Protestas y represión en Irán

En un mundo donde las noticias fluyen y desaparecen con celeridad, lo sucedido en Irán en las últimas semanas ha sido opacado por los lamentables sucesos de Minnesota (Estados Unidos). Unos hechos que reflejan la persecución indiscriminada a inmigrantes y los desencuentros de políticos y cuerpos de seguridad en Estados Unidos. Situación que debería llevar a reflexiones profundas de lo deseado para nuestras sociedades contemporáneas. Pero dicho ello, es pertinente tener presente lo ocurrido en los territorios del antiguo imperio persa.

Antes de que finalizara el año 2025 sorprendieron al mundo las multitudinarias manifestaciones llevadas a cabo en distintas ciudades de Irán, protestas extendidas durante el nuevo año. Descontento popular callejero ampliamente reprimido por el régimen iraní; un hecho demostrado por las muertes de manifestantes, cuyo conteo ha sido difícil debido a la opacidad gubernamental, así como por la represión contra la población, evidenciada en la violencia policial, las detenciones arbitrarias y la interrupción de internet para aislar al país. Este último ejercicio de censura digital es común en los regímenes autoritarios, aunque nadie duda de que el internet se ha convertido en un mecanismo para respaldar o culpar a personas y gobiernos.

Los analistas internacionales sitúan la chispa del estallido en la crisis económica de largo aliento vivida en Irán, lo que derivó en protestas contra el régimen político. No hay que olvidar que desde 1979 una especie de teocracia se instaló en Irán a través del poder de los ayatolás chiitas, unos líderes religiosos que dirigen los destinos de la República Islámica. Para quienes no conozcan demasiado sobre el Islam, el chiismo es una de sus ramas caracterizadas por señalar que el sucesor del profeta Mahoma fue su yerno Alí. Sin ser mayoritarios entre los musulmanes, los chiitas si lo son en Irán.

Un gobierno de tal naturaleza, por lo tanto, repudia cualquier protesta o disidencia a los dictados de los líderes religiosos. Pero como ocurre en otros Estados, la interpretación de la realidad debe contar con el pasado. Si se retoma dicho pasado hay que recordar que Irán, uno de los países más extensos del mundo, es parte central del antiguo imperio persa. Esa circunstancia remite a un territorio con amplia diversidad cultural y lingüística, con grupos como los azerbayanos, los kurdos o los luros, por solo mencionar algunas de estas poblaciones. Igualmente, su ubicación geográfica, el número de pobladores, así como las riquezas en recursos energéticos, como lo son el petróleo y el gas, convierten a Irán es un lugar estratégico dentro de la geopolítica mundial. Al mismo tiempo, convertirse en un aliado de las potencias contrarias al predominio de Estados Unidos y su alfil regional -Israel- han convertido a la República Islámica en foco de atención internacional. Un radical cambio de lo que ocurría antes de 1979, año en el que entró en vigor la constitución islámica instaurada cuando llegó al poder el ayatolá Jomeini. Es decir, antes de la subida al poder de los líderes religiosos, gracias también a amplias movilizaciones populares, Irán era un baluarte de los Estados Unidos en la región.

La Revolución islámica del siglo pasado derribó al último sha -monarca o rey persa-, Mohammed Reza Pahlevi. Un personaje occidentalizado que, junto a su familia, se hizo presente en las revistas de moda del mundo occidental durante un reinado que contó con el apoyo de las potencias occidentales beneficiadas por la explotación del petróleo. Esa presencia pública no la leí, sino que la observé personalmente cuando era joven en mi país de nacimiento.

Pese a la apertura modernizadora de Irán, el sha intensificó las desigualdades de un territorio marcado por las extensas diferencias entre el campo y las ciudades, en especial con la capital iraní: Teherán. De esta manera, no se debe pensar que, con anterioridad al régimen islámico gobernante, el país era una democracia. Por el contrario, un partido único, autoritario y represor, dirigió ese territorio marcado por las profundas diferencias y agravios históricos entre sus pobladores.

Nadie debería sorprenderse del malestar popular contra un régimen donde la mitad de su población, las mujeres, tiene limitadas sus posibilidades de desarrollo personal. A ello hay que añadir un sinfín de limitaciones en derechos civiles que ahora son reclamados por los manifestantes iraníes. Es difícil saber hacia dónde se dirigen las manifestaciones populares y si tendrán continuidad, pero es evidente que lo sucedido en Irán trasciende a sus pobladores para volver a situar al país en las encrucijadas de la geopolítica que se viven en la actualidad.

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