La certeza de saberse inmortales

Casa de citas/ 567

La certeza de saberse inmortales

Héctor Cortés Mandujano

 

Conocí a Andrés Felipe Escovar, escritor colombiano, al final de una función de mi obra La divinidad del monstruo; conversamos y muy gentilmente me regaló su libro Aniquila las estrellas por mí (Uniediciones, 2018).

Dividido en tres partes (“Pedraza”, “Maestro” y “Tripas”) puede leerse como un volumen de relatos que no necesitan a los otros para entenderse, o como novela, porque hay conectivos, elementos bisagra que dan continuidad a las historias: las remolachas unen al Payaso, de “Pedraza”, con “Maestro” y la pelea de box enlaza a “Pedraza” con “Tripas”. Pero el género no importa, lo importante es que Andrés Felipe ha construido un libro de libérrima escritura, divertido y profundo, de alusiones sexuales y sexo explícito, con una imaginación desbordada, que hace que cada página sea una sorpresa.

“Pedraza” cuenta, haciendo una elemental síntesis, la conformación de un grupo de  variopintos personajes que, elegidos por un científico raro (Raoul Mbundengue, en compañía de la doctora Marlén, su esposa), harán un viaje a Plutón. También cuenta cómo van llegando y pasando por los distintos planetas, antes de llegar a su destino final (p. 57): “El Tripulante Espacial Especial está obligado a llegar hasta Plutón, Yuggoth o la mierda, que es lo mismo”.

Pedraza es un pintor aficionado que, no importe lo que pinte, titula a cada una de sus obras como Vida Hijueputa. La frase la decía su padre, cuando veía que su campo de lechugas moría con el frío, con la escarcha (p. 16): “La vida era muy hijueputa, como le enseñó a decir a su sobrino, que repetía esa frase mientras jugaba a dispararle a las estrellas con un palo; cuando crezca voy a matar a todas las estrellas para que las lechugas no se quemen nunca más”.

Me gusta lo que dice Raoul, cuando en la nave que va a trasportarlos J. Pedraza le hace un comentario sobre un arbusto (p. 20): “Ese árbol fue un hombre como usted o como yo”. Mireya, una enana escritora, platica con J. Pedraza durante el viaje y le cuenta cómo ayudó a un payaso diabético a morirse comiendo remolachas. Escribió su historia (p. 28): “Es mi segunda obra, La muerte del payaso polar, ¿la leyó?

“—No, yo nunca he leído un libro completo. Siempre me quedo dormido.

“—Yo me dormía al principio.

“—Ah, igual que yo, siempre me duermo al principio.”

Raoul es africano y se hace novio de la doctora Marlén (p. 51): “Desde esa noche ella no tuvo un orgasmo durante más de un año ni él una erección. La salida es contratar hombres que te lo puedan hacer, te aseguro que yo me pongo duro con verlos, con verte gozar. La doctora Marlén lo necesitaba. Todos necesitamos que nos metan algo de vez en cuando”.

“La melodía de los anillos de Saturno –dice el narrador, p. 64– (son) parecidas al rebuzno de un burro que agoniza amarrado a un árbol marchito”.

Este primer capítulo, “Pedraza”, tiene un apéndice que es un cuaderno de poemas del Payaso titulado “Carpa estrellada o cuando los cometas pasan”; en el poema final, escribe (p. 87): “Que el circo se incendie con tu nombre emitido por una pólvora celeste. […] Que desaparezcamos como pólvora iluminada. Que el Oso aúlle hasta ser coyote. Que el aullido sea viento. Que el viento sea cielo. Que el cielo borre nuestros nombres”.

Ilustración: Alejandro Nudding

 

“Maestro”, el segundo capítulo o segundo relato, da igual, es una reformulación de los evangelios, aunque tomados con mucho sentido del humor y sin ningún respeto reverencial. La escritura, incluso, incluye los números con los que textos agrados suelen publicarse. El Maestro besa, para sanarlo, un grano en la nalga de Tulio y con él se va a recorrer el mundo (p. 92): “y benditas sean tus manos tan heladas como las de los pordioseros muertos”.

El Maestro responde dudas de Tulio, quien le pregunta porque irán al norte (p. 93): “Porque el norte y el sur existen sin razón alguna (8) y, como nosotros también carecemos de razones y causas, el sur es norte porque lo mismo da (9)”.

El Maestro habla de su origen (p. 95): “Alguna vez cerré los ojos y fui a un cinema y vi el momento en que el espermatozoide escupido por la verga de mi papi infestó el óvulo de mami (34); Gran vanidad hay en desear no haber nacido porque de allí surge la creencia de que nuestro nacimiento ha sido muy importante”.

Las enseñanza del Maestro no se atienen a la moralidad al uso (p. 99): “El hombre y sus diez acompañantes formaron un círculo en torno al Maestro: cada uno tomó el miembro del que estaba al lado (41) y se dispuso a batirlo con el encono de un adolescente virgen (42)”.

La vida y la muerte no son renunciables, dice el Maestro (p. 105): “Por más que se desparramen espermatozoides por el suelo, el condenado a nacer no podrá evitar su pena (19) porque el designio de vivir es tan seguro como el de morir (20)”.

Meten a la cárcel al Maestro y a Tulio; algunos reclusos lo interrogan en el patio de la prisión, a uno de ellos el Maestro dice (p. 112): “Hablas con la soltura de aquel que no sabe lo que dice; […] me has decepcionado como todos esos académicos calvos de apariencia humilde cuya figura se evapora apenas abren la boca para exponer su sapiencia en nimiedades (30). La sabiduría se sufre como una enfermedad de transmisión sexual (31), pero tú estás curado, eres impoluto como todo mediocre (32) y, en tu mediocridad, has de morir para ir al cielo de los tibios donde todo acaecerá con placidez”.

Un recién casado le dice (p. 129): “la verga jamás se me para”, y el Maestro le cuenta una historia: “Una vez un hombre, al que se le endureció su pene para siempre, acudió a mi casa (27). […] por favor quítame esta dureza que, de tanto desear a las hembras, quiero ser una de ellas para probarla (29). Sujeté su pene con mis dos manos y soplé la punta (30); la carnosidad se deshizo entre mis manos y, al alzar la vista, mi mirada halló el rostro de una mujer morena (31)”.

El Maestro es llevado con Abraham, Jesús y Mahoma (p. 139): “Son tan habladores como tú y, como tú, su vanidad se acrecienta con la certeza de saberse inmortales”.

 

En “Tripas” hay (p. 150) “inspectores de la memoria de los muertos” que se sujetan a una normatividad estrictica. Revisan la vida de Yojan Efgueni Triparevich, copropietario del asadero de pollo Mac Tripas.

Putisísima, un espectro, conversa con otro, Triponsísimo Kid. Ella le dice (p. 176):

“—Por cada cigarro que fumes, yo fumo una verga, Triponsísimo […].

“—¡Por qué crees que fumo! Me encanta que chupes vergas…”.

En Aniquila las estrellas por mí, de Andrés Felipe Escovar, hay muchas referencias literarias (en el caso del “Maestro”, muchas a libros religiosos). No las hace evidentes, generalmente, pero hay menciones a Withman, Foucault, Carlyle, y a Alfonso Reyes, Carlos Fuentes, Rulfo (p. 182): “Un sujeto con porte japonés, otrora actor de cine porno y ahora dedicado a la limpieza de los baños del terminal de Comala”.

Es toda una experiencia leer este libro omnívoro.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

 

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