El pijiji

Ernestina solía tener un gusto especial por observar las aves, de vez en vez se imaginaba que era una garza blanca que atravesaba un largo río, o que volaba por la noche sobre la ciudad que dormía. Aunque apenas tenía once años una de las profesiones que más le gustaba y anhelaba era poder ser bióloga. Recordó la ocasión que conoció un quetzal en un zoológico, quedó maravillada por los colores de su plumaje y a la vez tuvo una sensación de tristeza porque el ave no estaba en libertad.

—¿Por qué les gusta poner a los pájaros en prisión? —era la pregunta que Ernestina solía hacer desde pequeña cuando veía a las aves en jaulas y la ocasión que vio al quetzal no fue la excepción.

La familia de Ernestina había comprado más de una vez canarios o gorriones, sin embargo, no tardaban encerrados en la jaula, la niña se las ingeniaba para dejarlos en libertad.

Durante las vacaciones de invierno, Alfredo y Miriam, papá y mamá de Ernestina decidieron que viajarían unos días a visitar a la prima Judith, una de las tías consentidas de la niña porque tenía muchas aves de corral.

Apenas se enteró Ernestina saltó de gusto. Una vez en casa de la tía Judith se apresuró para proponerse a ayudar en las labores del cuidado de las gallinas, patos y guajolotes. Le gustaba observar cómo estaban en un patio muy grande, cercado por una ligera malla cubierta de vegetación. A Ernestina le parecía como una selva donde los animales se la pasaban muy a gusto.

Al día siguiente que llegaron, observó a las gallinas y los guajolotes, le gustaba verlos comer; el graznido de un pato llamó su atención. Se preguntó, ¿por qué el sonido es distinto? Fijó su atención, el tono era agudo y constante. Le surgió la curiosidad por conocer al pato. Se dirigió hacia donde venía el canto,

—¿Oye tía Judith ese patito es distinto?

Antes que la tía pudiera dar respuesta, Ernestina se respondió.

—Tiene el cuerpo diferente, es un poco más alto que los demás patos, tiene las patitas y cuello un poco más largo y además, mira, qué bello color de pico tiene en tono naranja y también su plumaje es como más escaso.

—Ese patito que mencionas, es un pato silbador, más conocido como pijiji. Un día me di cuenta que estaba por acá, seguramente voló de algún lado, ahora se ha unido a los demás patos, como si fuera de la misma familia.

Los días siguientes Ernestina estuvo pendiente del pijiji, a diferencia de los demás patos que día y noche solían estar en constante movimiento, el pijiji no solo estaba de un lado a otro sino que se había convertido en quien guiaba a un grupo de patos y anunciaba su ruta por su constante silbido.

Una tarde Ernestina preguntó a su mamá si había escuchado el silbido del pijiji, ni ella ni Alfredo se habían percatado de que la bulla tenía rato de no percibirse. Judith también notó la ausencia del animalito, se pusieron a buscarlo. No lo hallaron. Los demás patos estaban ahí menos el pijiji. Así como llegó se fue, sin dejar rastro. Ernestina se puso triste, la tía Judith la abrazó.

—Hija, no te pongas triste. El pijiji estuvo contento el tiempo que permaneció por acá, se sintió en familia, nos deleitó con su silbido y nos permitió conocer de él. Cuando seas bióloga tendrás anécdotas que compartir de tu infancia.

El rostro de Ernestina sonrió ligeramente, mientras se limpiaba las lágrimas que caían sobre sus mejillas.

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