Las Casas habitaba una estación de radio...

Hace mucho tiempo en la banda de FM de la ciudad de San Cristóbal de Las Casas habitaba una estación de radio…

El derecho a expresarse con libertad

 Hace mucho tiempo en la banda de FM de la ciudad de San Cristóbal de Las Casas habitaba una estación de radio…

Una sola estación de FM para una ciudad pluricultural, de casi cien mil habitantes. Había entonces en AM una radio comercial que monopolizaba el mercado y una radio pública en uno de sus peores momentos de oficialismo. Entre ellas, a un lado de ellas apareció la Frecuencia Libre 99.1 como una radio ciudadana, de la gente y para la gente.

Los primeros años fueron de fuerte persecución: la SCT la hostigó, la radio comercial la demandó, la radio oficial la vituperó, pero mucha gente la apoyó, la acuerpó, salieron de sus casas para evitar que la policía decomisara el transmisor de esa, su radio. La resistencia de la 99.1 logró que se respetara el derecho ciudadano a la libertad de expresión. Desde ahí, por primera vez, grupos de ciudadanos (no empresarios, no instituciones) ejercieron su derecho a expresarse en libertad. Detrás de la 99.1 llegaron más radios, algunas con la legítima intención de expresarse, pero muchas otras con la firme intención de aprovechar la cobertura para sus negocios (venta de anuncios, de chantajes o de dioses) y entre todas, poco a poco se fue poblando el aire.

Así, San Cristóbal de Las Casas se convirtió también en San Cristóbal de las radios.

De la libertad de expresión a la libertad de hacer bulla

“¿Cuántas estaciones de radio hay en San Cristóbal?” me pregunta un joven brasileño, activista de medios libres e investigador de la comunicación. “Un chingo”, le respondo. Pero no hay una cifra definitiva, pues entran y salen del aire cada semana.

Lo que tenemos es un cuadrante lleno de ruido, todo el mundo quiere su frecuencia. Permítanme corregir: todo el mundo tiene su frecuencia. Casi cada una de las muchas iglesias que profesan y hacen negocio en Los Altos tiene una estación de radio. Cada subgrupo de la izquierda local (partidistas y no) tiene una estación “amiga”. Y algunos periodistas metidos a la payola y el chayote también han encontrado en sus transmisores particulares una nueva forma de obtener prebendas y favores del poder político y económico.

¿Podemos decir, entonces, que en el valle de Jovel hay libertad de expresión?

No la hay

Las razones:

 

  1. El 90% (aprox) de las radios de San Cristóbal transmiten sin ningún tipo de permiso, concesión o licencia.
  2. Al transmitir con la espada de Damocles sobre los micrófonos, ese 90% lo hace desde el anonimato, desde las sombras, sin decir su nombre. Algunos dicen que así su palabra se oye más fuerte.
  3. Sin entrar al debate del anonimato, en términos concretos al no tener nombre ni rostro (ni vocero visible) pierden mucha de su capacidad de interpelación. No hacen preguntas en las ruedas de prensa, no cuestionan directamente las acciones del gobierno (de ningún gobierno), no reportean, no investigan. Su voz es otra voz.

Pero más allá de estas verdades de perogrullo, el principal problema que enfrenta en estos momentos la radio en San Cristóbal es que no se oye por el demasiado ruido. Las frecuencias se enciman unas a otras, se confunden, se repiten. Son demasiadas ofertas y pocos los productores de contenido. Las religiosas hablan de lo mismo y en el mismo tono, las comerciales pasan la misma música y sus locutores tienen el mismo estilo de merolico desaforado. Las “otras” radios basan su información en el mismo periódico, en la misma lista de correos y en los mismo sitios web (el noticiero de Koman Ilel, por ejemplo, se transmite en tres estaciones distintas). Demasiada oferta para un público tan limitado y en descenso.

Pocas, por no decir nadie, tiene equipos digitales de transmisión, por lo que descargan en la audiencia el ejercicio de mnemotecnia de recordar sus frecuencias, pues tampoco hay un gran esfuerzo por producir identificaciones y mucho menos un sonido particular de cada estación. Si no recuerdas los numeritos puedes pasar todo un día escuchando Radio Votán convencido de que es Frecuencia Libre (si es que la estación vecina te deja escuchar entre sus cánticos y alabanzas).

Al final nadie escucha, pero todos pontifican.

El derecho a la expresión en libertad

El Estado tiene la obligación de garantizar los derechos humanos, pero sólo lo recordamos cuando el mismo Estado los arrebata. Ante sus omisiones callamos, por temor a perder lo ganado.

La ciudadanía, empresarios, organizaciones e iglesias de San Cristóbal han conquistado el cuadrante, se han apropiado de él. Es suyo. Pero ya nadie se escucha, las frecuencias no alcanzan para cada persona o grupo que decide tener SU propia estación. Muchos se han ido al internet, donde bailan de gusto el día que tienen más de tres visitantes (en caso que hagan monitoreo en tiempo real, ya que muchos de sus sitios siguen haciendo conteo de visitas global). Cada quien grita subido en su ladrillo, sin la menor intención de construir entre todos un foro donde la voz suene más fuerte y llegue a más personas.

El aire es un bien común, y las estaciones de radio usan una parte de ese bien común para llegar a nuestras casas. Debiera ser asunto de toda la comunidad el decidir, el definir las reglas de uso de ese espacio, de ese espectro. Los autodenominados “representantes” en el Congreso de la Unión han creado recientemente nuevos derroteros para organizar el espectro, pero aún no logran definir cómo serán las reglas del juego. Pero harán reglas genéricas, aplicables a situaciones comunes, que seguramente no aplicarán para el caso de San Cristóbal.

¿Debe el aire del valle donde vivimos alojar a cinco estaciones que recitan (gritan, cantan) todo el día el mismo libro? ¿debe el aire del valle dar espacio a cinco estaciones que pasan la misma música con el único fin de pasar comerciales y hacer negocio para sus dueños? ¿debe el aire del valle dar espacio a cinco estaciones con los mismos contenidos, con los mismos locutores que leen los mismos comunicados y pasan el mismo disco de Silvio Rodríguez? ¿para qué?

Estas preguntas debiera responderlas, como decía arriba, la entidad que asuma la propiedad del bien común que es el vehículo de todas ellas, y esa entidad es la comunidad. Pero no hay comunidad, ningún medio está construyendo comunidad, están construyendo fracciones excluyentes. Los espirituales quieren más gente en su templo y menos en los demás, importa su comunidad, no la comuna. Las radios comerciales quieren más dinero, no una comunidad que les mande y restrinja. Los medios “libres” prefieren adeptos para su causa que las causas de sus adeptos, no buscan construir un pueblo que decida sino militantes que obedezcan. Paradójicamente (o no) las dos estaciones que más contacto tienen con la comunidad, que más se ponen a su servicio, son aquellas dos pioneras de AM, la “comercial” y la “oficial”, pues la sociedad se ha apropiado de muchos de sus programas y los usa para el beneficio colectivo.

En la plaza pública no es suficiente con que cada quien diga lo que se le dé la gana (que si, que es importante también) sino que hace falta definir turnos y voceros para que todos tengan la oportunidad de escuchar, de escucharse. Nos escuchemos.

Leonardo Toledo Garibaldi

Co-conductor del programa “Debate Cultural”

Integrante del Colectivo de la Frecuencia Libre 99.1

7 de octubre de 2013

 

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