Borges profesor

Casa de citas/ 386

Borges profesor

Héctor Cortés Mandujano

 

Jorge Francisco Isidoro Luis Borges (1899-1986) fue profesor de literatura inglesa en la Universidad de Buenos Aires (ocupó su plaza en 1956) y en 1966 dictó, en esa universidad, 25 clases sobre la misma materia, que Martín Hadis y Martín Arias transcribieron de los cuadernos de los estudiantes y vertieron en un libro prodigioso. El resultado es Borges profesor, que leí en eBook, en mi lector electrónico. De él comparto con ustedes estas citas.

 

Clase número uno: “En Escandinavia se adoraba a las valquirias, divinidades guerreras que volaban y llevaban el alma de los guerreros muertos al paraíso”; sin embargo, en el siglo IX, una vieja fue acusada de ser una valquiria y así “estas mujeres que en sus caballos voladores llevaban al paraíso a los muertos, fueron transformadas por el cristianismo en brujas”.

La poesía, en la antigüedad, dice Borges, sólo era épica, de modo que, dado que hablaban casi siempre de lo mismo, se dio por usar la misma metáfora en lugar de la palabra (“camino de la ballena”, en lugar de mar, por ejemplo); en Escandinavia dieron un paso adelante e hicieron metáforas de metáforas, lo que hizo que la poesía se volviera “complicadísima, oscura”. Explica Borges la metáfora “El cisne de la cerveza de los muertos” y la desglosa para hacerla entendible: “Si ‘la cerveza de los muertos’ significa la sangre y ‘el cisne de la sangre’, es decir el ave de la muerte, es el cuervo, tenemos que ‘el cisne de las cerveza de los muertos’ significa simplemente ‘cuervo’ ”.

Clase número tres: “La idea del dragón como guardián de tesoros es tan común, que en la poesía escandinava una de las metáforas corrientes para el oro –que era entendida inmediatamente por todos– era ‘lecho de dragón’ ”.

Ilustración: Alejandro Nudding

Clase número siete: “En Así hablaba Zaratustra, Nietzsche comparaba al sol con un gato que camina sobre una alfombra de estrellas. […] Y luego pensaba a la luna como un monje que mira envidiosamente a la Tierra, no como una monja. Así, los géneros gramaticales, que son más o menos casuales, influyen en la poesía también”.  Y en inglés antiguo, dice Borges, la palabra mujer era neutro: “Se decía ‘el mujer’ o ‘la mujer’ también”.

Clase número ocho: “El idioma no es obra de sabios sino de pescadores. Es decir, el idioma está hecho por gente humilde, hecho por el azar, y la costumbre crea normas de corrección que deben buscarse en los mejores escritores”.

Clase número 13: Habla de la vida y obra de Coleridge, quien era extraño y distraído. Dice que “visitaba una casa en la que había tres hermanas. Él estaba enamorado de la segunda, pero pensó que si se casaba antes que la primera, él pensó –según le dijo a De Quincey– que esto podía herir el orgullo sexual de la primera. Y entonces, por delicadeza, se casó con la primera, de la que no estaba enamorado. Y no es demasiado sorprendente saber que este matrimonio fracaso” (La conciencia de Zeno, de Ítalo Svevo, en ficción, cuenta lo mismo. Esto lo digo yo, no Borges).

Más adelante cuenta: “Coleridge viajó a Alemania, y se dio cuenta que no había visto nunca el mar, a pesar de que lo había descrito admirablemente, inolvidablemente, en su poema ‘The Ancient Mariner’. Pero el mar no lo impresionó. El mar de su imaginación era más vasto que el mar de la realidad”.

Habla del panteísmo, es decir, de la “idea de que sólo existe un ser real en el Universo, y ese ser es Dios. Nosotros somos atributos de Dios, adjetivos de Dios, momentos de Dios, pero no existimos realmente. Sólo existe Dios. Hay un verso de Amado Nervo. En este verso está expresada esta idea: ‘Dios sí existe. Nosotros somos los que no existimos’ ”.

Clase número quince: Vuelve a hablar de Dios. Dice que los primeros pensadores cristianos imaginaron un primer Dios: “Ese Dios es perfecto, inmutable, y ese Dios emana siete dioses, y esos siete dioses, que corresponden a los siete planetas –el sol y la luna se consideraban planetas en aquella época–, dejan emanar de sí otros siete dioses. Y así se forma una especie de alta torre de 365 pisos. Esto corresponde a un concepto cronológico, a los días del año, pero cada vez, cada uno de esos cónclaves de dioses es menos divino que el anterior, y ya en el último la fracción de divinidad tiende a cero. Y es el Dios del piso inferior al piso 365 el que crea la Tierra. Y por eso hay tanta imperfección en la Tierra…”

Clase número veinte: El tiempo circular, que es propio de muchos de sus cuentos y poemas, y la transmigración de las almas (el hecho que un hombre repita su propia historia, o la historia de otro conocido o desconocido) la cuenta Borges como una idea de David Hume, filósofo escocés del siglo XVIII, que dice que “si el mundo, todo el Universo, está hecho de un número limitado de elementos –ahora diríamos de átomos–, ese número, aunque incalculable, no es infinito. Y entonces, cada momento depende del momento anterior. Basta que un momento se repita para que se repitan los siguientes. […] En el Universo podemos encontrar o suponer cuarenta billones de billones de elementos elevados al cuadrado o al cubo o a lo que nosotros queramos. Pero siempre es un número finito. Es decir, llegará el momento en que las combinaciones se repetirán, y entonces cada uno de nosotros volverá a nacer y repetirá cada una de las circunstancias de su vida”.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

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