Donde nace la vida: el camino de Rosalinda, partera chiapaneca

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El viaje dura diez horas, desde Frontera Comalapa hasta San Cristóbal de Las Casas, Rosalinda Pérez Roble avanza con la misma paciencia con la que ha esperado la llegada de cientos de bebés.

Tiene 63 años y 47 de ellos los ha dedicado a la partería, no es un oficio que se deje al final del día- dice- es una forma de vida.

Acompañada de otras mujeres del Movimiento de Parteras de Chiapas Nich Ixim, Juntas caminan, se reconocen, se nombran, son ellas quienes, en muchas comunidades, siguen siendo las primeras manos que reciben la vida.

En Chiapas, la partería no está en extinción; al contrario, respira, se adapta y resiste en pleno siglo XXI, en medio de una modernidad que, con frecuencia, se aleja de la humanidad.

De acuerdo con el Instituto Mexicano del Seguro Social, alrededor de 6,600 parteras atienden hasta el 70% de los partos en zonas urbanas y la totalidad en comunidades rurales, en ese universo, Rosalinda no es solo una más: es memoria

“Trabajamos las 24 horas del día, los 300 y tantos días del año”, – dice- en su voz, ser partera significa estar disponible cuando el cuerpo llama, cuando el dolor inicia, cuando la vida decide abrirse paso.

Pero no todo es reconocimiento. Rosalinda habla de los obstáculos con la misma serenidad con la que narra un parto.

En los hospitales —cuenta— aún hay resistencia, hay médicos y enfermeras que siembran miedo, que advierten a las mujeres sobre supuestos riesgos de atenderse con parteras. El resultado, muchas veces, es la duda.

Algunas se van. Otras regresan.

Regresan tras experiencias difíciles, buscando lo que no hallaron en una clínica u hospital: cercanía, escucha y un acompañamiento constante.

Rosalinda no recurre a palabras técnicas; lo explica con hechos. No solo recibe al bebé, vuelve días después, revisa el ombligo, observa a la madre, pregunta y acompaña; se queda el tiempo necesario, hasta que la mujer puede seguir por sí misma.

Lo que más valora, sin embargo, no son los años ni la cantidad de partos, es la confianza. “Eso es lo más grande”, dice, y en esa frase cabe todo: la relación construida, el respeto ganado, el vínculo que no se impone, sino que se cultiva.

Sus recuerdos están llenos de imágenes que rozan lo extraordinario, habla de bebés que nacen aún envueltos en la bolsa amniótica, como suspendidos en agua, con el cabello flotando, lo dice despacio, como si aún los estuviera viendo. “Es muy hermoso”, repite.

Pero también hay otra historia, menos visible, la de una lucha silenciosa por el reconocimiento, la de un trabajo que, a veces, es minimizado o puesto en duda. Rosalinda no lo esquiva pide respeto para ella y para todas.

“Las mujeres deben decidir dónde parir, con quién, cómo, sin miedo, sin desinformación”

En su práctica hay también espacio para lo espiritual, cuando una mujer llega en labor de parto, Rosalinda pregunta en qué cree, si hay fe, enciende una vela, improvisa un pequeño altar y reza junto a ella, no es un protocolo médico, pero sí un acto de acompañamiento profundo.

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