Cómo la antropología me salvó la vida

Pintura de David Davidovich

Como se sabe, el 2 de noviembre se celebra el Día del Antropólogo. Mucho se ha dicho sobre eso, si en realidad esa fecha es la correcta o no, o hay otras más. En varios países lo conmemoran en otros meses y/o en otros días. El caso es que, como dice mi colega, amigo y carnal, Hernán Brizuela Casimir, antropólogo lingüista, no importa si fue arbitrario o no colocar en el calendario la celebración para quiénes somos antropólogos, exactamente cuando se lleva a cabo una de las más importantes  ceremonias tradicionales del país –si no es que la más-, el Día de Muertos (o Todo Santos, o Xantolo, o Ninin, etc.). Dice Hernán que puede ser no casual. Lo suscribo, y entro en el consenso que nuestro “cumpleaños” luce radiante al estar emparentados en la trascendente festividad ancestral que sigue estando viva.

La antropología es un campo de conocimiento riguroso en su método pero, al mismo tiempo, flexible cuando se desarrolla en sus casi ilimitadas connotaciones. Para unos, es la puta de las ciencias sociales porque, de acuerdo a los intereses, puede irse con cualquier tema; para otros, es literatura pura y dura, sin “cientificidad” de por medio. Hay quienes la adoptan como suya como emblema de identidad académica sin tener esa formación primaria, lo cual se intuye genera cierto prestigio, ahora sí, “científico”.

Por ser tan dúctil y compleja, comprometida y sensible, pero acaso la más humana de las ciencias sociales, por su tarea de refrendar el cara-a-cara con las personas a la hora de generar su producción y discurso, a veces nos pasan cosas raras. Creo que todos los que profesamos esta profesión nos ha tocado vivir algunos eventos ciertamente anómalos.

Una vez, la antropología prácticamente me salvó la vida. Estaba de viaje en Centroamérica, el primero al extranjero. Se me ocurrió irme de aventón, por autobús o lo que fuera en vía terrestre, de Chiapas a Panamá. Allá me esperaría mi amigo Andrés Brizuela (hoy arqueólogo de profesión), y para semejante prueba, me corté a rape el cabello y me puse ad hoc para la travesía. Entre otras cosas, llevé una gorra negra militar que una vez mirándome al espejo, parecía mercenario de quinta. Creo llevaba unas gafas de sol y me sentía en algún lugar de la jungla de Vietnam.

En casi tres días de trayecto, embarcado en un autobús de la empresa TicaBus, me vi en la frontera Honduras-Nicaragua. Acababa de celebrarse la firma de la paz en El Salvador y, por supuesto, las guerras de liberación en Centroamérica aún estaban frescas. Recordemos que Honduras fue el “portaviones” terrestre de los Estados Unidos en la agresión a Nicaragua, con el fin de sabotear los procesos sociales al triunfo de la revolución sandinista. Honduras proveyó de territorio y logística para que de ahí se entrenara y se introdujera “La Contra”, las fuerzas mercenarias contrarrevolucionarias entrenadas y financiadas por los Estados Unidos. Honduras, en ese tiempo, fue la retaguardia estratégica en la guerra contra Nicaragua.

En ese contexto, las cosas no estaban nada bien en ambos países.

Al parar el autobús en la frontera y ver las inmensas filas de nicaragüenses tratando de volver a su país y a los choferes del TicaBus sacar las maletas, fumarse un cigarro y aposentarse con toda la calma del mundo en un restaurante a tomar café, intuí que la cosa estaba ruda. Me imaginé ahí, horas y horas, y capaz días y días. Entonces, dispuse tomar una decisión.

Resolví tomar un atajo, rodeando la garita de la frontera. Total, yo no soy centroamericano, pensé, a mi me dejarían pasar de volada por ser mexicano, si tan solo supieran eso los guardias fronterizos. El caso era pasar rápidamente y no hacer las colas infinitas. Pero no había forma: tenía que hacer la interminable y desesperante fila que no se movía un centímetro mientras pensaba en este plan.

Caminando con mi gorra militar, en short de mezclilla y mochila bagpack color verde también militar, en una zona rocosa y con mucho calor, esperaba llegar al otro lado de la frontera, mostrar mi pasaporte rápidamente ante cualquier autoridad, y tal vez, con una simpática sonrisa hasta podían disculparse por no informarme que yo no debía hacer cola.

Muy campante caminaba cabizbajo y de vez en cuando divisaba a lo lejos la serpiente de gente con maletas. De repente, me detuve en seco cuando escuché: “párese ahí, jodido”. Voltee y alcé vista, y vi a dos militares hondureños apuntándome, con inconfundibles uniformes verde olivo, miradas ríspidas y una protección en sus cuellos adornada con camuflaje muy acorde a los estereotipos de cualquier soldado bien armado en un territorio bélico y violento desde hacía algunas décadas. Esa imagen, captada en un instante, les daba un hálito de poder y terrífico respeto.

Ahí estaba yo, en medio de la nada, en territorio perdido de Centroamérica con dos M-16 reglamentarias del ejército estadounidense, apuntándome. Los ojos chispeantes de los militares podían taladrar cualquier duda de sus intenciones, además de que sus armas de alto poder podían acabar conmigo, en una ráfaga letal, en menos de dos segundos. Nadie se hubiese percatado de nada y, una vez enterrado ahí, podía ser una baja colateral de la guerra en esa región del continente.

Me interrogaron y abrieron mi mochila; sacaron ropa, enseres de limpieza personal. Enseguida me cuestionaron mucho sobre qué hacía ahí y quién era yo. Sacaron unos libros que llevaba y, por fin, me preguntaron: “a qué se dedica?”. Dije lo que pude. Mexicano de vacaciones…”no pareces”…De nuevo: “en qué trabaja”. Me miraban de pies a cabeza sin que uno de ellos dejara de apuntarme, mientras el otro revisaba todo de nuevo. Soy alguien que estudia las tradiciones…silencio…alguien quien observa las costumbres de los pueblos…silencio…también estudio pirámides y “ruinas”…silencio. El sudor de los uniformados empezaba ser visible y una vena comenzaba a hacerse más grande en uno de ellos. Sentí temor. Mucho. Alucinado, me volví a calzar por tercera vez la gorra, me quité las gafas de sol, pensando en salir corriendo directo al cruce de frontera. Medio temblaba, y con una sed indescriptible, no sabía qué hacer.

Volví a decir que era un profesional que iba a las comunidades rurales e indígenas, hacía preguntas a la gente y después las apuntaba, las guardaba en un cuaderno y hacía un informe posterior.

De pronto, el del M-16 sobre mi cabeza bajó su arma y después de terminar de husmear entre mi ropa y en mis, hasta ese momento, inservibles libros, me vio nuevamente el rostro tocado con gorra militar, cara rojiza y quemada por el sol. Se rascó la frente y hasta resopló casi con alivio porque había encontrado una posible respuesta a esa bizarra situación, encontrarse con un turista mexicano, con pinta de militar, caminando en una frontera conflictiva como si nada.

Declaró, entonces, casi aliviado al no tener que hacer lo que un militar en estado de alerta hace con un intruso, a todas luces sospechoso de cualquier tipo de delito limítrofe, en medio de dos países con relaciones diplomáticas delicadas. “Ah bueno, debiste haberlo dicho antes, eso aquí le llamamos Inteligencia Militar. Sigue tu camino, camarada”.

Con mi pasaporte en la mano, literalmente corrí hasta la garita para ponerme en lo más último de la fila.

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