Shakespeare, de nuevo, 2

Casa de citas/ 611

Shakespeare, de nuevo

(Segunda de dos partes)

Héctor Cortés Mandujano

 

El rey Lear (versión de Vicente Molina Foix)

 

Generalmente, en la literatura antigua (incluso en la actual), se buscaba entender, justificar, explicar la maldad de los personajes. Shakespeare es adelantado hasta en eso, porque sus villanos (Yago, Aarón, Edmond…) no buscan que se entienda o justifique el origen de su villanía.

Edmond, en un largo monólogo, dice en su parte final (p. 574): “¡Admirable escapatoria de ese gran putañero que es el hombre: endilgar a los astros su inclinación lasciva! Mi padre se acopló con mi madre bajo el rabo del Dragón, y mi natividad se produjo bajo la Osa Mayor, y de ello se sigue que yo soy malo y lujurioso. ¡Un carajo! Yo sería quien soy aunque la más virginal estrella del firmamento hubiera resplandecido sobre mi bastardía”.

Es una constante en las obras de Shakespeare la capacidad verbal de sus personajes para insultar. Kent arremete contra Oswald, dice que lo conoce como (p. 595): “Un truhán con hígado de azucena, litigante, bastardo, pendiente del espejo, rastrero y melindroso; […] mendigo, cobarde y alcahuete, hijo y heredero de una perra sin casta” Le dice más (p. 596): “La Naturaleza te niega; a ti te hizo un sastre. […] Hijo de puta, eres solo una zeta, la letra inútil”.

Edgar se insulta a sí mismo, a lo que era antes (p. 621): “De alma, falso; de oído, chismoso; de mano, sanguinario; en pereza, un puerco; en cautela, un zorro; en gula, un lobo; en rabia, un perro; en matanza, un león”.

 

Macbeth (versión de Agustín García Calvo

 

Un sargento cuenta de la batalla contra Macdónwald, un traidor al rey Duncan (p. 682): “Todas las vilezas pululantes de natura hacen enjambre en él […] y Fortuna, sonriendo a su maldito intento, se mostró puta de traidores”.

El portero de Macbeth explica a Macduff las tres cosas que provoca la bebida (p. 706): “Rojez de nariz, sueño y meada. […] provoca el deseo, pero quita la función; […] es perjuro para con la lujuria: la crea y la estropea; la levanta y la derriba; la incita y la desanima; la hace enderezarse y la hace desenderezarse”.

Macbeth ya ha matado, ya está en el trono. Dice a su mujer (p. 727): “Estoy metido en sangre/ hasta tan hondo que, si no entro más al vado,/ volver tan duro fuera como atravesar”.

Ilustración: Héctor Ventura

 

Antonio y Cleopatra (versión de María Enriqueta González Padilla)

 

Filón nota que el gran guerrero Antonio ha doblado las manos ante los hechizos eróticos de Cleopatra. Le dice a Demetrio al verlos venir (p. 771): “¡Mira donde vienen! Fíjate bien/ y verás en él a uno de los tres pilares/ del mundo transformado/ en el bufón de una prostituta”.

Antonio ha partido y Cleopatra lo extraña (p. 789): “ ‘¿Dónde está mi serpiente del viejo Nilo?’/ porque así me llama. Ahora me alimento/ con el más delicioso veneno”.

Agripa cuenta como Antonio aceptó una invitación de Cleopatra y ella (p. 803): “¡Oh, regia cortesana!/ Hizo que el gran César pusiera a dormir su espada./ Él sembró en ella, y ella le dio fruto”.

Cleopatra habla de lo extraordinario que le ha parecido tener como suyo a Antonio; sin embargo, reconoce (p. 893): “A la Naturaleza le faltan materiales/ para competir con las extrañas/ formas de la imaginación”.

 

Timón de Atenas (versión de Nicolás Suescún)

 

Timón de Atenas guarda muchos paralelismos con El rey Lear: dos viejos buenos que, enfrentados al desagradecimiento y la maldad, pierden la razón y se van al campo, donde mueren.

Cuando descubre que ha quedado en la ruina y que nadie de los que consideraba sus amigos quiere ayudarlo, explota Timón (p. 960): “¡Matronas, volveos lascivas!/ ¡Abandonad a los hijos, obediencia!/ […] ¡Oh, verde virginidad,/ convertíos en este instante en la peor inmundicia! […] ¡Robad, siervos! […] ¡Criada, a la cama de vuestro amo,/ que vuestra ama está en el burdel!”.

 

Coriolano (versión de María Enriqueta González Padilla)

 

Volumnia es la madre de Coriolano y lo ha hecho orgulloso, valiente, fraguado para la guerra y también ha sembrado la jactancia sobre sus logros; dice ella sobre su hijo que ha ido a pelear a Corioles, de donde volverá con la gloria que también será su descenso (p. 1011): “¡Mejor le queda/ la sangre a un hombre que el oro a su trofeo!/ Los pechos de Hécuba/ cuando amamantaba a Héctor no parecían/ tan hermosos como la frente de Héctor/ cuando escupía sangre sobre la sangre griega”.

A Coriolano lo quieren volver tribuno por sus méritos de guerra, pero él tiene desdén por los senadores y por el pueblo. Acepta hablar con ellos, aunque se harta de las palabras (es un hombre de acción) con facilidad (p. 1044): “Con el perdón de vuestras señorías,/ antes querría curarme de nuevo/ las heridas/ que oíros relatar cómo las he recibido”. No quiere oír, dice, en falsa modestia “cómo mis naderías se convierten/ en monstruos”.

El pueblo da su voto para que sea senador y luego se arrepiente y lo quita. Dice Coriolano (p. 1067): “Arrancadle la lengua/ a la multitud; no la dejéis lamer el dulce/ que es su veneno”.

Menenio trata de calmar las aguas y explica a los demás (p. 1074): “Tened en cuenta esto: ha sido educado/ en la guerra desde que pudo sacar espada,/ y está mal habituado al lenguaje pulido./ La harina y el salvado arroja juntos/ sin hacer distinción”.

Volumnia, su madre, dice a Coriolano (p. 1080): “Tu valor es mío;/ de mí lo mamaste, pero a ti mismo/ debes el orgullo” (ella ha dicho que si hubiera sido esposa de Hércules. habría realizado “seis de sus trabajos”).

Entrar a la selva de las obras de Shakespeare depara, no importa las veces que se haga, nuevas sensaciones, otras líneas para subrayar, repetidas maravillas.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

 

 

 

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