La mirada de los valientes

Casa de citas/ 141

Veo Los juegos del destino (Silver Linings Playbook, 2012, dirigida por David O. Russell). Qué buena historia, qué bien actúan Bradley Cooper y Jennifer Lawrence (cumplidora la actuación de Robert de Niro). Una escena me recuerda los muchos reclamos que me han hecho por contestar cualquier mensaje con un simple OK. Dice el personaje que interpreta Cooper: “¿Sabes de dónde proviene ‘OK’? Martin van Buren, el octavo presidente de los Estados Unidos, es de Kinderhook, Nueva York. Y era parte de un club de caballeros llamado Old Kinderhook. Y si eras un tipo bien y estabas en el club, ellos decían que eras una persona OK, porque estabas en el Old Kinderhooks”.

 

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Odysseus Elytis (1911-1986), Premio Nobel de Literatura 1979, “no sólo es uno de los más grandes representantes de la poesía neohelénica, sino, también, uno de los mayores poetas de la literatura europea de los últimos setenta años”. Eso dice la contraportada de Antología general (Altaya, 1995) que escoge poemas de 14 títulos de este poeta griego en cuya obra referencia constantemente temas homéricos. Aquí algunas líneas de maravilla:

P. 18: Qué queréis, pregunta el rayo de sol;/ qué queréis, pregunta la esperanza quitándose su blanca camisa.

P. 33: Ya no conozco la noche, terrible anonimato de la muerte.

P. 153: Ponía su cuidado en pronunciar claramente la palabra/ m a r como si brillaran en ella todos los delfines.

P. 168: La verdad –¿se dice así?– es dolorosa/ y debes aprender por tu propia sangre.

P. 179: ¡Qué gordinflona se ha puesto últimamente la tierra!

P: 187: El ‘vacío’ existe/ mientras no caigas en él.

P. 193: Porque serás otra vez en tu muerte/ como el agua en el sol/ que se vuelve fría por instinto.

P. 210: Siempre existirán dos o tres/ valientes que miren el mundo/ sin finalidad.

P. 216: Ocurre que siempre buscamos/ exactamente lo que no sucede.

 

Obra de Manuel Velázquez.

Obra de Manuel Velázquez.

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84. Marriam Falltrick. Aparece una vez en las 14 ediciones del

Directorio como sordomuda, con parálisis cerebral y alas.

P. Greenaway

 

Los Falls (The Falls, 1980), largometraje del director inglés Peter Greenaway, es una especie de detrás de cámaras de un documental: se ven los locutores leyendo y grabando sus textos, con el tono neutro que usan en estos casos; las imágenes se repiten muchas veces, para distintos Falls, y durante el mucho tiempo que dura la película, más de tres horas, hay ratos completos con sólo fotografías (no fotos fijas, que también hay) o tomas congeladas o videos con todas las trazas de haber sido hechas por un aficionado. La peli documenta 92 casos (en ese número concluye, aunque varios  no se cuentan por distintas razones) de personas afectadas por el Suceso Desconocido Violento (SDV), cuyo apellido empieza con las letras FALL.

Algunas historias podrían funcionar como videoclips (la música es del espléndido Michael Nyman), si no fueran tan extrañas, pues casi todo lo que se presenta tiene que ver con las trasformaciones que esta gente sufrió con el SDV: ceguera, problemas con la piel, aprendizaje súbito de lenguajes no conocidos, una ambigua inmortalidad y un conocimiento extremo sobre las aves, que hacen que cada cual tenga posturas distintas ante ellas (forman parte de asociaciones para su protección o destrucción) o estén de acuerdo o no con la Teoría de la Responsabilidad de las Aves en el suceso que los hizo distintos a los demás.

Las historias son a veces brevísimas. Aquí una completa, la final: “92. Anthior Fallwaste. Ha logrado lo que muchas víctimas inmortales del SDV no han conseguido. Fue enterrado con éxito en el lugar de un espantapájaros, el refugio convencional de los que buscaban irrevocablemente terminar la relación con las aves”.

 

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La cinta de Greenaway me hizo pensar en un célebre libro, cuyo estilo se ha repetido con brillantez por lo menos dos veces.

El original es Vidas imaginarias, de Marcel Schwob. Fue publicado luego de aparecer en un periódico parisino en 1896 y es la invención de biografías sintéticas, fantásticas y con un asombroso manejo del lenguaje. De este gran artista de la palabra he leído cuanto he encontrado, y muchos de sus libros son baratísimos: Vidas imaginarias y La cruzada de los niños (dos títulos en un volumen), editado en Porrúa, valía 27 pesos en 2008.

(Lo pienso y tal vez haya, incluso, un antecedente de este brillante y breve volumen: La vida de los ilustres capitanes, de Cayo Cornelio Nepote, elípticas biografías antiquísimas. Nepote murió entre los años 27 y 29 de nuestra era.)

Muchos años después Jorge Luis Borges usó el mismo procedimiento (con un talento y una estatura que no desmerece ante lo que antes hizo Schwob) para escribir Historia universal de la infamia, una colección de breves historias publicada en 1935, de las que ya hablé en alguna Casa anterior.

Mucho más recientemente, el excepcional y joven narrador Gonzalo M. Tavares (la Z que puse en su nombre es en realidad una C con una colita abajo, que mi computadora no tiene), nacido en Luanda, Angola, en 1970, publicó en 2005 con la misma fórmula Historias falsas (mi ejemplar es de Almadía, 2005, quien también ha publicado los otros libros que mencionaré), una colección de inventadas biografías rápidas.

De Tavares he leído Jerusalem, una novela escrita con una sabiduría y un talento envidiable. Parece una película clásica, donde nada sobra. Ni siquiera tendrá que hacerse guion literario para filmarse: es novela y guion. Ganó con ella un premio que José Saramago saludó con un comentario que se reproduce en la contraportada de Historias falsas: “No tiene derecho a escribir tan bien a los treinta y cinco años, dan ganas de darle un puñetazo”.

El otro libro que he leído de él, gordísimo por cierto, es El barrio y los señores que es un prodigio: divertido, erudito, creativo y con todas las gracias de una obra en verdad original que usa la física, los dibujos, las matemáticas y una nómina de autores con los que juega inteligentemente. Hace poco lo vi en una lectura por Internet (leía poesía, en la que también ha ganado premios; estudió física y arte, y da clases de epistemología) y es, por si sólo eso faltara, un hombre bien parecido y con una voz de locutor. De plano. Uno, envidioso, quisiera que por lo menos la tenga chiquita o le apeste la boca.

La crítica que celebra cada uno de sus nuevos títulos, lo da ya como un seguro (si sigue en ese camino, sin bajar la guardia) ganador del Nobel de Literatura.

 

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Leo el tercer tomo de Premio de Poesía Aguascalientes 30 años, 1988-1997 (Joaquín Mortiz, 1997), con diez poemarios ganadores en esos años. Decido, para compartir contigo, lector-lectora, tomar un pequeño poema o un fragmento de cada uno.

Del poemario “Las visitantes”, de Myriam Moscona, ganador en 1988, un poema breve de reminiscencias griegas, “Eurídice” (p. 19): “Eurídice salió en primera plana:/ ‘la dos veces muerta’, decía el comentario./ Una mujer fue encontrada a la puerta de un tugurio:/ El Hades. Función continua. Sólo para olvidar./ Murió con los ojos abiertos”.

De “El diván de Antar”, de Elsa Cross, 1989, un fragmento (p. 75): “Como quien vuelve de la muerte,/ del pozo de la nada,/ así abrí los ojos”.

De “El cardo en la voz”, de Jorge Esquinca, 1990, esta línea que me encantó (p. 96): “De no ser por el agua/ que atesora se diría que la naranja es un sol de bolsillo”.

De “De lunes todo el año”, de Fabio Morábito, 1991, un poemario espléndido, un fragmento de “Época de crisis”, el primer poema (p. 141): “Este edificio tiene/ los ladrillos huecos,/ se llega a saber todo/ de los otros,/ se aprende a distinguir/ las voces y los coitos./ Unos aprenden a fingir/ que son felices,/ otros que son profundos./ A veces algún beso/ de los pisos altos/ se pierde en los departamentos/ inferiores,/ hay que bajar a recogerlo: ‘Mi beso, por favor,/ si es tan amable’ ”.

De “espuela para demorar el viaje”, de Ernesto Lumbreras, 1992, estas líneas magníficas (p. 209): “Tomó la girándula de su caramelo con los enlistados besando a las novias. Hizo arder las brujas blancas del tapiz de sus eyaculaciones”.

De “En memoria del reino”, de Baudelio Camarillo, 1993, este breve, “A quien corresponda” (p. 236): “No des el agua a los sedientos./ En la tierra que habitas/ cada una de las rocas esconde un manantial;/ sólo has de decirles/ de qué manera han de golpear su frente/ contra ellas”.

De “Cantos para una exposición”, de Eduardo Langagne, 1994, esta confesión (p. 336): “No me revela nada este soneto/ que no es ningún soneto, respira mal, muy mal”.

De “A la salud de los enfermos”, de Juan Domingo Argüelles, 1995, el poema inicial “Al lector” (p. 343): “Aquí están los rencores./ Los escribí pensando en ti./ Creí por un momento que eran flores/ que amanecían en abril,/ pero al poner la mano me han herido,/ ¡puta, si me han herido!,/ me han lastimado hasta sangrar,/ hasta aullar de dolor,/ hasta quejarme inmensamente/ en la noche del lobo inconsolable/ que abre sus fauces relucientes/ como queriendo devorar/ su propio corazón/ lleno de amor”.

De “Balanza de sombras”, de Antonio Deltoro, 1996, esta división del día (p. 386): “Las mañanas son animales/ o divinas, las tardes humanas”.

Y de “Alegrial”, de Eduardo Milán, 1997, estos versos de la última página (p. 456): “Futuro, no abandones,/ falta mañana. Súplica, no te niegues,/ falta después. Ruego, lágrimas, asistan a esta justa del corazón…”

 

 Contactos: hectorcortesm@hotmail.com

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