El misterio de cada vida no se explica nunca/ I

Casa de citas/ 313

El misterio de cada vida no se explica nunca/ I

Héctor Cortés Mandujano

 

Aunque no los celebro, salvo excepcionalmente, mis cumpleaños suelen dejarme lindas marcas emocionales, pues nunca faltan las amigas, los amigos que, de cerca o de lejos, me dejan sentir su cariño. Y familiares y gente cercana que me habla, me da regalos, me apapacha.

Como desde hace tiempo soy, en mi alimentación, paleolítico (que, en resumen, es no comer azúcares ni carbohidratos), mi nieto Jacobo, de cuatro años, estaba preocupado porque quería despertarme con un pastel. Nada es imposible para la mente de un niño, de modo que buscó en la cocina y me trajo entre sus brazos algo que apenas podía cargar.

—Tito, este es tu pastel de cumpleaños.

Era una sandía.

 

***

 

Es un hermoso milagro vivir

José Vasconcelos

 

José Vasconcelos (1882-1959) ha sido considerado el secretario de Educación más brillante de nuestro país, entre otras cosas porque puso a disposición de todos una cantidad impresionante de títulos de la literatura universal, cuya lectura sacaría a cualquiera de las ignaras sombras.

Pero también escribió él mismo varios libros importantes; el mayor, su biografía, Ulises criollo, dice con asertividad la contraportada de mi edición en dos volúmenes (FCE, números 11 y 12 de lecturas mexicanas, 1982), “es uno de los mejores libros que se han escrito en México”.

El libro nos muestra a un hombre que con honestidad y sin cuidarse las espaldas nos habla de sus amores y sus amoríos (tenía una enorme afición por las prostitutas y las aventuras fugaces), de cómo su visión de la religión y Dios fue cambiando con los años, de su protética familia y, finalmente, de su gran amor por México que lo llevó a aliarse con los que consideraba los mejores hombres de la patria.

Sus primeros recuerdos de niño en Sásabe (p. 7), “menos que una aldea, un puerto en el desierto de Sonora, en los límites de Arizona”, no son agradables. Lo cotidiano eran las matanzas: “Al consumar sus asaltos, los salvajes mataban a los hombres, vejaban a las mujeres; a los niños pequeños los estrellaban contra el suelo y a los mayorcitos los reservaban para la guerra”.

Varios de sus apuntes parecen escritos ayer, a propósito de nuestra realidad (p. 53): “Igual que los enfermos, los pueblos en decadencia se complacen en la mentira que les sirve para ir tirando”.

Pese a su inteligencia y conocimiento, o tal vez por eso, son llamativos los dos milagros que cuenta. Uno: cuan

Ilustración: Alejandro Nudding

do niño en la iglesia vio que (p. 80) “la virgen me sonreía”, aunque “pocos años más tarde, unos pedantillos miopes lograron convencerme, en nombre de la ciencia, de que no había hecho sino experimentar una alucinación”. Y dos, en el panteón, cuando va a visitar la tumba de su madre (se equivoca y llora y reza ante otra las primeras veces, p. 147:“Lo más curioso es que ya no sentía por la tumba auténtica la misma ternura lúcida que ante la falsa”), ve de nuevo algo sobrenatural (p. 145-146): “Me volvió a la realidad una lumbrada que ardía en el campo inmediato al cementerio. […] Súbitamente, al rodear por algún sepulcro, desapareció la luminaria”.

Desde muy joven le quedan claras las diferencias entre el norte y el sur, en los lugares donde vivió (p. 104): “La ambición de mis condiscípulos y conocidos en Piedras Negras era llegar a ser conductores del ferrocarril o mecánicos; en todo caso, comerciantes bilingües y hombres de dinero y de empresa. La ambición de cada alumno del Instituto Campechano era llegar a ser un gran poeta”.

Me encantan los refranes populares que en la actualidad parecen dichos en otro idioma. Vanconcelos cita uno (p. 109): “¡Ay, cocol…!, ya no te acuerdas cuando eras chimizclán”; aunque también cita algunos no tan populares, pero sí ciertos como éste (p. 151): “Lo único absoluto es que todo es relativo”.

En cierto momento se le acumulan las desgracias, que piensa no podrá resistir; sin embargo (p. 165), “no sabía que el pobre diablo, humano corazón, resiste mil despedazamientos y oprobios y halla siempre excusa para tornar a la esperanza”.

Acompaña a sus amigos estudiantes de medicina a sanatorios terribles (p. 176): “En el extremo de los patios, ya fuera del pabellón, en unas barracas, moraban los leprosos; uno asomó sin narices…

“—¿Los curas? –interrogo.

“—¡Bah! Son incurables; los recoge la policía de las calles cuando ya están imposibles, y aquí se van deshaciendo despacio”.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

 

 

 

 

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