Reconocerse

Humedal de Montaña María Eugenia. – Foto: Guardianes del Agua

La tarde otoñal tenía más tintes de primavera, el sol cobijaba a quien se diera la oportunidad de tomarse un baño de luz y calor. Eloisa no se había percatado del paisaje, ni esa tarde ni las anteriores. Su día a día tenía una agenda apretada en la que, a veces, se le olvidaba si había desayunado, comido o cenado. Benito y Raquel, sus mejores amistades le recordaban con frecuencia que no se olvidara de vivir y dejarse un espacio para respirar. Eloisa les escuchaba y agradecía, sin embargo, le costaba ponerlo en práctica.

Ese miércoles, estaba ensimismada en sus actividades frente a la computadora, un bullicio de carcajadas  y aplausos la hizo desviar su mirada y buscar de dónde venía el sonido. Se asomó a la ventana, observó a un grupo de adolescentes que iban caminando y se divertían bailando. Permaneció ahí unos instantes, el tiempo justo para que sintiera cómo su rostro dibujaba una sonrisa, atrapada por la escena. Aprovechó para estirarse y sentir cómo su espalda se erguía mientras acomodaba su postura. Tuvo sed y fue por agua.

En su paso hacia la cocina se percató de su figura frente a un espejo en su recámara. Había perdido la noción del tiempo de la última vez que se detuvo para observarse, su dinámica diaria era como en automático. Se quitó las gafas y halló sus ojos cansados, las ojeras se pronunciaban y su rostro tenía un tono pálido. Por un momento se asustó, no se reconocía, qué le había sucedido. ¿Era ella o el cansancio le provocó esa visión?

Se dirigió a la cocina, tomó agua. Luego fue al baño, nuevamente se miró frente al espejo, ahí estaba la misma imagen. Le vinieron a la mente los mensajes de Raquel y Benito, empezaba a percatarse que tenían razón. Se lavó el rostro lentamente y disfrutó el contacto con el agua. Acomodó su cabello en una coleta y por tercera ocasión vio el reflejo de su cara en el espejo.

Regresó a su cuarto. Ahí estaba la computadora encendida, como llamándola a continuar sus pendientes. Eloisa observó el reloj, las 5,30 de la tarde. Aún tenía trabajo por hacer. Se acercó a la máquina, guardó su información y la apagó. Siguiendo su voz interior decidió darse la tarde libre y tener un encuentro con ella misma. Tenía meses de no ir a su cafetería preferida y degustar un capuchino acompañado de una rebanada de pastel de queso.

Prefirió no ponerse los lentes para el sol, quiso sentir sus reflejos sobre el rostro, lo sentía necesario. Mientras caminaba hacia el café iba asimilando la importancia de reconocerse en el ajetreo, donde muchas veces, uno se olvida de sí mismo en el mar de tareas que hay en la vida.

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