¿Qué hizo Cervantes para no ser Avellaneda?
Casa de citas/ 781
¿Qué hizo Cervantes para no ser Avellaneda?
Héctor Cortés Mandujano
Nuestros males físicos o se destruyen o nos destruyen;
nuestros remedios son el tiempo o la muerte
Juan Jacobo Rousseau,
en Emilio o la educación
Emilio o la educación, de Juan Jacobo Rousseau, se publicó originalmente en 1762. Mi ejemplar es de Editorial Porrúa, Sepan cuántos, 1970. Todavía tiene mucho que decir Rousseau en las circunstancias actuales.
Su arranque pone las banderillas en el lomo de la humanidad (p. 1): “Todo sale perfecto de manos del autor de la Naturaleza; en las del hombre todo degenera”; sigue (p. 2): “A las plantas las endereza el cultivo, y a los hombres la educación. […] Débiles nacemos, y necesitamos de fuerzas; desprovistos nacemos de todo y necesitamos de asistencia; nacemos estúpidos, y necesitamos de inteligencia. Todo cuanto nos falta al nacer, y cuanto necesitamos siendo adultos, eso lo debemos a la educación”; (p. 6): “por eso la palabra educación tenía antiguamente otra significación que ya se ha perdido, y quería decir alimento”.
Su visión sobre la medicina no es condescendiente (p. 20): “Cuanto más débil es el cuerpo, más manda; cuanto más fuerte, más obedece. […] Un cuerpo débil debilita el alma. De aquí proviene el imperio de la medicina, arte más perjudicial a los hombres, que todas las dolencias que pretende sanar. Yo por mí no sé cuál es la enfermedad que curan los médicos; pero sé que nos acarrean funestísimas; la cobardía, la pusilanimidad, la credulidad, el miedo a la muerte, si sanan el cuerpo, matan el ánimo. ¿Qué nos importa que hagan andar cadáveres? Hombres son los que necesitamos, y no vemos que salga ninguno de sus manos”. Insiste en el tema (p. 22): “¿A cuántas gentes que hubieran resistido la enfermedad y sanado el tiempo solo, ha quitado la vida la impaciencia, el miedo, la zozobra y más que todo los remedios?”.
Las ciudades no son la solución para que vivan los humanos, dice Rousseau (p. 26): “Entre todos los animales, el hombre es el que menos puede vivir en manada, y hombres hacinados como carneros se morirían todos en poquísimo tiempo. […] La sima del género humanos son las ciudades”. En el final del libro o capítulo cuarto de nuevo muestra su rechazo a las ciudades; enumera sus defectos y concluye (p. 359): “Nunca estaremos bastante lejos de ti”.
Tampoco adoraba la limpieza exagerada (p. 31): “Los niños criados en casas limpias donde no se consienten telarañas tienen miedo de las arañas, y muchas veces le conservan cuando mayores. Nunca he visto aldeano, sea hombre, mujer o niño, que tenga miedo a las arañas”.
Tiene verdades irrebatibles en expresiones sintéticas (p. 53): “El único que hace su voluntad es el que para hacerla no necesita valerse de otro; de donde se colige que el más apreciable de los bienes no es la autoridad, sino la libertad”.
No necesita muchas palabras para decir algo original e inteligente (p. 137): “El sentido de la imaginación es el olfato”.
Es interesante leer a estos viejos pensadores, porque ponen la flecha en el blanco de la actualidad. No ha envejecido, por ejemplo, esta idea (p. 145): “¿De dónde procede la debilidad del hombre? De la desigualdad que media entre su fuerza y sus deseos. Nuestras pasiones son las que nos hacen débiles porque son menester más fuerzas para contentarlas que las que nos concedió la Naturaleza”.
¿Un resumen de la vida? Con gusto (p. 197): “¡Con qué velocidad pasamos por esta Tierra! Antes que conozcamos el uso de la vida, ya es ido el primer cuarto: el cuarto postrero huye cuando hemos cesado de disfrutarla. Primero no sabemos vivir; en breve ya no podemos; y del intervalo que separa estos dos extremos inútiles, los tres cuatros del tiempo restantes se los llevan el sueño, la fatiga, el dolor, la sujeción, todo género de penalidades. […] Dos veces, por decirlo así, nacemos; una para existir, otra para vivir; para la especie la una, y la otra para el sexo”.
Rousseau, en su afán de educar a Emilio, el niño que nace y al final se casa, su pupilo, su hijo, toca todos los temas e incluso señala los errores que suelen cometerse cuando no se tratan con claridad algunos asuntos, en especial los sexuales; aquí el ejemplo entre un niño y su madre (p.205): “Mamá, dijo, ¿cómo se paren los niños? Hijo mío, respondió sin titubear la madre, las mujeres los mean con dolores que a veces les cuestan la vida”.
Habla de cómo Plutarco, en Vidas paralelas, es capaz de retratar a los grandes varones en las cosas menudas, aparentemente sin trascendencia. Pone varios ejemplos y concluye (p. 231): “Este es el arte verdadero de pintar. No se manifiesta la fisonomía en los grandes rasgos, ni el carácter en las grandes acciones; en frioleras es donde se descubre el natural”.
En muchos casos, como mecanismo de verosimilitud, dice trascribir textos de un autor de quien no da nombre, pero, afirma, “valía más que yo”. Este es uno de esos apuntes donde pone en duda la certeza del lenguaje oscuro de ciertos filósofos (p. 268): “Las ideas generales y abstractas son el manantial de los más crasos errores de los hombres; los nombres revesados de la metafísica nunca hicieron descubrir ni siquiera una verdad y han llenado la filosofía de disparates que causan rubor, en cuanto se les quitan esas palabras retumbantes con que vienen disfrazados”.
Uno más de esas sentencias de “otro” (p. 282): “La conciencia es la voz del alma, las pasiones son las del cuerpo. ¿Es extraño que se contradigan con tanta frecuencia estos dos idiomas?”.
Para el libro quinto y último, Emilio ya es un muchacho de 20 años y está enamorado de Sofía. Dice Juan Jacobo (p. 361): “En todo cuanto con el sexo no tiene conexión, la mujer es un hombre”. Le habla sobre el amor y también sobre el tiempo (p. 459): “Todo pasa rápidamente por la Tierra: todo cuanto amamos, tarde o temprano ha de faltarnos, y nos unimos a ello como si fuera de durar eternamente”.
Para saber si el amor entre ambos es firme, lleva a Emilio por un viaje de dos años. Cuando se reencuentra con Sofía es inminente el matrimonio. Al final del libro, el bebé Emilio, que hemos visto crecer durante todas estas páginas hasta llegar a ser el muchacho que es, da al narrador la noticia: en breve será padre. Las enseñanzas que ha recibido, dice, las dará al nuevo Emilio. El círculo se cierra. Y se abre.
[El título de esta columna es también de Rousseau y se refiere, en la figura de Cervantes, a que los hombres de bien pueden estar ufanos de su virtud, “porque es suya”. Avellaneda es el nombre falso del autor de un falso Quijote.]
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