Más allá de lo cotidiano

Niñas jugando en el árbol. Pintura de Enrique Díaz

De manera apresurada, como casi le sucedía a diario, Luisa salió contra reloj de su casa rumbo a su trabajo. Era una mañana con cielo nublado y viento que presagiaba lluvia a temprana hora. Al llegar al camellón donde siempre solía detenerse, mientras el semáforo marcaba el alto para cruzar la calle e ir a la parada del transporte público que solía abordar, observó el árbol  que había en el camellón y era parte de su ruta cotidiana.

Se percató que, ensimismada en su mundo, no había tenido el cuidado de observar ese árbol y eso que diariamente pasaba a su lado. Levantó la vista lentamente,  se dio cuenta que el árbol era de tamaño mediano, le calculó alrededor de 10 metros. No logró identificar qué árbol era, sólo se dejó llevar por la belleza de éste.

La mirada de Luisa recorrió todo el árbol, se detuvo con detenimiento en el tronco, asombrándose por su belleza. Luisa supuso que, por su textura, era un árbol con mucho tiempo de vida, en la corteza indudablemente estaba presente el paso de los años, se observaban grietas y algunas partes resaltadas.  Le dio ganas de tocarlo y abrazarlo.

El recorrido al árbol continuó, Luisa contó más de siete ramas grandes, que asemejaban los brazos,  cada una de estas ramas tenía a la vez otras ramas más pequeñas. El árbol brindaba una sombra generosa, eso era indudable.

La mente de Luisa se dispersó tratando de imaginar cuántas historias habrá vivido ese árbol, las confidencias que  habrá escuchado, las inclemencias del tiempo que habrá tenido que sortear, la inmensa cantidad de pájaros que habrán hallado cobijo en sus ramas, las veces que sus ramas se habrán fracturado, por accidente o por un asunto de jardinería… y también, las ocasiones en que habrá dado sombra a quienes transitan por el rumbo.

El sonido de un claxon estridente la hizo regresar a su ritmo mañanero, volteó a ver nuevamente al árbol, ahora como una especie de saludo, más allá de lo cotidiano, reconociéndole todo aquello que ha brindado, no sólo a ella sino a toda la gente que transita justo ahí, donde Luisa se detuvo a observarlo  y percatarse de su bella presencia.

Respiró profundo  al tiempo que sentía la llovizna que comenzaba a caer sobre su cabeza y rostro. Se percató que era tarde, sin embargo, esa mañana había iniciado con un giro diferente en su rutina y le recordó la importancia de conservar la capacidad de asombro en lo cotidiano.

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