Lamer el sudor

Casa de citas/ 787

Lamer el sudor

Héctor Cortés Mandujano

Las palabras se fueron rodando vereda abajo

como si fueran piedras tiradas desde lo alto

Leonardo da Jandra,

en “Entre querencias y avoraces”

 

Suscribo totalmente lo que alguien escribió en la contraportada de Samahua (Almadía, 1997), de Leonardo da Jandra: “Legado cabal de Valle-Inclán, Faulkner y Rulfo, el lenguaje de Samahua tiene la fascinación esencial de lo mítico y al mismo tiempo la brillantez formal del trópico”.

Compré el libro un día, en Oaxaca, y Leonardo andaba por allí. Platicamos un rato y firmó mi ejemplar. No lo había leído hasta ahora.

Hacía mucho que un libro de cuentos no me parecía tan perfecto, como éste. El lenguaje, las tramas, los personajes, la vinculación de todas las historias (está a casi nada de ser una novela o lo es, sin las convenciones clásicas) parecen brotar de una enorme concentración, de un talento prodigioso, de un maestro de la narrativa. Samahua es, literariamente, una maravilla.

Chela, en “Las mujeres de Sedalio”, dejó a su marido por otro. Él, Sedalio, comenzó a vivir con otra, a la que tiene permanentemente embarazada. Chela llega un día con todos los cinco chamacos de ambos y otro en brazos, baja sus enseres y se mete (p. 54): “Le dijo fríamente: ‘Ya llegué’ ”.

“[…]

“—Esta ya no es tu casa –le soltó Sedalio.

“—¿Y a dónde chingados quieres que vaya con todos los chamacos y el otro que estoy esperando?

“—Ya tienes otro hombre…

“—Tenía –le cortó tajante–. Antier se lo chingaron.

“—Ése no es asunto mío.

“—Mío tampoco, ya está enterrado.”

El libro es un muestrario de violencia, asesinatos, sexo (con mujeres, entre hombres, con animales), pero hay una inteligencia, una destreza narrativa que cada página, cada párrafo, cada línea vale la pena de leerse. Gran libro de este chiapaneco azaroso y genial.

 

***

 

Leo La ceiba en llamas. Vida y obra de José Carlos Becerra (Gobierno del Estado de Tabasco, 2008), de Álvaro Ruiz Abreu, un libro de muy buena factura en todos los sentidos: la edición es elegante, cuidada; la escritura, el análisis, la investigación son de primera.

He dado en soñar con mi mamá muerta, y me llamó la atención la cita de Ruiz Abreu sobre una línea de Sabines en “Doña Luz”, que parece describir lo que me pasa (p. 62): “Casi todas las madres son criaturas de nuestros sueños”.

 

***

 

¿Dónde están? Investigaciones sobre afroamericanos (Unicach, 2009), es un libro de artículos de varios estudiosos sobre el tema, coordinado por Emiliano Gallaga Murrieta.

Escribe Gallaga, que (p. 16) “con excepción del estado de Oaxaca en que la constitución política reconoce a la etnia negra junto con los otros 16 pueblos indígenas, el resto del país carece de mecanismos para censar a este grupo cultural. Por esto, el gobierno mexicano no cuenta con cifras oficiales acerca de su población afromexicana o afrodescendiente”. Se calcula extraoficialmente que había en ese año (2009) “entre 50 y 100 mil afromexicanos o descendientes de grupos africanos”.

Ilustración: Luis Daniel Pulido

Esta página tiene, como ilustración, una nota del periódico Reforma, que dice: “Argumenta INEGI que no capta información por raza, por ser discriminante”.

En “La actividad comercial del siglo XVI y la población de origen africano en México” escribe Lourdes Mondragón Barrios un dato curioso que se usaba en la compra-venta de esclavos (p. 40): “en el proceso de venta los compradores podían lamer el sudor de la barbilla o revisar la dureza del vello de la barba, como indicadores de la salud y edad del sujeto”.

Dicen Alfredo Feria Cuevas y América Malbrán Porto en “Arqueología histórica: una reflexión sobre contextos negros en la Ciudad de México” (p. 55): “Es raro que se hable de población negra en México y más raro aún que alguien se refiera a la presencia de habitantes negros en la Ciudad de México, a tal grado que han sido prácticamente excluidos de la historia oficial. ¿Quién recuerda haber leído en los textos de historia de la primaria o la secundaria que a partir del momento mismo de la conquista de México Tenochtitlán ya había población negra?”.

También estos autores llaman la atención al modo genérico de llamarlos negros, simplemente, cuando no eran grupos homogéneos (p. 56) “ya que provenían de diferentes regiones de África, incluso desde Asia y allí en especial desde la India. Había entre ellos musulmanes, indúes, árabes y gente proveniente de Madagascar, Camboya o Tailandia”, es decir (p. 57), “tenían idiomas, religiones, artes y costumbres diferentes”.

Hablan más adelante, Feria y Malbrán, de que (pp. 58-59) “hacia 1609, un esclavo negro llamado Gaspar Yanga se escapó hacia las montañas veracruzanas dando origen a uno de los primeros palenques o pueblos cimarrones en México […] Hoy en día es posible ver la estatua que se erigió en honor de este esclavo en el municipio veracruzano que lleva su nombre”.

Aunque Gallaga dice en la introducción que (p. 13) “de manera coloquial se dice que a los negros… se los comieron los indios”, Enrique Martínez Vargas y Ana María Jarquín Pacheco, en “Sacrificio de negros al inicio de la conquista de México”, escriben que los indígenas efectivamente comían a sus cautivos, sin importar su color, pero no lo hacían por mera antropofagia (p. 106): “Su práctica no era una forma alimenticia de los pueblos mesoamericanos, por el contrario era un acto de carácter simbólico mediante el cual se buscaba estrechar los lazos con algún dios en específico, obteniendo a cambio algunos beneficios”.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

 

 

 

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