La verdad jurídica no existe

No he tenido especial predilección por la literatura de Jorge Volpi, pero conservo en mi biblioteca personal algunos de sus títulos. Mientras puedo, me apresto a leer algunas de sus reflexiones que a menudo entrega para el periódico Reforma. Como vulgarmente se dice, me amachiné leyendo El fin de la locura, pero más que gozarla, sufrí con el abultado número de páginas que nunca me provocaron la pasión salvaje de perderme entre sus letras. Esa novela es una suerte de ajuste de cuentas con la devociónrevolucionaria de mediados del siglo XX, sobre todo de la generación previa a la suya y mía. El desgaste de los relatos que nos auguran libertad y justicia, colocaban en el centro de la discusión la falta de consistencia entre las utopías revolucionarias y las realidades de los regímenes totalitarios por ellas inspiradas.

Pese a mis resistencias, mi compadre Luis tuvo el tino y la osadía de regalarnos la última novela de Volpi: Una novela criminal. Si El fin de la Locura fue un auténtico martirio, ésta me atrapó desde sus primeras embestidas. De principio a fin fui presa de la ansiedad por conocer toda la trama que sus páginas encarnan. Como se sabe, la novela aborda uno de los temas más sensibles en la opinión pública nacional: el secuestro. En este caso, se trata de la detención y el proceso judicial de Israel Vallarta y Florance Cassez, a la sazón supuestos líderes de una presunta banda criminal de secuestradores llamada Los Zodiaco.

Fue un caso muy sonado en la prensa nacional no sólo por lo que lastima a la sociedad un delito de tal naturaleza sino porque, además, se habían incrementado los índices de secuestros entre los gobiernos de Fox y Calderón; al tiempo en que se conocían casos que daban muestra de la gravedad del fenómeno. De hecho, varias zonas del país resultan todavía rehenes de las redes delictivas que tienen en el secuestro el principal eje de sus actividades criminales.

Ilustración de Manuel Velázquez

En su momento, fue tan intenso el debate y me resultaba igualmente desconcertante el asunto, que me compré el libro de don Luis de la Barreda, fundador de la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal, quien escribió sobre el caso sumándose a la tesis de que se violentó a tal grado el “debido proceso”, que resultaba prácticamente imposible conocer la verdad y, por lo tanto, debe prevalecer el principio de la presunción de inocencia antes que proceder a una condena sin pruebas indubitables. Con otras palabras y por escandaloso que parezca, es preferible un culpable en libertad que un inocente en la cárcel.

Me concedo cierta licencia para platear ahora que, después de leer Una novela criminal, me temo que la verdad jurídica no existe como prueba irrefutable que discrimine consistentemente lo que podría ser calificada como una conducta criminal. No existe al menos tal y cual se nos plantean los increíbles vericuetos, verdades parciales, brutales mentiras por las que transita la justicia en nuestro país.

Descrita como una novela sin ficción, la narrativade Volpi va tejiendo las múltiples historias que el caso Cassez/Vallarta estimula desde el momento de la detención, hasta los aciagos días que consumen a Israel Vallarta en la cárcel de máxima seguridad del Altiplano.

El presidente Calderón y su secretario de seguridad pública tomaron el caso como una suerte de estandarte y cruzada por la justicia y la vindicación de los agraviados por la ola de secuestros en el país. Cabe recordar que el tema ya formaba parte de la agenda de grupos de la sociedad civil, pero el incremento en la ola de secuestros hizo crisis hacia finales del gobierno de Fox y el de Calderón, sometido a la presión política tanto por el tema de la inseguridad, como por el apretado triunfo en las urnas que alimentó las sospechas de un fraude e impactó la escasa legitimidad con que contaba, se vio obligado a encarar el problema frente al riesgo de un colapso de las instituciones estatales en el país. Como se sabe, la premura con que debía atacarse el asunto, tanto como la estrategia adoptada, convirtieron amplias regiones del país en un cementerio.

Se dice que el secretario de seguridad pública con Calderón tiene una especial predilección por los videos, de modo que llegó a considerar que el método más adecuado para disminuir los índices delictivos consistía en filtraciones a la prensa y, con frecuencia, a través de disparos mediáticos acompañados de videos incriminatorios, con evidentes propósitos propagandísticos para hacer creer a la opinión pública que el combate a la delincuencia estaba dando los resultados esperados, aunque para ello las instituciones de seguridad del Estado violaran sistemáticamente los más elementales derechos humanos de los presuntos criminales.

Y esto es precisamente algo que se recrea en la novela de Volpi. Si ya sabíamos que nuestro sistema de justicia opera como una máquina para fabricar culpables, la narrativa de Volpi nos muestra crudamente cómo es que esto ocurre. Por la novela desfilan no sólo personajes de la vida real, sino que también se hacen evidentes las maneras de proceder de algunas de las instituciones más importantes del país. Las principales televisoras contribuyendo al montaje de un supuesto despliegue policiaco para capturar a una banda de delincuentes y liberar a las víctimas de sus fechorías. Los gobiernos mexicano y francés jugando a las vencidas mientras las causas de sus diferencias alimenten sus insaciables apetitos de poder. El barroquismo que a menudo expresan los procedimientos de la Suprema Corte y la vanidad y afán de notoriedad de sus ministros. Todo esto configura una trama donde nos queda la sensación de que la verdad sólo aparece fragmentariamente y sujeta a los intereses del momento de cada uno de sus actores. En este sentido, la novela traza episodios memorables y terroríficos de lo que constituye la forma ordinaria de actuación del sistema de justicia en nuestro país y la búsqueda insaciable de algunos segundos de gloria en sus protagonistas.

Si bien esta es una historia aún abierta, una parte de ella se cierra con la liberación de Florance Cassez bajo el argumento de que el montaje en la detención de los presuntos delincuentes provocó un efecto corruptor en todo el proceso, violando los más elementales derechos humanos. Sin olvidar que la detención y las primeras declaraciones de los inculpados fueron ejecutadas mediante el consabido y criminal método de la tortura empleado por los agentes de seguridad del Estado.

Así, la ciudadana francesa, Florance Cassez, es liberada siete años después de su detención en un ambiente de crispación social, donde los medios y la sociedad misma ya habían emitido su veredicto sobre el caso.

Al final de toda esta historia, me queda la duda por qué si hubo violaciones al debido proceso en los casos de Florance Cassez e Israel Vallarta, solamente ella ha sido liberada.

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