La apoteosis de la soledad

Casa de citas/158

Hay por lo menos tres películas de Peter Greenaway (1942) que aluden directamente a los libros (las cito de memoria, con el nombre que tuvieron en español): El libro de cabecera, donde el cuerpo desnudo es el libro; Los libros de Próspero, que es una reinterpretación de este director inglés a La tempestad, de Shakespeare, y El cocinero, el ladrón, su esposa y su amante, donde uno de los personajes es dueño de librerías y persistente lector.

Como ocurre con casi todo su cine, en esta película de 1983 Greenaway hace gala de una espectacular puesta en escena, y de una bella y cuidada dirección de arte y fotografía. La historia (escrita por él) es sórdida, a veces repugnante, con un rarísimo tono de comedia.

El ladrón zafio y violento increpa al amante de su mujer cuando lo ve ensimismado en la lectura:

—¿No te sientes aislado? ¿Da dinero esto?  […] Supongo que lees porque no tienes con quien hablar.

Más tarde, es la mujer del ladrón quien pregunta al amante, cuando éste la lleva hasta una bodega de libros para escapar de la furia del marido:

—¿De qué te sirven todos estos libros? No los puedes comer. ¿Cómo te pueden hacer feliz?

Y él responde:

—Siempre me han parecido muy razonables. No cambian de idea inesperadamente.

 

***

 

Dice Chary Gumeta, poeta nacida en Villaflores, en Veneno para la ausencia (Public Pervert, 2013: 14):

 

Siempre que pienso en la muerte

Me da por soñar en dormir eternamente

De tal forma, que ni el beso del hombre

Enamorado me pueda despertar.

 

***

Obra de Manuel Velázquez, pintor chiapaneco.

Obra de Manuel Velázquez, pintor chiapaneco.

 

Durante mucho tiempo creí que, al margen de su brillante labor como dramaturgo, Chéjov, como Borges, sólo había escrito cuentos (y muchos y magistrales). Pero no. Escribió una novela que tardé en conseguir. En cuanto la tuve en mis manos me la escabeché. Se llama Un drama de caza (la escribió en 1884-1885, la tradujo el gran Sergio Pitol y la coeditaron por segunda vez CONACULTA y la Universidad Veracruzana en 2012). Es una suerte de caja china, una novela dentro de otra, y en el nudo central hay un crimen que provoca otro; adivinar quién es el asesino no es complicado ni importa; lo importante es disfrutar la sabiduría literaria de este enormísimo escritor, del que tomo estas líneas (p. 8): “El cabello suave es señal de un alma tierna y sensible. Los criminales tienen en la mayoría de los casos una pelambre áspera”.

P. 46: “La conversación inició con el tema del tiempo –el comienzo de los comienzos.”

P. 50: “Mientras más tarde en llegar el amor, más ardores produce.”

Se celebra una boda y los invitados comienzan a gritar ¡Amargo! ¡Amargo! El traductor asienta en el pie de página (p. 113): “Expresión usada en las bodas para que las parejas se besen”; en Rusia, claro.

Hacia el final, cuando el asesino reconoce sus crímenes, que el lector ya adivinó, dice que después de ellos ha seguido teniendo éxito con las mujeres y se ha seguido divirtiendo de lo lindo (p. 223): “Todo este tiempo me ha parecido extraño que se me siguiera considerando un hombre común y corriente […] Finalmente sentí deseos de desahogarme de alguna manera, de burlarme de la gente, de revelarle a quemarropa mi secreto”.

Matar, robar, burlar a la ley les parece a muchos, por eso, algo artístico: me llevé tantos millones y nadie me puede meter a la cárcel, mandé a matar a varios y sigo impune. Pero el secreto no puede ser guardado por el infractor: tiene que presumirlo; por eso compra mansiones, se toma fotos con gente que considera importante, se vuelve cazador, jugador de golf, etcétera. La eterna historia del que busca la trascendencia al precio que sea.

 

***

 

La mención de una cigüeña en Un drama de caza me recuerda algo que me contó mi querida prima Natividad, acerca de mi nacimiento. Ella, niña aún, preguntó cuándo nacería y cómo, y mi papá, creo, le dijo que cuando me trajera la cigüeña.

—¿La cigüeña va a venir a la finca?

—Sí.

—¿Y no la van a cazar?

—No

—¿Y cómo va a traer a mi primo?

—En un pañal amarrado al pico.

—¿Y va a entrar hasta al cuarto para entregárselo a mi tía?

—Sí.

El día que mi mamá comenzó a tener el trabajo de parto, se llevaron a mi prima (y a algún niño más, creo que me dijo) al pueblo cercano. Ella creyó que lo hacían para que no viera a la cigüeña o no descubriera la mentira.

Cuando regresaron yo ya había nacido y Nati revisó las ventanas, exploró el cielo, tomó notas de varias inconsistencias y decidió que no era la cigüeña quien me había depositado en los brazos de mi madre.

Tal vez ya empezaba a no creer tan fácilmente en la fantasía, tal vez estaba dejando de ser niña.

 

***

 

Me emocionó encontrarme con Proust (Tusquets, 2013), de Samuel Beckett, porque admiro profundamente a estos autores, a quienes he leído con mucho placer. El libro, que agrega al final tres conversaciones de Beckett con Georges Duthuit, es un ensayo que explora los siete tomos de En busca del tiempo perdido del gran Marcel Proust (1871-1922).

Leí, hace tiempo, con lenta delectación esos siete tomos y he leído con admirada profusión a Beckett, de allí que tome citas tanto de uno (citas citadas) como de otro, contenidas en este ejemplo de contención e inteligencia.

Beckett dice que la obra de Proust, y por tanto su ensayo, busca (p. 15) “examinar en primer lugar el monstruo bicéfalo de la condena y la salvación: el Tiempo”. En ese sentido (p. 17), “el ayer no es un hito del pasado, sino un mojón cotidiano en el camino trillado por los años, que es parte irrenunciable de nosotros y que llevamos dentro de nosotros, pesado y peligroso”.

En el tiempo vivimos, pero (p. 23): “respirar es costumbre. La vida es costumbre. O, más bien, la vida es una sucesión de costumbres”. Dentro de ello (Pp. 34-35), “la curiosidad es el vello de nuestra costumbre que tiende a erizarse”.

Por otra parte (p. 37): “No existe gran diferencia, afirma Proust, entre el recuerdo de un sueño y el recuerdo de una realidad”.

Una cita directa del volumen III, “La prisionera”, de En busca del tiempo perdido (p. 55): “Sólo se ama lo que no se posee por entero”.

Borda sobre una de las ideas de Proust (p. 69): “Para el artista, que no se mueve en la superficie, el rechazo de la amistad no sólo es razonable, sino una necesidad. Porque el único desarrollo espiritual posible apunta a lo profundo. La tendencia artística no es expansiva, sino una contracción. Y el arte es la apoteosis de la soledad”. Y lo cita directamente (p. 71): “El hombre es el ser que no puede salir de sí, que no conoce a los otros sino en sí, y si dice lo contrario miente”.

 

Para reflexionar sobre ello, Beckett cuenta sobre una llamada que el protagonista de En busca… hace a su abuela (p. 31): “Entonces la oye por primera vez, con toda su pureza y realidad, tan distinta de la voz que estaba acostumbrado a seguir en la partitura abierta de su rostro que no la reconoce como suya”.

Este párrafo me hizo recordar la única vez que hablé por teléfono con mi papá. Yo tendría 19-20 años. Él vivía en un pueblo de Villaflores (el contradictorio, por lo menos de nombre, Cristóbal Obregón) y yo en San Cristóbal. No sé si me había pedido que le llamara o yo necesitaba decirle algo. Marqué a la caseta y me dijeron que esperara en la línea, que lo iban a llamar por la bocina. Me imagino la voz chillona por el altoparlante, que se extendía por todas las casas del pueblo. Como vivía cerca, llegó más o menos pronto. Oí la voz y me pareció una broma.

—Disculpa, le dije, quiero hablar con don Herminio.

—Yo soy, me dijo.

—Mira, es una cosa seria, no puedes ser mi papá, deja de jugar.

(Mi papá casi nunca me decía mi nombre, sino una serie de términos cariñosos que por supuesto no escribiré aquí. Usó uno de ellos donde escribo mi nombre.)

—¿Héctor? Tú tampoco pareces mi hijo.

—¿Papá? Su voz se oye como si fuera el de un adolescente.

—Y la tuya como si fueras un niño.

 

Sí, Proust y Beckett tienen razón: la voz es parte de la “partitura abierta” de los rostros.

Contactos: hectorcortesm@hotmail.com

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