El hombre sin atributos, 1

Casa de citas/ 782

El hombre sin atributos

(Primera de tres partes)

Héctor Cortés Mandujano

 

Para los pensamientos de altos vuelos se ha creado una especie

de granja avícola, denominada literatura, filosofía o teología,

en donde se multiplica cada una a su modo, siempre sin control…

Robert Musil,

en El hombre sin atributos, tomo 1

El hombre sin atributos, publicado en dos tomos (1930 y 1933), de Robert Musil (austriaco 1880-1942), es una larga novela que no se entretiene en tramas y se dedica a asuntos que más bien tienen que ver con el estudio social, la teología, la filosofía… Hay, por supuesto, muchos personajes que aparecen y desaparecen, que son cercanos a Ulrich, salvo Moosbrugger, cuya vida y peripecias ocupan varias páginas de este extenso libro; él (p. 75) “había asesinado a una mujer, a una prostituta de ínfima calidad, de una forma macabra”.

El hombre al que se refiere el título es Ulrich (“El hombre sin atributos” lo llaman sus amigos, el narrador de la novela y él mismo), mantenido por su padre, amante de varias mujeres y con una labor poco clara en el Comité de Acción Patriótica en el reino de Kakania, que, se aclara (p. 36), “En las escrituras se llama Monarquía Austro-húngara”.

Leo la “edición definitiva” en Seix Barral, 2004, con traducción del alemán por José M. Sáenz, revisada por Pedro Madrigal. Te comparto algunas ideas lector, lectora.

El narrador describe una casa, un jardín, una pradera, una mansión, en la “parte primera, a modo de introducción”, y dice al final del párrafo descriptivo (p. 14): “Esta mansión y esta casa pertenecían al hombre sin atributos”.

Pensar y hacer en los hombres parece ser una herencia divina (p. 21): “Dios crea el mundo y piensa simultáneamente que bien podría ser de otra manera”.

Cuando estaba leyendo este libro se casó un querido amigo y me llamó la atención el regalo de Ulrich a un amigo (mi mujer y yo regalamos a la pareja, por supuesto, algo convencional), p. 52: “Cuando años atrás, Clarisse, que tenía veinticinco, se casó con Walter, su amigo desde la niñez, Ulrich les llevó como regalo de boda las obras completas de Nietzsche”.

Me encanta la determinación, si bien acomodaticia, de Clarisse, quien (p. 56) “desde sus quince años había tenido a Walter por un genio, pues había decidido no casarse más que con un genio”.

Moosbrugger, el asesino de la prostituta, aparece con frecuencia (p. 150): “Tres personas rodeaban entonces a Clarisse: Walter, Ulrich y el asesino Moosbrugger. De Moosbrugger le había hablado Ulrich. Atracción y repugnancia se mezclaban entre sí produciendo un efecto mágico”.

Ilustración: Luis Daniel Pulido

Platón, dice el narrador, no podría publicar sus obras ahora (en el ahora de la novela), si reviviera y lograra convencer a los miembros de un equipo de redacción que había revivido, porque le ofrecerían trabajos lucrativos que no le permitirían avanzar en nuevos trabajos; lo más que podrían ofrecerle sería (p. 333) “escribir de cuando en cuando algún pulcro articulito en el suplemento literario de la hoja dominical (pero, a poder ser, una cosa ágil, airosa, nada de pesadez de estilo, y respetando el gusto de los lectores)”; pero  con un “máximo de un artículo por mes, en consideración a otros muchos escritores de talento”.

Vuelve Dios a la reflexión del narrador (p. 366): “Dios no interpreta el mundo literalmente; el mundo es una imagen, una analogía, una figura de dicción, y tiene un vocabulario del que Dios se ve precisado a servirse por motivos que Él conoce, a pesar de ser insuficiente para expresar su pensamiento; no debemos, pues, tomarlo al pie de la letra, sino que nosotros mismos debemos buscar la solución de los problemas que Él nos presenta”.

El empleado de una trasnacional es más importante que un escritor (p. 395): “El mundo gira alrededor del más insignificante aprendiz, si éste está empleado en un comercio mundial; continentes se asoman a sus espaldas, de modo que nada de lo que queda privado de importancia; por el contrario, tratándose de un escritor solitario en su habitación, por mucho que se esfuerce, a su alrededor giran, a lo más, las moscas”.

Se puede amar a un perro, a un coche, a una mujer, ¿por qué uno debe ser más importante que otro? (p. 430): “¿Y de dónde proceden la admiración y el amor? ¿No es esto un misterio difícil de revelar, redondo y frágil como un huevo? ¿Es más sincero el amor cuando lo despierta un bigote que cuando es debido a un automóvil?”.

Piensa uno de los personajes, el general, que debe leer un libro al día. Va a una biblioteca y pregunta cuántos volúmenes hay en ella y le responden: “¡Tres millones y medio!” (p. 469): “Desde entonces no dejé de hacer cálculos. Bueno, no quiero aburrirte; sólo te quiero decir que he seguido haciendo cuentas en el Ministerio con papel y lápiz y el resultado es que necesitaría diez mil años para ver cumplido mi propósito”.

El bibliotecario da al general un consejo (p. 471): “Señor general, dijo, ¿desea saber cómo me las arreglo para conocer todos los libros? Se lo puedo comunicar ahora mismo: ¡no leyendo ninguno!”. Piensa el militar que debe ser casi analfabeto; le pregunta “¿Y es usted doctor?; contesta el bibliotecario: “Claro que lo soy; incluso catedrático de la universidad, docente privado de ciencia bibliotecaria”.

Arnheim dice al general (p. 576): “Hoy día casi no hay más que escritores; lectores apenas quedan. […] Todo el mundo escribe; cada uno se sirve a su antojo de los pensamientos como si fueran suyos; nadie piensa en la responsabilidad del conjunto”.

Cada capítulo de la novela tiene un título. Me encantó el del 115 (p. 588): “Las puntas de tus pechos son como pétalos de amapola”.

Nietzsche y Cristo dan vueltas, también, en las charlas de los personajes. Clarisse dice (p. 626): “¡Nietzsche y Cristo fueron víctimas de su mediocridad”.

Leer y escribir son otros temas recurrentes (p. 646): “Escribir es, como la perla, una enfermedad”.

Arnheim conversa con Ulrich, le dice (p. 654): “El carácter de usted, sus atributos humanos, es lo que yo quisiera tener a mi lado por motivos bien concretos.

“¿Mis atributos? –Ulrich no pudo menos de sonreír–. ¿Sabe usted que mis amigos me llaman ‘el hombre sin atributos’?”.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

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