En Cuba no pasa nada…

Migrantes ven reducidas las posibilidades de obtener el «oficio de salida» que les permite transitar libremente por México durante 10 días hasta llegar a Estados Unidos. Foto: Rubén Figueroa

Tras la captura del mandatario venezolano, Nicolás Maduro, el presidente Donald Trump dejó clara su intención de impedir cualquier intervención de China y Rusia en sus patios traseros. Más que un gran mercado económico, la región caribeña es geopolíticamente significativa para el control de espacios planetarios como lo es el marítimo. Una realidad confirmada por el propio presidente estadounidense al insistir en poner en jaque al régimen político cubano encabezado por Miguel Díaz Canel. De hecho, Trump y los voceros de la Casa Blanca han hablado de posibles conversaciones entre ambos gobiernos, una realidad considerada posible por el gobierno cubano, aunque desde La Habana se haya negado su existencia hasta el momento.

Más allá de las insalvables diferencias entre los regímenes políticos cubano y estadounidense, es evidente que Cuba se encuentra en una de sus más graves crisis económicas. Crisis sólo comparable con la vivida tras la caída de la Unión Soviética y que significó para la isla dejar de recibir los necesarios apoyos para la subsistencia de su población. Hoy la crisis reduce la venta de gasolina, los transportes, el funcionamiento de hoteles turísticos o la jornada laboral en oficinas estatales como medidas propias de la escasez de un combustible, ahora sí, imposibilitado de llegar a la isla por el control estadounidense donde se incluyen presiones a gobiernos.

No cabe duda que bloqueos y sanciones han marcado el trato de Estados Unidos al régimen cubano, sin embargo, ello no debe impedir análisis más profundos relacionados con la propia Cuba. La represión sobre personas y colectivos que demuestran su disidencia política, la censura, la prohibición de partidos políticos y la inexistencia de separación de poderes señalan la falta de libertades civiles en la isla. Igualmente, quien conozca un mínimo la realidad cubana sabrá del deterioro de aquellos rubros que se hicieron merecedores de elogios durante décadas, como por ejemplo lo son la salud y la educación. A pesar de las transformaciones efectuadas en la economía cubana en el presente siglo para permitir cierta iniciativa privada, los constantes cambios legislativos en ese rubro y el empecinado e ineficiente control por parte del Estado han provocado la caída del poder adquisitivo, el desabasto alimentario y, sobre todo, la destrucción de toda capacidad productiva. Si ello no es suficiente, la delincuencia y la corrupción ya son comunes como síntomas del deterioro social en la isla. Pregunten a cualquier cubano o cubana si no conocen casos en los que se haya asesinado por un celular o por una moto. Lo mismo dirán con respecto a la salud, aunque sean casos urgentes como los de cáncer, puesto que recibir el tratamiento en los tiempos establecidos dependerá de si se paga a los encargados de los turnos y a los mismos médicos.

La crisis cubana sólo encuentra salida a través de una constante emigración reflejada en el envejecimiento de la población que resta fuerza de trabajo en edad productiva. Los datos sobre cubanos y cubanas residentes en distintos países en busca de alternativas al tradicional destino estadounidense así lo demuestran. Emigración que envía remesas fundamentales para el mantenimiento de las familias en una economía donde las prácticas informales cotidianas son permitidas o prohibidas en función de las mordidas a las autoridades.

Criticar al vecino del norte por su visión imperial no debe silenciar el anquilosamiento político y económico cubano, mismo que ha condenado a los cubanos a un eterno sacrificio en espera de un futuro inalcanzable. Por ello, la crisis va más allá de lo económico y se convierte en moral como ha insistido en señalar el novelista cubano, Leonardo Padura, quien recientemente estuvo en Chiapas donde volvió a hablar de ello como lo hace en sus novelas y entrevistas. Desgraciadamente, como ha señalado, la miseria no puede engendrar más que miserables. Un destino nada esperanzador para una población que ha perdido, en su gran mayoría, la ilusión de tener una mejor vida.

Como ya se afirmó, la crisis vivida en Cuba solo se había observado cuando la Unión Soviética se desmoronó y dejó de apoyar a la isla. Una situación de debilidad a la que se unen, en el tablero del juego político actual, los jaques de la administración Trump a la misma Cuba o a otros países. Un ejemplo cercano se observó el pasado domingo 8 de febrero, cuando el gobierno de Nicaragua dio por finalizado el libre visado para ciudadanos cubanos. Un hecho para dificultar la salida de migrantes de la isla, quienes habían tomado a dicho país como principal punto para iniciar sus travesías hacia el norte.

Los males del imperialismo solo pueden negarse si uno se pone vendas partidarias en los ojos, mismas vendas usadas por quienes no aceptan que en Cuba pasan cosas, unas cosas cuestionables y no necesariamente relacionadas con Estados Unidos. Para quienes desean la intervención estadounidense en Cuba, a través del culto a un líder mesiánico, hay que recordarles que su visión y actitud tiene los mismos sustentos que los utilizados para exaltar a los referentes históricos de la Revolución cubana. Demasiados mesianismos pasados y presentes que, como ocurre con las creencias religiosas, no pueden aceptar un pensamiento crítico por estar fundamentados en dogmas de fe. Y cuando el dogma prevalece sobre la gestión política, los augurios no pueden ser buenos, menos aún para una sociedad tan castigada como la cubana.

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