Nuestro pan de cada día: racismo y discriminación

Descanso de un desplazado en el campamento de X'oyep,  Chiapas, 1998. Foto: José Carlo González

Descanso de un desplazado en el campamento de X’oyep,
Chiapas, 1998. Foto: José Carlo González

 

En México, una gran parte de población es indígena, aunque lamentablemente muchos no se reconocen a sí mismo como tal, porque el sistema político en el que vivimos los ha excluido y marginado en todas sus formas. Pero la diversidad del país es mucho más amplia porque lo integran también los pueblos afrodescendientes y otros pueblos y grupos sociales que también son marginados y excluidos dentro de este modelo de vida implantado. Así, en este sistema comercial capitalista que genera modelos y estereotipos de vida y de personas, los que no cumplimos esos cánones sociales y de belleza terminamos siendo excluidos, rechazados o tratados como delincuentes hasta en nuestras propias casas.

Recordemos cómo hace dos años, en San Cristóbal de Las Casas, Chiapas fue agredida moralmente la Dra. Rosa Liberta Xiap, al ser sacada de adentro de una pastelería francesa en pleno centro histórico de San Cristóbal de Las Casas, por ser confundida con una vendedora ambulante. Por desgracia, actos de este tipo son de los más comunes en esta ciudad turística y mágica donde se margina y discrimina a la población indígena. Mediante la denuncia de aquel hecho que sufrieron Rosa y su compañera Montserrat, se evidenció lo que por muchos años se callaba de este tipo de violencia que afecta, sobre todo, a las mujeres indígenas, afros y campesinas.

Recordemos también que hace tres años fue discriminada la vicecónsul de Guatemala en Tuxtla Gutiérrez al prohibirle el acceso en un bar de aquella ciudad, por el simple hecho de portar su traje étnico. De igual manera le sucedió a una compañera de San Andrés Larrainzar que, en su propia escuela, una profesora le exigió que dejara de utilizar el traje de su pueblo. Paradójicamente es una escuela de Derecho y por miedo a ser expulsada se ha quedado callada. Sucede lo mismo con las constantes revisiones que nos hacen los agentes de migración, que muchas veces por nuestro color y nuestros rasgos físicos nos detienen y nos someten a interrogatorios. Más aun, algunas veces nos tratan con mucha violencia.

El más reciente y lamentable hecho de discriminación es lo que le sucedió a una de las grandes figuras de la poesía indígena de Chiapas, la escritora y autora de varios libros Enriqueta Lunez, y no es el hecho de que sea una gran escritora, sino el hecho de que sea violentada en sus derechos como mujer, como indígena y como persona al momento de ser detenida por llevar puesta su traje regional, y seguramente por ser indígena. Eso es un ejemplo de la constante discriminación y racismo que sufrimos los pueblos originarios y afros. Como son tan comunes, cada vez se va naturalizando. Pero el sentido de que se estén denunciando estos actos, es porque ya estamos cansados de este sistema y modelo de sociedad tan desigualitaria, donde cada vez más los pueblos sufrimos las consecuencias del sistema político y la descomposición social que han generado.

Junto a los ejemplos anteriores, hay miles de ellos para reflexionar. Hago mención especial de uno de ellos: hace unos días, al ingresar a una sucursal de Banamex en el centro histórico de San Cristóbal de Las Casas, había en el banco una gran fila de indígenas que venían a solicitar los servicio de esta institución. La fila salía del banco y llegaba hasta la esquina contigua. Los guardias de seguridad del banco, con coraje y de manera grosera jalaban los pequeños morrales de los campesinos que ahí se encontraban para después revisarlos antes de que ellos ingresen al banco, pero por otro lado, la gente blanca y que no tenía esos rasgos indígenas entraban y salían del banco cargados con grandes bultos de mochilas y bolsas de usanza occidental sin ningún problema.

Así, el color de la piel, los trajes, los rasgos físicos, la pobreza y las otras cosas que solo las minorías «padecemos» y vivimos, parecen ser acto de olvido, abandono, de sombra, de miedo, de ser basura en el trato. Eso se puede ver también con los tantos desplazados que hay en Chiapas, las masacres, las desapariciones forzadas, las amenazas, las muertes por homofobia, de migrantes, de mujeres, de campesinos, de estudiantes, de jóvenes y los principales delincuentes y causantes de todo esto ocupan puestos políticos.

Todo lo anterior evidencia el autoritarismo de los gobiernos como claramente se vive en México, donde la corrupción de los políticos, del propio presidente y de los gobernadores van apareciendo día a día ante la sociedad. Basta con recordar ahora la elección de Arely Gómez, Medina Mora, Virgilio Andrade, entre otros, que son puestos por la dictadura político-televisiva en la que vivimos. Esto también refleja la discriminación, no solo hacia la población indígena o a las otras minorías, si no a la voz ciudadana, justo lo que está ocurriendo con el ataque y censura al programa de Carmen Aristegui.

Finalmente, creo que como pueblos originarios ya es momento de abrir los ojos y la boca para denunciar cualquier tipo de violencia, de trato, de exclusión. Ya estamos hartos de la manipulación mediática de las campañas políticas, de que nos vean como mendigos o ignorantes. Ya nos cansamos de ser solo un objeto del folklorismo, como objeto exótico para el turismo, queremos dignidad. Solo queremos seguir cantando en nuestra lengua, seguir caminando en nuestra milpa, seguir soñando con nuestros ancestros, seguir siendo nosotros, seguir escribiendo nuestra propia historia y cultivando…

 

Alegrías ta kuxlejal

 

Sk’eoj ja’mal mut mi lengua

Mi cuerpo pasbil ta ch’ul ixim

Jkuxlejaltike ja’ sa’el esperanzas

Nuestros sueños ta sts’unel nichimaltik.

 

K’ejinanik kerem, k’ejinan tsebetik

jK’ejintatik la libertad y la justicia

ak’otajukutik por la dignidad

jvayuchintik igualdad xchi’uk alegría.

 

Lek lek sba, alak’ sba nuestra sonrisa

Nuestro caminar, ak’o nojuk ta lekilal

xnichimal ko’ontontik

Tsako jk’obe, jyom jbatik ta unidad

Jkotoltik jsa’tik alegrías ta kuxlejal.

Un comentario en “Nuestro pan de cada día: racismo y discriminación”

  1. Miguel de Las Casas Rolland, O.P.
    16 marzo, 2015 at 17:50 #

    Estimado Xun, veo su articulo muy bien escrito, y aprecio ese punto de vista de un hombre indígena. Le debemos, estimado Lic. Xun Betan. Gracias. Lo que me llama la atención es que su escrito nos ofrece la perspectiva rara que es «desde la victima,» la misma perspectiva que nos rompe silencios, y nos abre los ojos en y por las narrativas de la pasión de Jesús en los 4 evangelios. Igual la suya, la perspectiva es critica, vital, y afecta la consciencia, porque tiene el gran efecto finalmente de demoler los «mitos» que siempre busca esconder la verdad histórica. Me hace pensar en los escritos del gran pensador René Girard, quién descubrió como es la violencia sagrada, la maña mimética que se ha permitido la fundación de nuestras «civilizaciones.» El gran desafío, sin embargo, es cómo imaginar un mundo diferente? No es nada claro, porque sin matar, culpar, sujetar, o «sacrificar» a las víctimas (como chivos expiatorios?), será siempre difícil sustentar la manera de vivir, o sea, de mantener lo que es ya, como dice Xun, «normal» para muchas personas, especialmente en México y todavía en Chiapas. ¿Ya basta con el sacrificio humana? ¿Ya basta con los que les gustan brillar con los privilegios del Sol, siempre ofreciendo a él la vitalidad de sus víctimas, la sangre o corazones de los «otros», siempre acabando con sus grupos de oposición, sean los 43 y sus semejantes. Difícil es cambiar la realidad social, y la violencia redentora que permite algunos de mantener control, poder, privilegios, prestigios, -en fin, todo que alimenta «distinciones» por sus rivalidades, y así distorsionar el rostro humano como si fuera «otro». ¡Que viva la victima, que viva la verdadera historia, que viva la justicia y la nueva humanidad!

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