De premio en premio

El domingo pasado se celebró la 98 edición de los Premios Óscar, un evento que llama la atención mundial, en muchos casos más por el desfile de moda de los candidatos y candidatas en la alfombra roja, que por el mismo contenido fílmico. No se preocupen, no les contaré lo sucedido, ni si los vencedores y vencedoras lo merecieron puesto que no soy especialista en cine y tampoco los vi en directo. Lo que quiero resaltar, como alguna vez he comentado en estas mismas páginas con respecto a otros premios, es si tales eventos y premiaciones representan algo más que una autocomplacencia al interior de un gremio profesional. Y afirmo esto último porque, como ocurre con la música, la lista de premios cinematográficos anuales es amplia y se extiende, además, por distintos países. Sólo hay que mencionar los Golden Globes, concedidos con anticipación al Óscar, u otros muy reconocidos festivales internacionales que, también, otorgan premiaciones como lo son los festivales de Cannes, Berlín o Venecia.
Esta acumulación de reconocimientos, repito, dentro de un mismo gremio profesional debería causar estupor, por decir lo menos, puesto que los ubica dentro de una burbuja autocontenida y los convierte en un sistema autorreferencial para alimentar egos. No debe extrañar que ello ocurra en una industria, que disfruto mucho, por cierto, pensada para el espectáculo, aunque cabe señalar que no todo el cine producido en la historia haya tenido ese fin. Espectacularización en su máximo esplendor en los premios mencionados y que forma parte de la lógica de buena parte de las producciones cinematográfica que entran en liza en la mayoría de esos festivales y premiaciones.
Lo curioso, o tal vez no lo sea tanto, es que ese mismo autoelogio se ha extendido en muchos gremios para convertirse en un círculo de satisfacción en el que todos serán, en algún momento, reconocidos y reconocidas. No cabe duda que en psicología ello pueda significar una reafirmación de la autoestima, un refuerzo positivo para demostrar empoderamiento y confianza, aunque, también, demasiado regocijo interno dentro de un grupo determinado impide el necesario análisis crítico del gremio y, por supuesto, la obligatoria autocrítica, aquella que es fundamental para el crecimiento personal.







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