El pedestre corazón
Casa de citas/ 785
El pedestre corazón
Héctor Cortés Mandujano
La crítica teatral Olga Harmony escribió una única novela: Los limones, publicada por la Universidad Veracruzana en 1984.
La novela me encantó. Es muy divertida y evidentemente tiene mucho que ver con la vida de Harmony (de la que hablé en otra Casa de citas). Dice Alicia, la protagonista, en una de una sus recriminaciones por un pensamiento o un acto (p. 11): “ya vendrá el arrepentimiento, exacto como un inglés”.
Describe a Alfredo, su cuñado (pp. 66-67): “Es uno de esos pobres hombres que sirven casi exclusivamente para traer a casa el gasto diario. No parece tener capacidad para nada más y, sin embargo, es padre de seis hijos perfectamente normales”.
Alicia tiene con Vicente una historia compleja de amor: él la ama y ella parece no darse cuenta (p. 128): “el lenguaje del corazón es inevitablemente pedestre”.
Alicia llega a un motel y siente alivio cuando no lo ve tan sórdido (p. 155): “aunque parezca que todo da lo mismo, en el fondo hay un prurito, el de la suicida que se maquilla antes del somnífero, el del enfermo de cáncer que se rasura a diario”.
Casi siempre se hace poesía con el ocaso, se le da interpretaciones bellas; la narradora de la novela decide lo contrario con Alicia frente al atardecer marino (p. 162): “Observa hasta el final la puesta del sol, que se aburrió de hacer el bufón y se convierte en un tuberculoso moribundo, entre escupitajos de sangre, que el mar recoge y te trae hasta la punta de tu pie descalzo”.
La narradora es tan sarcástica, como el personaje. Dice de Alicia (p. 164): “Había tomado una decisión heroica: arreglaría la cómoda de su cuarto”.
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Tal vez sean sólo dos o tres libros que me quedan por leer de mi admirada Toni Morrison (1931-2019), porque incluso, al morir, sólo dejó sin publicar uno, que ya leí. Leo ahora Una bendición (Mondadori, 2009). Dice una de las mujeres que camina en la oscuridad (p. 11): “Más que a los osos cariñosos o las aves mayores que vacas, temo a la noche sin caminos”.
Las religiones, lamentablemente, no siempre predican el amor, sino la exclusión de quienes no comulgan en sus creencias (p. 88): “La religión, tal como la madre se la había inculcado a Rebekka, era una llama alimentada por un odio portentoso”.
A Rebekka las cosas no salieron tan bien como se supone saldrían (p. 106): “Felicidades, Satanás”.
Desde los postulados bíblicos, le fue insertado en el cerebro que un hombre era necesario (p. 116): “¿no era así como debía ser? ¿Adán primero, Eva después, y también, confusa acerca de su papel, la primera proscrita?”. Y esto piensa del hombre que se enamora (p. 158): “Contigo mi cuerpo es placer, seguridad, pertenencia. Nunca deseo que no me hagas tuya”.
Le produce desconfianza un hombre de quien descubre algo que no se ve a simple vista (p. 185): “No había ningún animal en su corazón”. También tiene una certeza: “Ser mujer en este lugar es una herida abierta que no puede curarse”.
Se da cuenta de que algo la marcará para siempre (p. 187): “Entonces supe que no era una persona de mi país ni de mi familia. Era una negrita”.
Agradezco cada línea escrita por la Morrison.
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Wilt es el personaje protagonista de una saga de novelas, plenas de sarcasmo y humor negro, del escritor inglés Tom Sharpe (1928-2013).
En ¡Ánimo, Wilt! (RBA Editores, 1984), este personaje es rescatado del monumental embrollo en que se mete por Eva, su mujer; sus cuatrillizas y Mavis, una feminista que encuentra símbolos machistas en casi todo. Habla, por ejemplo, del hongo estruendoso de la bomba nuclear (p. 16): “y en cierto sentido la bomba es un símbolo del orgasmo masculino”.
Dentro de lo que cabe, Wilt es un hombre “normal”, pero no lo son tanto los guardianes del orden y la ley que lo ven sospechoso y se enredan y lo enredan en líos fenomenales; por eso, al final de esta aventura, reflexiona Wilt (pp. 246-247): “Los seres humanos civilizados eran un mito, criaturas legendarias que sólo existían en la imaginación de los escritores”.
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Leo el segundo tomo de Lecturas para adolescentes (Libris Editores, 1999), de Lucero Lozano, que es un libro para maestros y contiene una compilación variopinta de textos de distintas épocas, autores, géneros…
En “Ivana”, de Rosario Barahona Aguayo, la protagonista es una mujer bellísima, a quien hombres poderosos y millonarios intentar enamorar. Imposible. Ella está enamorada de un bueno para nada (p. 36): “Drago era el galán del pueblo. Guapísimo, mentirosísimo, flojísimo, simpatiquísimo, encantadorsísimo y donjuanísimo. Pero Ivana juraba, como toda mujer enamorada de un gañán, que con amor y comprensión su Drago cambiaría (éstas son, sin duda alguna, las palabras más famosas pronunciadas universalmente por las mujeres que se meten a redentoras e infaliblemente salen crucificadas)”. El cuento es breve y bueno.
En “El gran gramatizador automático”, Roald Dahl inventa una máquina que ahora ya existe: un programador de textos de Inteligencia Artificial (p. 77): “Verá, con mi máquina, gracias a un coordinador adaptado entre la sección de ‘memoria de argumentos’ y la de ‘memoria de palabras’, puedo producir cualquier tipo de relato que quiera, simplemente apretando el botón correspondiente. […] Esta máquina puede producir un relato de cinco mil palabras, mecanografiarlo y terminarlo en treinta segundos. ¿Cómo pueden competir con ella los escritores?” (por cierto me sorprendí al ver una peli del agente 007, Sólo se vive dos veces, 1967, con guion de Dahl).
Roald murió en 1990 y los procesadores se inventaron muchos años después. Esta es otra de las ocasiones en que la literatura se adelanta a la realidad.
Contactos: hectorcortesm@gmail.com








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