Petróleo y conflicto bélico en Irán

No es la primera vez que un conflicto bélico, disfrazado de cualquier pretexto, se ha iniciado para controlar una fuente energética tal como ocurre hoy en Irán. Las consecuencias inmediatas, como en otras situaciones, han sido el aumento del precio del petróleo y la inflación, así como la inestabilidad en los mercados financieros. En definitiva, quienes suelen pagar los platos rotos de estas situaciones ajenas a la mayoría de la población son los ciudadanos más necesitados y con menos recursos, aquellos que ven subir su canasta básica sin poder hacer nada.
Desde hace años Israel y Estados Unidos, eternos aliados en la región más afectada por los conflictos bélicos en los últimos decenios, han considerado a Irán un peligro por su posible construcción de armas nucleares. Ya se demostró con lo sucedido en Irak a principios del presente siglo que este pretexto solo sirve para justificar dos aspectos fundamentales. El primero es limpiar la región de cualquier posible sombra a Israel. La destrucción de Irak, Siria y Libia, así como el sometimiento constante del Líbano, hoy también atacado por el gobierno de Netanyahu, dejan a Irán como el único escollo regional a los intereses hegemónicos israelís. Hay que recordar que los países árabes, encabezados por Arabia Saudita, son excelentes aliados de los Estados Unidos y, además, están confrontados con Irán por cuestiones religiosas. Irán es el centro del chiismo, mientras que Arabia Saudita es donde se conservan los lugares santos de los sunitas. Así, con un Irán mermado en lo militar nadie podrá enfrentar al armado y preparado ejército israelí. El segundo, y no de menor relevancia, es el control de un bien como el petróleo que, por lo limitado de las reservas mundiales, no durará de manera eterna.
Todos los imperios, y Estados Unidos no es la excepción, han querido controlar las fuentes de energía o aquellos productos considerados fundamentales y que, según la época, resultaban los más valiosos. En consecuencia, la limitación de reservas mundiales del oro negro significa que su control es, y lo seguirá siendo en los próximos años, uno de los objetivos de todas las potencias mundiales. En ese sentido, la capacidad bélica de Estados Unidos se impone a cualquier país o alianza que se plantee en la actualidad confrontarse con el imperio norteamericano. De hecho, sólo discursivamente se producen cuestionamientos dado que todos los países conocen las consecuencias de un enfrentamiento directo.
Nadie duda, y ha quedado escrito en esta columna, que Irán no es una democracia, ni se respetan los derechos civiles mínimos, como lo saben perfectamente las mujeres impedidas de desarrollarse personalmente y sometidas a múltiples vejaciones y violencias. Pero tal realidad no impide reconocer que al presidente Donald Trump ello le interesa poco, por no decir nada, porque para él lo único relevante en el planeta es su país. Un país que debe demostrar su hegemonía de manera avasalladora si es necesario.
La siempre deseada paz mundial no está en sus mejores momentos, no cabe duda, y habrá que pensar hacia qué escenarios futuros conducen las inestabilidades políticas y militares del presente. Igualmente, si ahora el interés recae en el petróleo, mañana puede ser el agua el objetivo de control, por hablar de un elemento deseado por su escasez. En definitiva, los escenarios de inestabilidad política están abiertos y, como en los tiempos de los grandes imperios, hoy la baraja está marcada únicamente por un país: Estados Unidos.







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