Camisones verdes
Casa de citas/791
Camisones verdes
Héctor Cortés Mandujano
Mi amigo Jesús Morales Bermúdez me hizo llegar, generosamente, tres libros suyos que no había leído: En el océano oscuro, La diosa de Oristano y otros textos (que incluye Divertimenta) y El regreso. Nueva vía de conversaciones. Hablo de los dos primeros.
¿Cómo pueden las mujeres con tanto?
Jesús Morales Bermúdez,
en En el océano oscuro
En el océano oscuro (Juan Pablos Editor, 2013) es una novela breve y divertida, juguetona, sobre dos amantes donde quien cuenta las historias no es la mujer, como en Las mil y una noches, sino el hombre. Es sobre el placer, sobre los placeres. Me encantó.
Dice él (p. 27): “No recuerdo si dentro de la catedral de Praga o en la pared de una plaza, lo leí en algún lado, se encuentra la figura de una Venus desnuda, sentada, un globo terráqueo sobre sus piernas, inclinada ella señalando su sexo con uno de sus dedos y una frase que dice: alrededor de este punto se mueve el mundo. Me parece cierto”.
Lubricia para la albricia
Jesús Morales Bermúdez,
en “Proemio”
La diosa de Oristano y otros textos (Juan Pablos Editor, 2016), incluye Divertimenta, de la que ya hablé en otra Casa.
La diosa de Oristano… ofrece una novedad en los géneros varios que ya ha publicado antes Jesús Morales: la poesía. Confieso que me sorprendió hallar poemas de Jesús en este libro de relatos. “Proemio” habla de la diosa en versos (p. 16): “En el comienzo al Mediodía/ del mundo, asomó/ su grácil figura/ entre las olas del mar en Oristano […] desde su boca las auroras/ se extienden y donan al mundo/ de palabras”.
Es lindo el hipérbaton con que inicia “Convite” (p. 20): “En su madera casa, a las orillas del mar…”.
Me gustó este verso de “Visita” (p. 38): “Las montañas firmes en sus camisones verdes”.
En “Leo Porto” una muchacha, antes novicia, cuenta de posiciones sexuales con “el familiar de mi protector”, desde un vocabulario exento de lugares comunes (p. 48): “en los momentos propicios hacía uso de mí extendiéndome sobre su escritorio o bien reclinada yo, él detrás de mí, yúlvica, felacia o calípige, formas nuevas de furtividad”
En “Despedida” dice que (p. 77) “algunas veces se sienta a nuestra mesa la poesía”.
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Mi amigo Fernando Trejo me obsequió Junk (Editorial Lengua de Colibrí, 2023), un librito lindo, cuidado.
Lo leí muy temprano, al día siguiente, y le escribí a Fer un mensaje de Wasap: “Querido Fer, recién amanecido leí tu poema Junk. El librito en conjunto es muy bello y lo que escribes acierta como narración y como poema. Tiene una arquitectura puntual, inteligente. Qué enorme gusto que sepas contar y cantar…”.
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El ensayo Las intimidades colectivas (SEP-Martín Casillas Editores, 1982), de David Huerta, acompaña a una colección de postales que se vendían, antes, en papelerías y en tendidos callejeros. Acompañaban a las imágenes poemas populares y algunos de sus autores son examinados aquí por la pluma especializada de Huerta.
Habla de Gustavo Adolfo Bécquer (p. 34): “De la rima intitulada con la primera línea: ‘Volverán las oscuras golondrinas’, cabe decir que es uno de esos fenómenos literarios de nuestro idioma, y acaso de todos los idiomas, en que el contacto del poeta con el público mayoritario fue absoluto desde el principio. Bécquer no sólo fue leído sino también querido, y sigue siéndolo”.
Escribe sobre Manuel Acuña y su famoso “Nocturno a Rosario” (p. 38): “Leído con atención y en el contexto de la biografía de Acuña, el ‘Nocturno’ tiene un lado francamente siniestro, pues se trata de un texto amenazador: es una advertencia del suicidio que Acuña efectivamente llevó a cabo en 1873”.
Huerta hace las preguntas que supone podría hacer un lector común, que disfruta de los poetas populares y no de los que la crítica señala como imperdibles (p. 44): “¿Por qué habría de gustarme José Gorostiza, cuyo nombre ni siquiera conozco –dirá–, y no gustarme Guillermo Aguirre y Fierro (autor de ‘Por mi madre, bohemios’), que ha hecho las delicias de algunas de mis noches domésticas y hasta de algunas de mis noches turbulentas? ¿Sólo porque se me informa, con el ceño fruncido, que aquél es más importante que éste: es decir, que es un poeta mayor junto al menorcísimo poeta que es Aguirre y Fierro?”.
Cuenta, en breves trazos, la biografía del novelista Federico Gamboa (la imagen de Santa está en las postales) y luego escribe (p. 48): “El 14 de febrero de 1902 había brindado con su esposa, María Sagaseta, ‘porque Santa llegue a vieja y con la narración de su endiantrado vivir nos agencie montañas de dinero’. Por desgracia para el novelista, la novela no correspondió a su autor como éste esperaba y quería; a pesar de que otros se enriquecieron con Santa, Gamboa recibía en 1933 apenas veintiséis pesos por derechos”.
Contactos: hectorcortesm@gmail








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