Una sarta de palabras
Casa de citas/ 779
Una sarta de palabras
Héctor Cortés Mandujano
En nuestro continente, las mentiras y verdades políticas
se confunden hasta el grado que resulta casi imposible
distinguir entre una y otra
Mario Vargas Llosa,
en Conversación en Princeton
Conversación en Princeton con Rubén Gallo (Alfaguara, 2017), de Mario Vargas Llosa, es un documento valioso para conocer el pensamiento y la creación de este célebre autor quien, por cierto, fue notificado de que había ganado el Premio Nobel de Literatura mientras estaba dictando cursos en esta prestigiosa universidad.
A partir de ello, le pidieron y le ofrecieron muchas formas de gastar su dinero. Uno de ellos fue el dueño de una fábrica de helados en Ayacucho, Perú, quien le propone (p. 14) “que invierta el dinero del Nobel en mi negocio. Eso le permitirá triplicar su capital en dos años. Me ayuda usted y lo ayudo yo”.
Los cuadernos de trabajo, que son muy voluminosos, donde Vargas Llosa hace los proyectos y versiones primarias de sus novelas, y un montón de papeles más, pertenecen a Princeton; por eso, no sólo Rubén Gallo hace las preguntas, sino también muchos alumnos especialistas ya en la obra de este peruano universal. Sobre los peligros de la censura habla MVLl, que inhibe tocar ciertos temas, pero llega a la censura personal (p. 58): “En otro sentido más sutil y complejo la autocensura puede tener el efecto contrario y lleva a los escritores a tratar de hablar justamente de lo que está prohibido, a escribir desafiando las prohibiciones. Eso también corrompe, porque si un escritor escribe sólo para enfrentarse a la censura, pierde su libertad. […] La censura es un elemento distorsionador en muchos sentidos”.
El libro analiza a detalle por lo menos cinco libros de MVLl: Conversación en La Catedral, Historia de Mayta, ¿Quién mató a Palomino Molero?, El pez en el agua y La fiesta del Chivo. Aclara el Premio Nobel sobre la realidad en las novelas, en los personajes (p. 83): “Hay que recordar que en última instancia los personajes literarios están hechos de palabras. Hay una cesura tan grande entre un ser literario y una persona de carne y hueso que nadie tendría derecho a sentirse representado en una novela. Aunque algunos de ellos tengan modelos de la realidad, pasan a ser otros, puras creaciones verbales”.
Lo que dice Vargas Llosa desde la literatura lo saben los políticos (pp. 166-167): “La opinión pública realiza extrañas operaciones que producen un resultado curioso: las verdades pasan a ser mentiras y las mentiras pasan a ser verdades. Hay cosas que la gente no quiere creer y al mismo tiempo cree cosas que no son ciertas”.
Sigue un poco en el mismo tema (pp. 171-172): “¿Qué sucede cuando una persona tiene ciertos esquemas ideológicos y se encuentra con una realidad que no encaja en ellos? Lo lógico sería cambiar de esquemas, pero hay gente que prefiere quedarse con sus esquemas y cambiar la realidad”.
En El pez en el agua toca asuntos de su propia biografía; en ella tampoco está la realidad tal cual, dice (p. 187): “La ficción que hay es involuntaria. No la descarto porque de todas maneras la organización de El pez en el agua hace que el libro sea una ficción: uno jamás vive una experiencia de esa manera tan clara, tan coherente. La vive de manera confusa, turbia, mezclada con todo tipo de acontecimientos. Segregar una experiencia para destacarla ya es una ficción”.
***
Leo Introducción a la poesía (FCE, 1962), de César Fernández Moreno, quien cita en las primeras páginas a Borges, en una declaración de su primer libro de versos que intenta abolir su genialidad frente a su lector (p. 12): “Nuestras nadas poco difieren; es trivial y fortuita la circunstancia de que seas tú el lector de estos ejercicios y yo su redactor”.
Hay un momento, dice el autor, en que ya no importaba la calidad del verso, sino que se ciñera a los cánones (p. 46): “Las modas literarias y los abusos de las escuelas reducían la creación poética a un ejercicio aburrido y sin meta. Ya no se escribían versos, sino sílabas, ‘sílabas contadas’ ”.
Las escuelas poéticas vanguardistas se han ido rebelando contra tres exigencias (p. 62): la belleza, primero; luego se fueron “contra las costumbres” y la más incisiva, “contra el lenguaje”. Se llega hasta el poema que no puede entenderse, que ni el poeta entiende (p. 79): “El surrealismo absoluto, el creacionismo absoluto no quieren comunicarse con los demás hombres; sólo quieren entregarles un instrumento de contacto con el misterio, permaneciendo su autor fuera de la ecuación”.
Me encantó “Mano dadas”, del brasileño Carlos Drummond de Andrade, con traducción de Miguel Bascó, del que transcribo los versos finales (p. 94): “No seré el cantor de una mujer, de una historia,/ no diré los suspiros al anochecer, el paisaje visto desde la ventana,/ no distribuiré estupefacientes ni cartas de suicida,/ no me fugaré hasta las islas ni seré raptado por serafines./ El tiempo es mi materia, el tiempo presente, los hombres presentes, la vida presente”.
Como lo dice Vargas Llosa, las historias, la vida contada son sólo palabras (p. 100): “En este sentido, podemos decir con Stevenson que un personaje, una entidad literaria, es nada más y nada menos que una sarta de palabras”.
Dice Fernández Moreno (p. 107): “En lo poético, es célebre el ejemplo y frase de Voltaire: “el primer hombre que comparó a una mujer con una flor fue un gran poeta; los sucesivos, grandes tontos”.
“La poesía usa el sentimiento; la filosofía, la razón”, afirma Fernández Moreno y cita a Chesterton (p. 134): “El poeta sólo pide introducir su cabeza en los cielos. Es el lógico quien procura introducir el cielo en su cabeza”.
La poesía y en general el arte nacen casi siempre de la realidad. Cita el autor de nuevo a Borges (p. 137): “es sabido que la tragedia personal del individuo puede ser la fortuna del poeta”.
El poeta, escribe César Fernández Moreno (p. 138) “realiza su vida y su arte a lo largo de esta sucesión de infinitivos: vivir, verse vivir, escribir verse vivir”.
Contactos: hectorcortesm@gmail.com








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