Rully Mendoza Flores: Perdimos, pero ganamos

Perdimos, pero ganamos; ¡Gracias Corea!

Por Rully Mendoza Flores

La previa

Es miércoles y se supone un día no tan cotidiano, fechado como 27 de junio de 2018, en Tapachula, Chiapas, suena el despertador, el reloj no miente y marca las 5:00 a.m. Hora de levantarse para subir a tiempo al tren de las labores cotidianas; en la transmisión del noticiero matutino se escucha al presentador:

 — Buen día amable audiencia, se ha llegado el día para seguir haciendo historia, no se pierda nuestra transmisión, en un rato nos enlazaremos hasta Rusia en la previa del tercer partido de la selección mexicana frente a Suecia, ¡hoy ganamos!

No cabe la menor duda, México vive la fe.

Hoy, mientras transito por las calurosas calles de esta costa fronteriza observo detenidamente un color que prevalece en quienes viajan a sus labores en transporte público, a los que viajan en sus particulares, a quienes caminan y a quienes corren por llegar a tiempo a la escuela. Sí, se han pintado de verde, en menor cantidad aparecen blancos y uno que otro se ha vestido de rojo.

Rully Mendoza Flores.

Mi cuerpo aún guarda la historia de un México en octavos de final en Francia 98, estaba en la primaria y mis maestros/as gustosos del futbol nos hicieron invadir la dirección para convertirla en una sala de espectáculo deportivo; recuerdo el televisor viejo, de esos que se les regulaba el brillo, contraste y color a través de perillas; a mis compañeros/as entonar el himno nacional por instrucciones del director. ¡Qué recuerdos!

Ahora soy profesor. Al entrar a la escuela, se me recuerda que por instrucciones de dirección general se suspenden las clases a partir de la segunda hora, hay permiso para ver el futbol, pues en cada salón reposa un televisor que ya no es de perillas y mucho menos de batallar para encontrar la señal.

Los minutos se han convertido en horas, el reloj no avanza, la clase de historia universal y el tema de la globalización parecen acomodarse como mero pretexto y a propósito de un mundial, pero, la ansiedad aparece; — Profesor, ¿qué hora es? ¿Ya meroes el partido verdad? Preguntan de forma incesante los/as estudiantes, enfundados/as en sus playeras verdes, con sus pies impacientes, sus manos en la boca y viendo a todos lados, sienten que la hora aún no llega.

Padre nuestro y cielito lindo

Es uno de esos días en los que re-significo ese espacio llamado escuela, complejo de aulas que guarda por horas a niños/as entre letras y operaciones matemáticas o físicas. Hoy se respira diferente, casi nadie transita los pasillos, todos/as están esperando en sus sillas escolares el gran juego.

Faltan menos de dos minutos para que comience el duelo, entre un grupo de estudiantes se inicia un murmullo, que pronto toma forma y sentido: — Padre nuestro que estás en el cielo… Se reza y se pide a la corte celestial que guie a la puerta de la gloria a esos once que están a punto de entonar el himno nacional, su ritual indica que están listos/as para el cotejo futbolístico.

— Cinco, cuatro, tres, dos, uno… Comienzan los 90 minutos del deporte más hermoso del mundo, hoy se enfrentan dos aspirantes a la copa del mundo, dos equipos que sueñan, allá vamos.

Ha sonado el silbato, la emoción no se disimula. El aula se ha convertido en un espacio de convergencia ideológica, pues todos/as somos México; se “corean” los oles en los primeros pases de la selección hasta que al minuto 5 los fantasmas comienzan a mostrarse, pero Memo Ochoa los trata de asustar, así, una y otra vez durante el primer tiempo.

Minuto 49:48, segundo tiempo:

— Viene Suecia, ¡cuidado! Remate… Gooooooooooool de Suecia, gol de Augustinsson, en una falla mexicana, llega desde atrás y vence a Ochoa que apenas toca el balón.

Los semblantes cambiaron, sin embargo, lo que ha descrito Juan Villoro se hace presente en medio de cuatro paredes escolares: la esperanza. Entonces, a una sola voz se entona el alentador, — ay, ay, ay, ay canta y no llores, porque cantando se alegran, cielito lindo, los corazones.

Pero no, parece que no bastan los rituales espirituales ni los alientos de un cántico de larga tradición; el cronómetro marca el minuto 59:51 y Héctor Moreno, y todo México no lo cree, — No, no, no, no, no es penal. Se grita, se somata todo, todos/as parados frente al televisor, alienta a un Ochoa para que sus manos sean milagrosas y atajen un verdadero misil.

Pero no, otra vez se ahoga la esperanza de que ese segundo gol no llegue. Los narradores del partido tampoco lo cantan con alegría, es un balde de agua muy fría; los que llegaron como favoritos al encuentro, ahora caen a la realidad que no se ha ido, aquella en la deben querer aprender a jugar mejor.

Y por si fuera poco, en la crónica del partido uno de los narradores se asusta y dice:

— Cuidado, pasó el balóóón [silencio], autogoooooool, Edson Álvarez está dando la tercera anotación para el cuadro sueco, no puede ser, estamos en el minuto 73 y esto puede ser el final.

Veo los rostros de mis estudiantes, hay desánimo, ya no hay cantos, están sentados y muerden sus lápices o borradores; de pronto, surge desde un rincón del aula una voz que alienta a rezar otra oración, esta vez para convencer al de arriba que la combinación de resultados se diera para que México clasificara a la siguiente ronda, esta vez, parece que sí escuchó.

Corre el minuto 93 de tiempo agregado y se interrumpe la narración del juego en pantalla para cantar un gol que no es de México, sino una anotación de otro partido, no cabe duda que la esperanza da sentido. Corea está ganando a Alemania y si el campeón del mundo no anota y pierde, México estará en octavos de final.

— México, México, México. Se escucha entre algunas voces que parecen quebrarse ante la realidad que no se quiere creer. Ahora todo está peor que antes. Los/as estudiantes sudan, se sientan, por ratos se vuelven a parar, caminan, ya no hablan mucho, entre ellos hacen operaciones y cálculos para saber si le alcanzará a su selección. No han perdido la esperanza, tienen fe.

Ya, este momento de agonía se termina; el árbitro hace sonar su silbato y anuncia el fin del encuentro. En la pantalla se ven jugadores con la verde empapada, pero de llanto, se les cae la cara, nadie quiere hablar; se observan aficionados mexicanos que han olvidado el partido de México por volcarse al partido de Corea frente Alemania; y  a los comentaristas comienzan a mandar a corte comercial para pronto cortar la transmisión de eso que nadie quiere volver a ver. Al final, México perdió, pero ganó; gracias Corea por mostrar la cara que no se quiere ver.

Y nosotros, nosotros regresamos a nuestras clases del día, sí, un día que ha sido marcado por la fe y esperanza, más que de un juego inteligente de la selección.

 

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