Canciones de otro tiempo

Casa de citas/ 147

A Jacobo, mi nieto, le encanta ver la luna. En algunas noches salgo con él para ver el redondo, luminoso y mágico círculo lejano. La ve, la señala y vuelve su rostro para compartir conmigo su asombro; de nuevo la ve y ahora me enseña su rostro sonriente. Y nos quedamos callados viendo, sólo viendo. Instantes que parecen siglos.

Pienso esto mientras oigo a Zitarrosa, quien en una canción lunar (“La ronda catonga”) dice: “Y en el candombe del cielo, la luna es un gran tambor”.

 

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Michelle Pfeiffer, bella pese al tiempo acumulado, vuelve mala una buena palabra en la entretenida cinta Una familia peligrosa (Malavita, 2013, dirigida por Luc Besson): “¿Amigos? Sin groserías, por favor”.

 

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Amoroso, ocupado en los asuntos que pudieran hacer mejor a su patria, amable, entrañable: así aparece en Conversaciones con José Revueltas este gran escritor mexicano. El volumen, compilado por Andrea Revueltas y Philippe Cheron (Era, 2001), es, como dice Ruffinelli en la introducción (p. 19), “un conjunto de ‘conversaciones’ con diferentes interlocutores, desarrolladas a lo largo de veintisiete años”.

Revueltas no concluyó los estudios secundarios y antes de cumplir 15 años cayó por primera vez preso. Allí se volvió lector y comunista (aunque, como aclara constantemente, “comunista crítico”), sin tomarse como desgracia su caída en la cárcel (p. 176): “Yo siempre tomo a las cárceles como una especie de beca que me dan para ponerme a estudiar”.

Y tuvo muchas “becas”, pues estuvo como reo en varias, incluso en las más terribles: las Islas Marías y Lecumberri.

Y pese a que retiró libros suyos por su convicción izquierdista, no dudaba en señalar los defectos de lo que decía y hacía la “izquierda dogmática, falsamente ortodoxa, sin sensibilidad”: (p. 129): “Dice, por ejemplo: ‘La guerrilla es la única solución’. Y resulta que actualmente –y desde hace tiempo– la guerrilla no es ninguna solución. O dice: ‘La violencia es inevitable para alcanzar el poder’. Y entonces tiende a justificar cualquier acto de violencia con tal de que aparentemente esté a favor de la revolución. Me temo que así, a través de dogmas inquebrantables, no se llega a ninguna parte”.

Este hombre que dedicó páginas magistrales al cuento, el ensayo, la novela, el guion cinematográfico, la dramaturgia (su obra de teatro Nos esperan en abril estuvo a punto de montársela, la ensayaba cuando murió, dice Revueltas, el enormísimo Bertolt Brecht), cuenta anecdóticamente (p. 137): “Conozco toda la República mexicana a excepción de Chiapas”.

Cuando uno de sus entrevistadores llama la atención sobre el papel de las mujeres en sus obras, dice Revueltas (p. 159): “¡Pero es que yo mismo me identifico con una mujer, soy parte de ella! Soy igual de culpable y digno de ser condenado como ella. ‘El amor del hombre por el hombre es el amor del hombre por una mujer’. Adivine nomás quién lo dijo. El mismo Marx, en sus Manuscritos de 1844”.

El libro reproduce la opinión que Octavio Paz (los dos, por cierto, nacieron en 1914) escribió originalmente en Postdata (sobre el movimiento del 68): “José Revueltas, uno de los mejores escritores de mi generación y uno de los hombres más puros de México”; Elena Poniatowska, de quien se reproducen tres entrevistas, dice en la última (p. 207): “Revueltas siempre fue paciente y bondadoso. Lo era con todos. Nadie le pareció despreciable, nunca”.

Que hable Revueltas (p. 71): “El amor me parece una de las pasiones más depuradas que tiene el ser humano, pero que inclusive exige un gran perfeccionamiento, porque es un amor totalmente retorcido, totalmente mediatizado y deformado en la sociedad actual y en la historia actual del ser humano. Todavía no tenemos ejemplo de gran amor en los seres humanos”.

Y esto lo dijo cuando ya estaba cerca su fin. Murió el 15 de abril de 1976 (p. 203): “Amo al ser humano por encima de todas las cosas. Me parece un valor que ha sido creado a través de la historia, el valor más importante que tenemos en la tierra”.

 

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A propósito de amor. El primer larga duración que tuve (disco de vinilo que ahora sólo es pieza de museo) del cantautor argentino Alberto Cortez me lo regaló, si bien con un requiebro que lo dejara un poco fuera del gesto, mi hermano Hernán a los 15 años. Ni poco ni demasiado se llama y no tengo que hacer ningún esfuerzo para recordar la letra y la música de todas las canciones. De tanto oírlo lo encarné.

Por esos días llegó una muchacha que vivió un tiempo con mi familia (debe ser ahora una viejecita) y llevó sin quererlo un nuevo regalo para mí: tres discos más de don Alberto. Los oí hasta el cansancio y volví al cantante, en mi adolescencia y parte de mi juventud (la idea es de mi querida amiga Martha Elena Vera, a quien no veo desde hace mucho), “mi terapeuta de cabecera”.

Hace poco, en un súper, me halle un paquete de tres CDs con la reproducción fiel de aquellos discos, en el mismo orden en que los oí. Los oigo ahora y mi memoria, mi corazón, mi vida se vuelven hasta esos tiempos y agradezco tanto vivir; agradezco haber atravesado por tanto bueno y malo; agradezco aún tener, pese a todo, el alma tan fresca como para seguir emocionándome con la música del viento, el color del cielo, la luna…

 

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He leído conforme han salido, y a veces antes, los cuatro libros de poesía de René Morales, coiteco nacido en San Luis Potosí. El más reciente, La línea Blanca (2013), aparece en la editorial que él, sin apoyos oficiales, financia, coordina y promueve: Public Pervert.

Hay dolor, indignación, denuncia y desesperanza en la nueva entrega de este joven poeta, y las divisiones capitulares del libro están hechas por el mapa de México (el territorio al que alude), una foto del desierto, un cartel de desaparecidos y lo que parece un anuncio chino de venta de armas.

Dice (p. 11): “Aquí siempre hay una segunda chanza/ lo importante es no andar jotiando/ y diciendo que ya valió verga”; sin embargo, en sus siguientes poemas no se ve la salida (p. 23): “Solo queda este rincón del mundo/ en donde escribo sobre una pila de cadáveres”.

La pregunta es sobre el país (p. 27): “¿Alguien sabe cómo se llama el dueño de este rastro?/ ¿o de dónde viene ese aroma a carne quemada?”

La realidad de nuestra patria está metida en estas líneas (p. 48): “En este justo momento/ en este país de tristes coincidencias/ el corazón de una golondrina/ late con la misma fuerza/ que una bala en el cráneo de un ejecutado”.

En el “Finale” describe todas las torturas y muertes que alguien puede hacer con tu familia y concluye con un consejo (p. 57): “Ve y busca a ese hijo de su reputa madre/ que te tiene en la mira/ y perdónalo/ porque si no lo haces/ estás jodido de por vida”.

 

Obra del artista chiapaneco Manuel Velázquez

Obra del artista chiapaneco Manuel Velázquez

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Después de hacer con Silvina Ocampo la maravillosa Antología de la literatura fantástica, Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares publicaron Cuentos breves y extraordinarios (Editorial Losada, 1997), de donde tomo esta perla que se llama “Eugenesia”, de Drummond (p. 57): “Una dama de calidad se enamoró con tanto frenesí de un tal señor Dodd, predicador puritano, que rogó a su marido que les permitiera usar de la cama para procrear un ángel o un santo; pero, concedida la venia, el parto fue normal”.

 

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Honrar, honra. En este año, dos organizaciones civiles me han honrado con sendos reconocimientos. El Ateneo de Ocozocuatla organizó una lectura de mi obra, el pasado 27 de septiembre, me entregó un diploma altamente elogioso y me obsequió con una cena que, de tan cálida y agradable, apenas con algunas copas (no hubo quien diera la nota), duró hasta que las primeras luces del nuevo día nos hicieron dejar aquel conjunto de ya entrañables amigos.

Hace muy poco, el miércoles 11 de diciembre de 2013, la organización civil Manatíes del Grijalva, me honró con un reconocimiento, cuya decisión recayó en el público de las redes sociales que buscaban distinguir, eso dijo el presidente de la asociación, trayectoria y compromiso social. Fuimos siete los premiados: la periodista Patricia de los Santos, el músico Miguel Pavía, el escultor Robertoni Gómez, el ceramista Rodolfo Disner, el empresario Mario Enrique Esquinca, el maravilloso ser humano que es Olga Sánchez Martínez (de quien hablaré en la siguiente Casa…), y yo.

A veces estoy de madrugada persiguiendo las palabras que puedan acercarse a lo que pienso, sueño, vivo y hay una voz a contrapelo que me dice duérmete ya, nada va a cambiar si sigues o no en esto; a veces me desespero por no ser capaz de hacer inteligibles mis fantasías; a veces creo que lo mejor es ya no publicar (imposible dejar de escribir), cerrar la boca, colgar los guantes, encerrarme a vivir sin tener contacto con nadie. A veces creo que no vale la pena usar mucho de mi tiempo en proyectos colectivos, cursos, charlas, conferencias, asesorías. Pero allí están, de pronto, los que quieren oírme, los que me han leído, los que piensan que debo compartir lo que hago de forma personalísima, sin más afán que jugar, inventar, creer, crear. Y uno, que siempre ha querido ser un hombre honrado (Martí dixit), no tiene más que agradecer y tratar de ser mejor… Mil gracias.

  Contactos: hectorcortesm@hotmail.com

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