El hombre sin atributos, 3

Casa de citas/ 784

El hombre sin atributos

(Última de tres partes)

Héctor Cortés Mandujano

 

El secreto del amor es precisamente éste:

no ser uno

Roberto Musil,

en El hombre sin atributos 2

 

Ulrich y  Agathe son ya hermanos y amantes. Se gustaron desde que se vieron y fueron cómplices en la falsificación del testamento del padre, Agathe dejó a su marido y se fue a vivir a la casa de su hermano soltero y convivieron ya en la familiaridad que les daba estar solos y quererse, admirarse. El primer encuentro sexual los dejó confusos, pero enamorados (p. 479): “¡Quién sabe, por lo demás, si el amor sería tan admirado si no cansara tanto! Al constatar los dolores de sobreparto de la emoción de la víspera, se llenaron otra vez de gozo, como amantes orgullosos de haber casi muerto de placer”.

Agathe piensa en su hermano y en la línea que han cruzado, que ya no tiene ni vueltas ni arrepentimientos (p. 487): “Después de mí, no volverá a amar a ninguna otra mujer, pues ésta ya no es una historia de amor; es sencillamente, ¡la última historia de amor que se puede dar!”. Y agregó: “¡Seremos algo así como los últimos mohicanos del amor!”.

Ulrich dice a Agathe que sólo hay dos formas de vivir. Una es la mundana, que trata de saciar todos los apetitos y (p. 648) “que no llega jamás al sosiego y satisfacción” y la otra es la mística, alejada de los excesos de la vida mundana, pero “que nunca logra una realidad plena”.

Están hechos líos con su amor. Qué sentido tiene el amor que no se puede ventilar ante todos (p. 652): “¿Por qué, entonces, no somos realistas?, se preguntó Ulrich. No lo eran, no él ni ella”.

Aquí terminan, en la página 652, los veinte capítulos revisados por el autor. Hay muchas otras páginas que escribió Musil en sus últimos años de vida (1939-1941), y antes. Son variantes, reinterpretaciones, apuntes.

Ilustración: HCM

Escribe el narrador, a propósito de un posible romance entre Agathe y el profesor Lindner (ella en realidad lo usa como confidente), que pone celoso a Ulrich (p. 668): “ningún ser humano es, en sí, hermoso o feo, bueno o malo, eminente o aburrido, sino que su valor depende de que se crea en él o se dude de él”.

Ulrich le reclama a su hermana y amante (p. 693): “Por qué visitas tú a escondidas a ese llorón de Lindner?”, y ella le contesta: “También para entenderme a mí misma mejor. Por lo demás, son lágrimas de ira las que él llora”.

Dice Ulrich a su hermana, cuando tratan de encontrar sentido a sus sentimientos, a su pasión (p. 755): “¡En este mismo momento, mucha gente lucha a vida o muerte en multitud de lugares, y un sinfín de animales se abalanzan unos sobre otros!”; también le dice (p. 754): “¡Qué bien sentirte corporalmente junto a mí!”.

Me encantó el título del capítulo 63 (p. 770): “Tentativas de amar a un monstruo”.

Para amar a los demás se necesita, dice Ulrich, tener amor propio (p. 772): “Quien no tenga un auténtico amor propio tampoco tendrá ningún amor bueno hacia los demás”. El amor es un espejo.

Este es el título de un fragmento sin numerar (p. 822): “Por qué los hombres no son buenos, hermosos y auténticos, sino que prefieren querer serlo”.

El profesor Lindner interroga a Agathe (p. 831): “¿Es realmente tan hermoso un hombre desnudo?”; ella responde: “El cuerpo desnudo es hermoso”, pero, dice el narrador, “Agathe no se había fijado nunca en la belleza de cuerpos varoniles; la mayor parte de las veces, la mujer actual no ve en el cuerpo del varón más que un armazón en que va montada la cabeza”. (No sé si esta noción del autor siga siendo válida en la actualidad. Eso, por supuesto, tendrían que contestarlo las mujeres.)

La belleza es un hecho extraño, insólito, inexplicable (p. 832): “El hecho de que el mundo se pare cuando aparece un ser humano realmente hermoso revela el carácter misterioso de la hermosura”.

Lindner dice a Agathe (p. 835): “la amistad entre hombre y mujer exige, en mi opinión, sentimientos aún más altos que el amor”.

En los últimos fragmentos del libro, que Musil no publicó, los hermanos van de viaje para gozar su amor (p. 846): “Los cuerpos, mientras que las almas se alzaban hacia lo alto, se encontraban el uno al otro, como animales en busca de calor. Y entonces los cuerpos lograron el milagro. De repente, Ulrich estaba dentro de Agathe o ella dentro de él.

“Agathe levantó los ojos espantada. Buscaba a Ulrich fuera, pero lo encontraba en medio de su corazón.”

Musil tiene un mínimo apunte sobre un texto más que hable de la relación sexual entre los hermanos (p. 853): “(Hacer así una ligera indicación de un coito repetido)”.

Agathe dice a su hermano (p. 864): “Si hubiéramos creído en Dios, habríamos entendido el lenguaje de las montañas y las flores”.

Se van de viaje para eludir compromisos sociales, para no ver ni que los vea nadie, y buscan paisajes hermosos para pasear su amor. Conversan (p. 865):

“—¿Te acuerdas con qué condiciones vinimos hacia aquí?

“Ulrich contestó, avergonzado:

“—¡Queríamos encontrar la puerta de paraíso!

“—¡Y matarnos –dijo Agathe–, si no lo lográbamos”

“[…]

“Esa resolución la hemos perdido también –constató Ulrich.”

La vida, el amor, el sexo de los hermanos enamorados no podrá apartarse de ciertas convenciones, aunque ellos hayan dejado de asistir a fiestas y no visiten ni permitan visitas. No se puede vivir en una isla rodeados de gente. Dice Ulrich (p. 866):

“—¿Pero qué va a ser, pues, de nosotros?

“Agathe no veía absolutamente nada ante sí.

“—Tendrás que casarte o tener un amante.”

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

 

 

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