14 de febrero de 1945/14 de febrero de 2026

Bombardeo en Praga. Foto: https://espanol.radio.cz/hace-75-anos-praga-fue-bombardeada-por-los-aliados-8104629

 

El 14 de febrero de 1945 se vivió aún los estertores de la segunda guerra mundial. Ese día, por cierto, miércoles, aviones norteamericanos bombardearon la ciudad de Praga, en la antigua Checoeslovaquia, destruyendo más de cien casas, sitios de valor histórico, asesinando a setecientas personas. Se exculpó la fuerza área estadounidense afirmando que todo había sido un error de navegación. Al tiempo, el ejército rojo de la extinta Unión Soviética liberaba el campo de concentración de Gross-Rosen. Ese campo de concentración, situado en la llamada Baja Silesia, fue operado por el ejército nazi alemán y allí sucedieron los horrores que tanto se han denunciado por los historiadores críticos europeos. Mientras morían seres humanos por el bombardeo en Praga, millones más nacían a lo largo y ancho del Planeta. En una pequeña ciudad del sureste mexicano, en el estado de Chiapas, llamada Tuxtla Gutiérrez, nací precisamente un 14 de febrero de 1945. Hijo de un matrimonio conformado por un republicano catalán/español, Andrés Fábregas Roca, que encontró refugio en tierras chiapanecas ante el triunfo del golpe de estado fascista encabezado por Francisco Franco en España, y de Carmen Puig Palacios, hija de un emigrado catalán, Don Antonio Puig y Pascual y de la nativa de Chiapas, Doña Margarita Palacios. Así que pertenezco a esa “generación de la posguerra” que vino al mundo un 14 de febrero de 1945, hace 81 años. Uno repasa la vida en ocasiones como la del cumpleaños. Y en esta ocasión, en mi caso, no fue la excepción. Mientras amanecía en Tlajomulco, pensé en aquellos primeros días de mi infancia en la Tuxtla Gutiérrez en la que nací. Una ciudad en la que la vida trascurría montada en una cotidianidad signada por el desempeño de siempre, de los trabajos, de las formas de relación en una ciudad en la que se conocen todos. El parque central como el lugar de congregación, de las miradas entre los jóvenes que dan vueltas de tal manera que se encuentran de frente los hombres con las mujeres. Un coqueteo ritual. La importancia del entorno familiar como el primer contexto que cincela la personalidad. Me crie entre mis abuelos y mis nanas-Florita y Clarita Aguilar-en los primeros años de la infancia. El juego en las calles, sin temor al tráfico. Todos conocíamos los autos y de a quien pertenecían. En mi caso, el juego en la huerta de la casa de mis nanas en el barrio de San Roque, entre el olor de las plantas, la aparición fugaz del alcaraván, los ladridos alegres de “el amigo” y “el conejo”, los perros fieles, compañeros de juego en aquella huerta de esa Tuxtla que el matrimonio Cordry describió en ese libro señero titulado Trajes y Tejidos de los Zoques de Chiapas. Cómo iba a pensar, que años después, sería el traductor al castellano de la que fue la primera obra publicada en el Programa Editorial del legendario Instituto Chiapaneco de Cultura. Mi memoria me llevó al día en que, en la Biblioteca del Museo Nacional de Antropología, siendo estudiante de la Escuela Nacional de Antropología e Historia, me encontré con el libro de los Cordry. De paso, pienso, que es un libro que merece otra edición. Es un libro impregnado de la identidad tuxtleca, del aporte invaluable de los zoques en la configuración y consolidación de una identidad Tuxtleca que mis nanas me resumieron al responder a mi pregunta, ¿qué pasó cuando los españoles llegaron a estas tierras?. La respuesta está anclada en añejas sabidurías de los zoques que mis nanas transmitían en la conversación. Su respuesta, impresionante, fue: “Al llegar los españoles, se quedó mestiza la Palabra”. Es una remembranza que me acompaña, que recordé mientras el sol lanzaba sus primeras luces en este cielo de Jalisco bajo el que cumplía mis 81 años. La memoria me llevó a esa Tuxtla que pulió mis años infantiles y sonreí: afortunado que soy de haber vivido una experiencia tal. Recordé las tardes de lluvia jugando bajo el aguacero, convertido en cómplice de la alegría infantil. Los barquitos de papel navegando por las calles de una Tuxtla inundada por la lluvia que regeneraba las huertas y que obligaba a las plantas a soltar su repertorio de olores, habitando el viento fresco que recorre las calles de Tuxtla por las tardes. Pasado el aguacero, la cauda de nucús hacían la alegría de los niños que con latas en mano iban recogiéndolos para saborearlos en fritanga tuxtleca. Todo eso pasaba por mi mente mientras con cierta incredulidad ascendía al “primer escalón del octavo piso” como dice mi hija Mariana. Como son básicos esos años infantiles. Y una adolescencia que no se despega de ellos sino que los incorpora como bagaje para la vida. Recordé la alegría, el tumulto, durante los juegos de basquetbol disputando el campeonato del estado con la Selección Tuxtla que entrenó una figura mítica del deporte chiapaneco: el Maestro Efraín Fernández. Vino a mi memoria la noche, en que en lugar de saltar a la cancha Matías de Córdova, me encontraba en un autobús de “la Colón” para viajar a la Ciudad de México e iniciar mi vida universitaria. Me tocó vivir ese D.F. entrañable del Chava Flores, de los “caldos Zenón”, de la variedad infinita de tacos, de los paseos a Xochimilco, de los conciertos en los jardines de la Ciudad Universitaria, de la impresionante arquitectura del Museo Nacional de Antropología, de leer todos los días en el friso de ese imponente edificio la frase, “Cem Anahuac Tenochca Tlalpan”: El Mundo es Tierra Tenochca.  Y el 1968: los gritos por lograr la democracia, juntos, mano con mano, la juventud mexicana al unísono reclamando un país de justicia y paz. La represión como respuesta. La formación como antropólogo en un México incerto en Latinoamérica y El Caribe, la Nuestra América de José Martí. Pensé que en aquel 14 de febrero de 1945 en el día en que nací en Tuxtla Gutiérrez, en Chiapas, el imperio seguía allí: es el poema de Monterroso: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. Está en Gaza, hoy, ante nuestros ojos: un genocidio calculado para exterminar al pueblo Palestino; aquí está el dinosaurio que vive en el orate anaranjado que amarga cotidianamente a la Humanidad; pareciera que aquel 14 de febrero de 1945 se prolonga en el 14 de febrero de 2026. “Todo pasa, y todo queda. Pero lo nuestro es pasar”, escribió Antonio Machado, voz profunda del Pueblo Español, al cantar a “Soria Pura, Cabeza de Extremadura”. Versos que Serrat inmortalizó al cantarlos como un recuerdo universal que “lo nuestro, es pasar”. 81 años y la lucha sigue, y sigue. Algún día, me digo, la Humanidad recuperará la fraternidad, la bondad, la poesía….Algún día. “Somos un chingo y seremos más” gritamos en aquellas calles de la Ciudad de México, grito juvenil que perdura: “Somos un chingo y seremos más: Venceremos”. Que bueno, me dije, que a los 81 años sigo siendo un joven del 1968, con el morral de la Esperanza cargado en el hombro. Y qué privilegio haber nacido en Chiapas, en Tuxtla Gutiérrez, en esa tierra en donde quedó encajada mi memoria.

Tlajomulco, Jalisco. Bosques de Santa Anita. A 14 de febrero de 2026.

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