El asfalto en primavera

Aspecto de la avenida central durante el Festival de la Primavera. Foto: Arnold Jarquin/ Cortesía.

El reloj marcó las 8:40 de la mañana, Claudia observó atenta la hora, verificó que en las cajas estuvieran todos los productos de papelería que tenía que entregar a don Armando y a doña Gertrudis, dos de sus mejores clientes. Guardó cuidadosamente los pedidos en la cajuela de su coche y se dispuso a ir a dejar los materiales.

Al salir de casa sintió que el calor estaba fuerte, aunque era de mañana. Revisó la aplicación en su celular, indicaba 25 grados. Claudia pensó para sí que sería un día muy caluroso. Había sido buena idea salir a esa hora.

A pesar de lo anterior, el tráfico estaba lento, así que demoró para llegar a su primer destino. Decidió ir a entregar primero el pedido al domicilio más alejado, que era el de doña Gertrudis. Por lo regular, Claudia sabía ubicarse bien para encontrar las direcciones, pero esta vez se le había complicado un poco, sus referencias ya habían sido modificadas. Varias partes de esa colonia estaban irreconocibles, así que aplicó el refrán, preguntando se llega a Roma. Antes de consultar al Google maps prefirió preguntar a la gente. Más tardo en llegar al domicilio que en entregar el pedido.

Como el domicilio de don Armando estaba hacia el lado poniente de la ciudad y ella se hallaba en el oriente le pareció que para no demorarse más buscaría un atajo. Así lo hizo y de pronto, se encontró en una esquina en donde estaban reparando la calle y el paso para los coches era más que lento.

Antes de que empezara a ponerse nerviosa, Claudia decidió que esperaría con paciencia. Recordó que don Armando le había comentando que ese día cerraría su negocio al mediodía, así que Claudia tenía alrededor de una hora y treinta minutos para hacer la entrega del pedido.

El viento cálido se coló a través de la ventana de su coche. Vio pasar a varias personas con sombrilla en mano, los rayos del sol estaban intensos. Observó con detenimiento que cada vez había menos árboles en la ciudad. El calor se percibía sofocante mientras avanzaba el día. Su mirada se posó en el asfalto de las calles que podía divisar desde donde estaba esperando el avance de los coches. No cabía duda que cada día proliferaba más el asfalto en los distintos rincones de la ciudad. En lugar de poder apreciar áreas verdes, o el colorido de las flores como sucedía en otras ciudades, ahí el asfalto en primavera era lo más distintivo.

Respiró profundo. Anheló que pronto las lluvias pudieran refrescar un poco el ambiente y apapachar a la tierra, cada vez más cubierta por el concreto y el asfalto. El sonido de claxon del auto que estaba detrás de ella la hizo salir de su pensamiento. El tráfico comenzaba a fluir. Mientras avanzaba a su destino Claudia siguió deseando sentir el aroma a tierra mojada, aroma a vida y a naturaleza.

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