El baterista

Hace algún tiempo toqué en distintas bandas de rock, algunas veces el bajo y otras la batería, siempre la base rítmica. Algunas bandas fueron efímeras apelando a la inmediatez del siempre recurrente “palomazo” o a la coyuntura del evento político o académico en turno; otras veces más seria, con la permanencia de los camaradas que estaban dispuestos a contribuir en un objetivo a mediano plazo. Pero fue con Los Lagartijos, en la ciudad de Xalapa, donde pudimos concretar un proyecto musical más o menos en forma (de esto he dado cuenta en el libro El rock de fin de siglo: 22 años de análisis de las identidades y el cambio en la música del rock (2011).

Menciono todo esto porque en el lenguaje de los bateristas se sabe quién era el canadiense Neil Peart, fallecido recientemente, el 7 de enero para ser exactos. Cualquier bataquero de rock tiene la certeza de poner al maestro Peart entre sus mejores y más destacadas influencias. Los míos fueron siempre (no necesariamente en ese orden) Stewart Copeland, de The Police; Ian Paice de Deep Purple y Neil Peart de la poderosa banda Rush. Nadie dejaría de ponerlo en su lista. Y no es que yo hubiese tocado como ellos o como el maestro Peart, pero con sólo colocarlos como proyección, indica una apuesta, un camino, a lo excelso del rock, en todas sus variantes y formas.

Hasta ahí vamos bien. Lo que llama la atención es la conmoción mundial que ocasionó el fallecimiento del que se considera uno de los mejores bateristas de todos los tiempos. Y no era un rock star en su más distintiva faceta, tal y como nos lo han hecho ver los estereotipos mediáticos que no tienen mucho que ver con la realidad. Y llama la atención, repito, porque ningún batería tiene el carisma que esos furtivos imaginarios dicen que tienen los roqueros. ¿Qué hizo que el Primer Ministro de Canadá, Justin Trudeau, se lamentara profundamente de su paisano y lo llamara “una leyenda”? Y no solo eso: en prácticamente todos los campos de la cultura, en las redes sociales, en la televisión, el Internet, los mensajes fueron de dolor al reflejar una incalculable pérdida.

En una transmisión de un partido de la NFL de ESPN, en los intervalos de la programación, ponían algunas partes de canciones de Rush. Hace poco también había fallecido otro monstruo de la percusión, Ginger Baker, de The Cream. Por supuesto más conocido que Neil Peart, por la banda y con quién tocó (Eric Clapton y Jack Bruce), pero salvo el mundo de los media especializado, nadie dio cuenta de ello.

Recordemos que los bateristas están atrás de todo. Tienen la carga de llevar la base rítmica de la banda. No puede fallar, si lo hace se desmorona el cimiento con que dicha base está sujeta; por tanto, suele ser concentrado, por no decir extremadamente callado, por tener el pendiente de que todo salga bien; a veces es obsesivo y taciturno y, sobre todas cosas, quisquilloso a más no poder. Pedante del escrutinio rítmico, suele caer mal, pero también es agradecido y bondadoso porque deja crecer y explayarse a los demás integrantes de la banda.

Está atrás, en la retaguardia. No es el de enfrente lidiando con las emociones del público y con el mensaje musical que debe ser transmitido. No es el rock star que todos prefieren, el seductor cantante que la rifa ante los fans.

Incluso la banda Rush no es accesible. Considerada de culto por el mundo del rock, no es para nada un tipo de rock masivo. Muy raro entonces que Neil Peart haya ocasionado todo esto. Lo que si queda claro es que las genialidades no tienen presencia, ni rol, ni rostro, ni instrumento. Son lo que son y ya. Por tanto, se agradece que la desaparición física de un baterista de la talla de Peart nos haya cimbrado en los más hondo, y ojalá, por el bien del rock y de la buena música, nunca descanse en paz.

Un comentario en “El baterista”

  1. Antonio Cruz Coutiño.
    26 enero, 2020 at 16:10 #

    Bien, Juan Pablo. Acabo de leerlo y… no tiene sobra. Justo. Felicidades, hermanito!

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