Las cuentas pendientes del rock (segunda respuesta a mi amigo Raúl Trejo Villalobos)

Estimado Raúl:

Te escribo contento porque te leo contento. Digo, en lo que cabe en este caos social debido a cuestiones sanitarias, pero que ha servido para hablar del rock, como esa misteriosa forma de extrapolar una parte de nuestras sensibilidades en un tipo de música tan diversa, como psicótica. Ya sé, dirán que el rock está ya en los consumos de todo el mundo, y ha dejado de ser ese vínculo especial dentro de una forma de ser y de pensar, con el gusto por un arte no complaciente. Lo cuál es verdad, pero hay una tarea pendiente aún, y creo, mi buen Raúl, es lo que nos trae como orates melómanos escribiendo al respecto.

Creo que una clave, neta de netas, por decir lo menos, es lo que dijiste en tu última carta: “un sentimiento compartido en silencio, por saber que algo pasó en la segunda mitad de los ochenta y no acabamos de digerir. No creo que se trate de ver como algo negativo y criticar y rechazar todo lo que fue o implicó Rock en tu idioma; pero sí hay diferencias notables, con respecto a lo que nos tocó vivir y los referentes de los que nos hicimos previamente: elementos y contenidos  constitutivos de los ahora llamados clásicos”. Esa es la onda, mi Rulo ¿Por qué en esta época nos fijamos en los clásicos y en lo clásico del rock?

También mi broder Efraín Ascencio acusa recibo. De hecho, en su anterior comentario propone consumir el rock también desde las tecnologías usadas para poder hacerlo. Hemos sido testigos de tales transformaciones, del disco vinilo, los casettes, los Cds, ahora el streaming, todo lo que conellva eso: desde el radio al tocadiscos, de la grabadora a la computadora, y en medio de eso, el rock y su discurso. Su forma de aprehender el mundo mediante su contracultura.

No es para menos que nos preguntemos cosas. ¿Se ha transformado? ¿Sigue siendo el mismo? Y desde luego sabemos que no, también esta música debió tener modificaciones y han aparecido innovaciones estilísticas acordes a los nuevos tiempos. Pero el rollo radica en el significado que le damos, porque el soundtrack de nuestra generación pasa por ahí, de una manera significativa, tan provocadora y existencial, al mismo tiempo. Intuyo que para algunas personas, exagero. Pero sé que me entiendes, mi buen. El rock atravesó nuestras corazas más rudas y sensibles a lo largo de nuestros años por este tiempo. Y es obvio que nos cuestionemos cosas referente a una parte (¿perdida ya?) de una epoca en la cual nos formó el carácter de una manera artística. Un modo de vida, insisto. Una representación de la utopía permanente.

Hace poco, otro carnalísimo, Jorge Luna Ochoa, comentaba a propósito de un video ochentero que subió por ahí, el cual un amigo defeño dijo algo con respecto a que ese era el tipo de música roquera, para él quizá fresona, que escuchaba en las fiestas y en las discos. Válgame la Virgen. Estábamos hablando de Durán Durán, New Order, Spandau Ballet, Orchestral Manoeuvres in the Dark, grandes y relevantes bandas con estilos tecno, new romantics, electrónica que hicieron marca a principios de esa década. Pero en Chiapas nunca llegó nada de eso. Jamás tuvimos oportunidad de escuchar tales bandas a todo volumen en un bar o sitio exclusivo para ello. En ese sentido, les tengo envidia de la buena a ustedes, y a Efraín por supuesto. Porque en la capital por supuesto que llegaba de todo, en Guadalajara igual, dos ciudades grandes, con gran oferta roquera. Ustedes, de alguna manera, tuvieron la oportunidad de ver todo el zarandeo del rock mexicano, por ejemplo. Pero en Chiapas todo ha llegado tarde. Nosotros, lo digo casi literalmente, éramos héroes errantes de aquí y allá tratando de pillar algún disco extraviado de alguna persona, igualmente extraviada, afín al rock. Formábamos parte de una tribu, una secta especial, un grupo “incomprendido” en una parte del país de lo mas lejano de las provincias.

En Tuxtla, en la quinta poniente y segunda norte, estaba la Discoteca Americana (que despues se pasó a la avenidad central). Prácticamente, la única tienda donde vendían rock, casi en su mayoría discos importados, por tanto imposible (otra alegoría literal), repito, imposible de comprar lo que se ofrecía. Sin mentirte, mi Raúl, estábamos casi todos los días, deambulando, observando y oliendo (ese olor tan particular que tenían los vinilos importados) las portadas. Casi nunca compramos nada, solo veíamos y nos sentíamos parte de un grupo especial, transgresor y bastante disonante. Una vez escribí que en la contraportada del disco de kiss Alive II, se veían chicos gringos de nuestra edad, güeros gabachos en un concierto de la banda. Y puse: “No eran yo ni mis cuates. Pero sí había un sentido de pertenencia a un lazo común, en algún lugar de esa chingonería llamada rock, aunque mi barrio fuera de tez morena y lleno de lodo en sus calles sin pavimentar.” Ese disco, dicho sea de paso, lo compré ahí.

En ese sitio todos nos conocíamos, aunque sea de vista y de oídas. Ahí distinguía al máster Dani Trejo, a los hermanos Luis y Jorge Luna, al gran Virgilio, compañero mío de la López Mateos, Bernardo, un chaparrito heavymetalero a más no poder, que igualmente oía a Picture que encestaba un baón de basquet (porque era bueno para ese deporte, el vato), y otros que sabía que eran cómplices de algo, ese misterio que da el pelo largo y ser un “rebelde” con toda la causa del mundo.

Chiapas estaba bien lejos. No fuimos a ver a Queen a Puebla porque, a esa edad, no teníamos un solo peso para gastarlo en nada que no fuera de sustento culinario diario. Y Puebla y DF, creéme carnal, eran ciudades tan distantes como de aquí a Finlandia, hoy día. Nada que ver con ir a un lugar donde era más México y menos Centroamérica, como ha pertenecido históricamente Chiapas.

¿Cómo no preguntarnos cosas, Raúl Trejo? Por eso mismo, cuando te leo me emociono como cuando vi por primera vez la portada de AC/D, el albúm en vivo (If you want blood you got it). Impresionado de igual forma, ahora por las similitudes e interrogantes pendientes. Fíjate que a lo mejor unas de las características del rock  es cuestionarlo todo. Pero todo. Por eso somos parias y nómadas emocionales. Y siempre es bueno refrescar ese ímpetu –desbordado, icónico, nostálgico e irreverente- de nuestras pasiones. ¿Te acuerdas cuando nos preguntaba el Dr. Madrigal sobre porqué el rock deberia ser especial para hablarlo? No tengo la respuesta única y correcta, pero por eso estamos como desquiciados ahora, tratando de discernir lo que nos tiene atorados generacionalmente.

Una vez, en San Cristobal, con mis broders de allá y, por supuesto, Efra, mega roquero hasta la ignominia, nos pusimos a escribir nuestras bandas más influyentes, no necesariamente las mejores ni las de mejor calidad. Simplemente las que nos tocaron la tripa y el corazón de forma definitiva. Te irías de boca al conocer los resultados porque, como ahora, significó hacer rastreo en lo profundo de uno mismo. Es el rock, máster. No creo que ninguna otra música convoque a tanta visceralidad. Cuanto te invite un par de rones nicaragüenses (Flor de caña, off course), hagamos eso. Verás que, aparte del gusto musical, podemos hacer nuestra propia arqueología vivencial y así nos hermanamos más de lo que ya somos.

 

Te abrazo y te estimo un chingo, carnal.

 

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